Martes 06, enero 2009 
 
 
 


Ojeada a Un Cisne Negro

México y la crisis financiera


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Introducción
Muchas gracias a Consejo Latinoamericano de Escuelas de Administración y, en especial, al Sr. Rector de la Universidad de las Américas Puebla, Dr. Luis Ernesto Derbez, por su invitación a participar en este evento anual [CLADEA , Cholula, Puebla, 23 de Octubre 2008] ya prestigiado por la oportunidad y relevancia de los asuntos seleccionados como su tema central, por el alto nivel profesional de los asistentes y por la calidad de los expositores --con alguna excepción evidente.

Como ustedes saben, yo soy uno de los cinco miembros de la Junta de Gobierno del Banco de México, la cual es el cuerpo colegiado encargado de diseñar y poner en práctica la política monetaria en este país. En lenguaje llano, el término “política monetaria” se refiere a las acciones del Banco Central cuyo propósito, de acuerdo con la Ley, es procurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda. Con ello, se pretende contribuir de la manera más eficaz a promover un crecimiento económico rápido y sostenido, con el fin de aumentar el bienestar de la población.

Dicho lo anterior, conviene aclarar que las opiniones que siguen son exclusivamente de mi responsabilidad, y no deben atribuirse a la Junta como un todo, ni tampoco a alguno de los otros miembros de ella.


Un cisne negro
Nicholas Nassim Taleb publicó el año pasado un libro fascinante con el título de El Cisne Negro: El Impacto de lo Altamente Improbable. Su tesis central es que la evolución económica del mundo depende, básicamente, de la ocurrencia de eventos trascendentes que se escapan por lo común del ámbito de lo esperado, de lo imaginado, de lo “pronosticado”. Taleb sustenta su proposición tanto en una multitud de ejemplos históricos como en una sólida argumentación teórica.

La crisis financiera mundial en curso representa una ilustración meridianamente clara de la hipótesis de Taleb. Nadie, que yo conozca, previó su ocurrencia, y menos aun su magnitud. Es cierto que algunos analistas avezados advirtieron a los “hombres prácticos”, hace algunos años, sobre la existencia de diversos desequilibrios económicos y financieros, en particular en EEUU. Pero ninguno se aventuró a caracterizar el desenlace de dichos desajustes como una crisis financiera global, sin paralelo desde la Gran Depresión.

La crisis afloró hacia el verano del 2007, pero ha alcanzado su culmen --al menos eso espero-- recientemente. Su virulencia y su extensión ha sido tal, que ha desafiado las respuestas de las mentes más brillantes del mundo, y de los ejecutivos más experimentados.

Las medidas para contenerla han sido primero graduales y moderadas, y luego, apresuradas y radicales, hasta llegar a lo inédito, a lo revolucionario. Por ejemplo, los bancos centrales empezaron por reducir las tasas de interés oficiales, pero muy pronto encontraron que tal instrumento, de naturaleza macroeconómica, no era suficiente para lidiar con un problema esencialmente microeconómico --sino en su origen, sí en sus manifestaciones más visibles.

En consecuencia, adoptaron una serie de medidas complementarias --como la inyección de capital gubernamental a las instituciones en problemas-- realmente extraordinarias.

No creo exagerado afirmar que la profundidad de la crisis excedió a lo esperado por los encargados de diseñar e instrumentar la política monetaria en todos los países del mundo. México no fue la excepción.  


El contagio financiero llega a México
Durante varios meses, la crisis financiera mundial pareció afectar sólo de manera marginal a la economía mexicana. Por un tiempo, el signo más notable de ello fue la volatilidad del índice de precios y cotizaciones de la Bolsa Mexicana de Valores. Más adelante, el golpe de la crisis sobre la economía real de Estados Unidos empezó a distinguirse en la trayectoria declinante de variables tales como las remesas de trabajadores mexicanos en el extranjero y las exportaciones de mercancías.

Como la crisis financiera se había iniciado en el mercado inmobiliario de alto riesgo en el vecino país del norte y se había propagado con velocidad electrónica al sistema financiero, las autoridades mexicanas se abocaron a examinar con detenimiento la salud de la banca mexicana, el principal componente del sistema financiero nacional.

Lo que encontraron dio pábulo a cierta tranquilidad: la banca comercial de México no tenía en su balance, ni fuera del mismo, activos de dudoso valor, ya no digamos “tóxicos”.

Sin embargo, el problema, el cisne negro local, estaba en los estados financieros de las grandes empresas. Específicamente, consistía en la existencia de instrumentos financieros muy sofisticados, de alto riesgo. Los mecanismos en cuestión eran derivados estructurados, razonablemente rentables en condiciones de poca variabilidad del tipo de cambio, pero muy dañinos en una situación de una depreciación significativa del tipo de cambio del peso.

El cisne negro apareció en el cielo mexicano hace unos cuantos días, cuando frente a cierto deterioro del tipo de cambio, asociado con la creciente incertidumbre externa, varias instituciones trataron de cubrir posiciones cuantiosas en moneda extranjera. El movimiento coincidió con una fuerte demanda de divisas, relacionada con una restricción cambiaria en Brasil.

El resultado fue una abrupta depreciación del peso. A mi juicio, lo relatado describe con fidelidad el problema. La exagerada retórica posterior sobre una supuesta “fuga de capitales” fue simplemente un ruido mediático.

El ascenso del tipo de cambio fue tan rápido y de tal magnitud, que las autoridades encargadas del manejo cambiario en México (los miembros de la Comisión de Cambios) decidieron ordenar al Banco Central intervenir en el mercado de divisas, en la forma de una oferta masiva y repetida de dólares, canalizada al sistema bancario a través de un mecanismo de subastas. Entre el 8 y el 23 de octubre, el Banco colocó en el mercado 13,000 millones de dólares.

La medida funcionó eficazmente, aunque no sin reacomodos frente a las novedades. En concreto, resultó que el detonador del problema no era sino uno de varios casos graves de exposición exagerada al riesgo cambiario —desconocidos tanto por los analistas como por las autoridades.

Paulatinamente, las acciones del Banco de México y la propia operación del mercado dieron salida al atorón. El tipo de cambio regresó a niveles ya no tan distantes al máximo observado ($11.60) durante la Gran Estabilidad (la década más reciente).


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