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Lodo Bajo el Mármol
Selección de ContraPeso.info
1 marzo 1997
Sección: POLITICA, Sección: AmaYi
Catalogado en:


Todos o casi todos están de acuerdo en que la democracia es el mejor sistema político. Muy pocos ciudadanos estarían dispuestos a contradecir esa sagrada creencia. Tantos elogios recibe la democracia que llega a tener connotaciones celestiales. Tantas cosas buenas se dicen de ella que disfruta de una aureola angelical. Tanto se alaba a la democracia, que termina por convertirse en una entidad sin faltas, sin defectos.

La democracia ha sido transformada en una utopía. ¿Lo es verdaderamente? Desde luego que no. Ningún análisis serio puede concluir que la democracia es un sistema sin defectos. Los tiene y grandes. Es eso ya mil veces repetido. La democracia es un pésimo sistema social, pero es el mejor que los hombres hemos podido inventar.

Y sucede así que quien carece de democracia en su país, por todos lados escucha las maravillas de ese sistema; claro, al convertirse a la democracia, el habitante de ese país es golpeado con la dura la realidad. La democracia sí tiene defectos, no es tan limpia como se creía.

Pocas cosas tan ilustrativas para conocer los serios defectos de la democracia como las elecciones. Resulta, por tanto, muy ilustrativo el acudir a un autor que habla de las realidades de las elecciones en un país democrático.

La idea tomada para esta carta proviene de Greenfield, Jeff (1980). PLAYING TO WIN : AN INSIDER’S GUIDE TO POLITICS. New York. Simon and Schuster. 067124762X, Chapter II Understanding the political terrain and the eternal principles of politics, pp. 32-57. Greenfield es un asesor político electoral en los Estados Unidos.

En su libro muestra un panorama de la democracia que pocas veces se ve, el de la realidad electoral. No acude el autor a elevados principios filosóficos. Eso es un hecho dado. Greenfield rompe el bonito mármol de la democracia para enseñarnos el lodo que lo sustenta.

La intención del autor es mostrar la realidad de las elecciones políticas, para con esa información concluir algunos principios que deriven en una estrategia ganadora de cualquier candidato.

Empieza afirmando que los detalles de las tácticas electorales no pueden ser proyectadas de una campaña política a otra. Sin embargo, según él, sí hay principios que se mantienen vigentes.

Uno de esos principios es claro y hasta obvio: quien seriamente tenga la intención de tener una victoria electoral tiene la preocupación clara de ser conocido y mantenerse en la boca del ciudadano.

Sólo aquellos candidatos que son capaces de capturar la atención nacional tienen probabilidad de ganar una presidencia. El nombre del candidato tiene que ser conocido, muy conocido, si es que él quiere tener probabilidades razonables de ser elegido.

Sigue Greenfield con su análisis para hacer una afirmación contundente, derivada de su experiencia personal y de la historia electoral estadounidense. No hay campañas políticas que sean limpias y de caballeros.

Una campaña electoral es en realidad una operación de guerra que persigue un solo objetivo, ganar. No hay resultados intermedios, o se gana o se pierde. Eso produce un estado mental, al que se añade un elemento que eleva las tensiones de campaña.

Los candidatos tienen enemigos claros, abiertos y conocidos. Los candidatos están plenamente conscientes de que en alguna parte hay gente trabajando directamente para derrotarlos.

Dentro de una campaña electoral no hay posibilidad de que exista la objetividad. Todo se supedita al objetivo de ganar. Se crea por tanto un cuadro mental en el candidato. Quien de verdad aspira a un puesto de elección popular entiende todo suceso desde el punto de vista de su campaña.

Si gana un cierto equipo de fútbol, ¿es eso bueno para la campaña? Si hay una inundación, una sequía, cualquier cosa, el candidato va a examinar el hecho bajo el criterio de si eso le ayudará o no a su victoria.

La cosa empeora con otro hecho relacionado. El candidato va a gozar de todo ataque que sufra su enemigo, por pequeño que sea y por injusto que sea.

Y va a sufrir indeciblemente todo ataque que él reciba; aunque sea el más pequeño ataque y la más razonable crítica, dirá que todo es inmerecido. Una campaña electoral, por tanto, produce estados mentales muy exaltados en los candidatos y sus equipos.

La intensidad del ambiente electoral es enorme en esas personas. Eso es lo que según Greenfield explica los horrendos y terribles ataques que se dan entre los candidatos.

Más aún, el autor señala otro elemento que hace más extremas las mentalidades de los candidatos y sus equipos electorales. Desde su punto de vista, es una realidad que la victoria de cualquiera de los candidatos contrarios representa una amenaza seria y fuerte para toda la sociedad.

Además de la cuestión del estado mental, están los temas de campaña, los temas electorales. Esos temas son las cuestiones de mayor importancia. Todo candidato que considere seriamente su posibilidad de ganar debe conocer los temas, conocerlos bien y aprovecharlos de la manera más efectiva, sin importar su personalidad.

Debe estar informado e interpretar esa información en argumentos a favor de su candidatura. Pero el conocimiento de los temas de campaña no es suficiente. Hay otro aspecto que es crítico. Greenfield lo llama manipulación de símbolos.

No es realista esperar que el ciudadano promedio lea la plataforma electoral de los candidatos, haga un análisis comparativo y decida su voto de manera enteramente racional y objetiva. Por esto, los candidatos emplean símbolos.

Los símbolos han estado siempre presentes, desde las primeras campañas políticas. Los símbolos son el sustituto del conocimiento de la plataforma del candidato. El más conocido de los símbolos es la identificación del candidato con la gente común, de manera que el candidato no sea percibido como parte de una elite arrogante y alejada del votante.

Para esto, el candidato busca posturas, gestos, imágenes, vestimentas que sean congruentes con la imagen que quiera dar, y puede cambiarlos con cada auditorio que enfrente. Todos los candidatos usan símbolos.

Es imposible pensar en un candidato que no haga uso de símbolos. El punto principal es obvio, el candidato tendrá que buscar los símbolos adecuados, esos ante los que el electorado responda mejor.

Las elecciones son una campaña de guerra. Una buena ofensiva es mejor que una buena defensiva. El ataque es el arma política de mayor calibre.

En una elección es axiomática la existencia de al menos un enemigo y, por tanto, los ataques a ese enemigo son racionalmente buenos, además de esperados.

Esa guerra hace que ninguna campaña pueda ser un juego con reglas justas y caballerosas. En una campaña se enfrenta a enemigos reales, personas que de tiempo completo trabajan para atacar al candidato.

Dice el autor que existe otro principio fundamental de campaña. Años de experiencia enseñan que es más fácil mover al electorado en contra de algo que a favor de algo. Greenfield abiertamente señala su fascinación ante el hecho de que ninguna idea por noble, buena e idealista que sea, carece de enemigos.

¿Cómo aprovechar esto en contra de los candidatos opositores? Haciendo que el candidato contrario sea identificado por el electorado con posiciones que sean reprobables para el público. En campañas políticas, la manera más cierta para ganar es identificar al oponente con puntos de vista y posiciones que son anatema para los votantes.

Un ataque a un candidato puede decidir una elección sin necesidad de que el atacante haya desarrollado una posición propia.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.



2 Comentarios en “Lodo Bajo el Mármol”
  1. Guía Contra Propaganda Política | Contrapeso
  2. Lo Pintoresco y lo Instintivo | Contrapeso




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