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Efectos colaterales del intervencionismo. Eso que hace que actos de gobierno con las mejores intenciones acaben provocando males mayores de los que pretendía resolver.

Introducción

Un gobierno emite disposiciones que persiguen el bien y, sin embargo, las disposiciones fallan produciendo más males que bienes. ¿Por qué?

Como ayuda al concepto examinado aquí, piense el lector en los efectos colaterales de las medicinas. Ls reacciones adversas:

«cualquier respuesta a un medicamento que sea nociva y no intencionada, y que tenga lugar a dosis que se apliquen normalmente en el ser humano para la profilaxis, el diagnóstico o el tratamiento de enfermedades, o para la restauración, corrección o modificación de funciones fisiológicas» es.wikipedia.org

En la realidad, existen también los efectos colaterales producidos por los remedios implantados por los gobiernos. ¿Por qué suceden?

Spencer da una respuesta. Los gobernantes no tienen los conocimientos suficientes sobre la sociedad. Y sin esos conocimientos no es posible emitir disposiciones adecuadas. Como la persona que usa medicinas son ser médico.

El libro consultado para esta carta fue Spencer, Herbert (1995). Social statics. New York. Robert Schalkenbach Foundation, «Introduction The doctrine of expediency», pp 5-16, 258.

Primero, una idea sobre la felicidad

Spencer inicia con un razonamiento que suena teórico, pero que lo llevará al final a conclusiones muy prácticas sobre los efectos colaterales del intervencionismo.

Dice que si un principio o una regla es correcta, puede poseer valor solo si sus palabras tienen un significado. Si esas palabras son aceptadas por todos en el mismo sentido, entonces hay validez.

Pero, si hay variaciones en el significado de las palabras ya no hay validez. Por ejemplo, el principio que establece «la mayor felicidad para el mayor número» presupone que existe acuerdo sobre lo que es la felicidad.

Y la felicidad es subjetiva y variable

Dice el autor que ésa es una suposición desafortunada, pues el estándar de felicidad es muy variable. En todos los tiempos, en todas las personas existe un significado distinto de felicidad.

Ni siquiera un mismo hombre tiene la misma idea de felicidad en dos momentos distintos.

La causa de esa variabilidad en la felicidad es sencilla. La felicidad es un estado satisfecho de todas las facultades. Es decir, ser feliz es tener todas las facultades ejercitadas en proporción a su desarrollo.

Por tanto, un estado ideal sería ese que diera todas las circunstancias que pudieran asegurar esa felicidad.

Pero, dice Spencer, no hay dos personas iguales en la combinación de sus elementos. A esto se debe que las cosas que hacen felices a unos no hacen felices a otros.

La felicidad depende de la disposición y del carácter de las personas. Esto significa que la felicidad varía infinitamente.

Esto es un acertijo que no tiene solución. Por ejemplo, si se quisiera definir a la felicidad habría que definir cosas como la proporción adecuada de actividades físicas y de actividades mentales que debe tener la felicidad.

Hay que dar respuestas específicas a respuestas como esa. Simplemente no se puede definir «la mayor felicidad» y, más aún, existe controversia sobre lo que la forma.

El siguiente paso hipotético

Pero puede suponerse por un momento que es posible definir la felicidad. Entonces, quedaría por resolver otra cuestión. La de determinar con precisión las manera y métodos para alcanzarla.

Recuerde el lector que Spencer nos va llevando hacia su tema central, el de los efectos colaterales del intervencionismo. Para eso ha hablado de la felicidad imposible de definir y de los medios para alcanzarla

La experiencia ha demostrado que si hay dificultad al definir los fines también hay dificultad al determinar los medios.

Los hombres, dice Spencer, no hemos sido exitosos al intentar alcanzar los elementos que forman la felicidad. Más aún, las más prometedoras medidas que hemos tomado han resultado ser los más rotundos fracasos.

Los intento de lograr la felicidad

Es aquí donde empieza el sorprendente análisis de Spencer.

Por ejemplo, en Bavaria la autoridad decretó una ley que perseguía la felicidad de los hijos. Lo hizo prohibiendo el matrimonio a personas que no tuvieran buenas perspectivas para el mantenimiento de su descendencia.

Esa ley buscaba la felicidad de los menores. Pero produjo en la realidad que la mitad de los nacimientos fueran ilegítimos. Un efecto colateral del intervencionismo gubernamental.

Otro caso de efectos colaterales del intervencionismo

Spencer cita otro caso en el que las cosas salieron al revés de lo intentado por la autoridad.

Para combatir el tráfico de esclavos las autoridades enviaron buques de guerra que atacaran a los barcos de los traficantes. La intención era buena, pero los efectos fueron terribles.

Los traficantes empezaron a usar barcos más rápidos, con cupos enormes de esclavos. Eso produjo tasas enormes de mortandad en el viaje e, incluso, el arrojar a los esclavos por la borda en caso de emergencia.

Otros casos más

Lo mismo sucedió en la Edad Media, dice el autor, cuando existían reglas que perseguían a la usura.

Esas reglas lograron lo contrario de lo que deseaban, pues complicaron y encarecieron los movimientos financieros que hubieran sido de beneficio para todos.

Otro caso es el de una disposición en Berlín, en 1845, cuando se dispuso la supresión de los burdeles y tres años después fue reconocido que la situación había empeorado.

Cuando el gobierno quiere hacernos felices

El autor va más allá de solo apuntar esos casos de efectos colaterales del intervencionismo. Señala un fenómeno de la autoridad que asume la responsabilidad de lograr la felicidad de sus gobernados.

Dice que los ingleses han emitido más de cien leyes, todas ellas destinadas al propósito de alcanzar la felicidad.

Todas esas leyes tienen ese objetivo y cada una de esas leyes es la consecuencia de la necesidad de corregir fallas en una legislación anterior.

Un ciclo de errores, soluciones, más errores, más soluciones…

Es una cuestión de experiencia en la vida diaria de todas las naciones, la que muestra la inutilidad de esos esfuerzos empíricos que intentan el logro de la felicidad.

En los códigos legales está la historia de esos fracasos y esos remedios y los nuevos fracasos. Se emiten leyes nuevas para corregir las anteriores, que de nuevo fallan y provocan nuevas leyes y más fracasos.

Es un ciclo que inicia al emitirse una disposición legal que se aplica y falla. Luego viene una modificación y otro fracaso. Hay discusiones que llevan a nuevas disposiciones que tienen el mismo destino, venirse abajo, no lograr lo que perseguían.

Los efectos colaterales del intervencionismo se quieren corregir conn más intervencionismo, lo que produce más efectos colaterales y aún más intervencionismo… en un ciclo que solo aumenta el nivel de intervencionismo.

Gobernantes que no tienen conocimiento

Spencer llama a esto la filosofía del oportunismo (expediency). Los hombres seguimos cometiendo el mismo error, que es el depositar nuestra confianza en políticos de escaso juicio.

Esos políticos no saben nada del funcionamiento de la sociedad. Los gobernantes piensan que la sociedad es simple y que las causas de la conducta humana son obvias. Eso, suponen ellos, les basta para hacer leyes.

Los gobernantes fracasan porque piensan que al ver alguna información agregada sobre la sociedad ya están capacitados para emitir disposiciones buenas y oportunas.

Los políticos parten de la idea de que al echar una mirada rápida sobre la sociedad pueden conocer los caracteres generales e individuales, pueden estimar los efectos de las creencias, los prejuicios y las supersticiones.

Creen que pueden prever las probabilidades de eventos futuros. Ellos piensan que conocen las complejidades de una sociedad dinámica.

No es una sorpresa que la legislación de esos gobernantes de escaso juicio fracase de manera consistente. La verdadera sorpresa sería que sus leyes tuvieran éxito.

La conclusión es la natural. Al aplicar un principio sobre el que no existe un acuerdo sobre sus términos, la única salida es el fallo final que da la autoridad, la legislatura.

Es la interpretación de la autoridad la que prevalece y aplica a la realidad algo que no se hubiera realizado sin esa decisión unilateral.

La sociedad es compleja, mucho más complicada que lo que piensan los gobernantes y no admite las simplistas soluciones gubernamentales. Son los efectos colaterales del intervencionismo.

Sin fundamentos, sin conocimientos suficientes los gobernantes emiten leyes y disposiciones que al ser aplicados fallan, no logran el buen objetivo que las justificó y producen efectos colaterales que crean peores problemas.

Y unas cosas más…

En resumen, H. Spencer expone con demostraciones una idea reveladora. El desconocimiento de los gobernantes acerca de una realidad muy compleja, les mueve a intervenir con buenas intenciones pero malos resultados.

Esos son los efectos colaterales del intervencionismo. O lo que se llama efectos no intencionales. Muchas veces ocasionado por suponer que es sencillo lo que es muy complejo.

[La columna fue revisada en 2019-07]