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La Razón Del Mal
Selección de ContraPeso.info
1 junio 1999
Sección: RELIGION, Sección: AmaYi
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¿Por qué existe el mal y el vicio? Una respuesta interesante a esta pregunta fue dada por Malthus en los últimos años del siglo XVIII: quizá todo sea parte del plan Divino, una forma de hacer al hombre copartícipe en la Creación de Dios.

La idea de esta carta fue tomada de la obra de Malthus, Robert (1983). PRIMER ENSAYO SOBRE LA POBLACIÓN. Madrid. Sarpe. 8472916324, capítulo 19, pp. 244-257, la última parte de esta obra.

Malthus (1766-1834) fue un sacerdote anglicano, escritor y economista, que publicó en 1798 su famoso An essay on the principle of population, as it affects the future improvement of society with remarks on the speculations of Mr, Godwin, Mr. Condorcet, and other writers.

El inicio de este último capítulo es una idea sencilla: las penas de la vida, sus sufrimientos, son necesarios para humanizar nuestros sentimientos, para generar en nosotros las virtudes cristianas.

Quien no ha sentido en su propia vida esas calamidades no es capaz de acompañar al prójimo ni en sus alegrías ni en sus penas. Más aún, hay personas que poseen altos sentimientos de conmiseración social, sin que ello signifique que sean personas ilustradas, ni de talento.

Estas personas, aún sin preparación, pero llenos de amor a Dios y al prójimo, tienen las más altas posiciones en la escala humana.

Las virtudes cristianas, enfatiza Malthus, como la caridad, la humildad y la piedad, no necesariamente incluyen el talento personal; y quien tiene esas virtudes está más cerca del Cielo que quien sólo posee agudeza mental.

A continuación Malthus dice que tal vez el mal sea necesario para que se genere el bien; es posible que la depravación de la moral sea un requisito para que exista la excelencia moral.

Quien ha visto el mal, quien ha sido testigo de la perversidad moral y ante eso ha sentido repugnancia y desaprobación es un ser diferente a quien sólo ha conocido el bien y la bondad.

Su énfasis está en la existencia de puntos opuestos. La pasión por la virtud parece suponer la existencia de un opuesto que es la maldad.

El autor afirma que cuando el espíritu de la persona es vivificado surgen las necesidades por el saber y el conocer, la curiosidad intelectual que provoca la ignorancia; esto es un estímulo también, al igual que el ser testigo del mal.

Más aún, esa oscuridad que existe en el pensamiento no es una coincidencia; nuestra ignorancia es un estímulo para el querer saber. Nuestra curiosidad se excita ante la falta de conocimiento y da un sinnúmero de razones para las tareas intelectuales.

Nuestros esfuerzos por conocer todo pueden ser vanos y pueden no lograr el conocimiento absoluto, pero eso inyecta fuerza en nuestros intentos.

Nuestras mentes acabarían por estancarse si es que llegara el día en el que fueran agotados los temas de la investigación y el conocimiento. Nuestra lucha por conocer más podrá tomar quizá mil años más sin que nuestro conocimiento sea absoluto.

Pero si acaso llegara el día en el que ese conocimiento absoluto fuera alcanzado, entonces eso acabaría con el estímulo noble del esfuerzo mental. Así los humanos perderíamos el rasgo más refinado de nuestra razón y en esa situación sería imposible esperar que una persona llegara a tener la inteligencia de Newton, o de Aristóteles.

Malthus va más allá aún, al decir que si por un acto Divino desapareciese toda duda sobre nuestros conocimientos e incluso la manera de actuar del Ser Supremo y su labor creadora, esto produciría un relajamiento de nuestras mentes y espíritus.

Esa es la razón por la que el autor en lo personal jamás ha aceptado las dudas y las dificultades que la razón sola encuentra en algunas partes de las Sagradas Escrituras y que pueden usarse para negar su origen divino.

Y es que si Dios hubiera acompañado a su revelación con una enorme cantidad de milagros, suficientes como para evitar la más mínima duda en hombre alguno, se habrían anulado todas las discusiones y vacilaciones.

Pero, por débil que sea nuestra razón, sí podemos concluir que el Ser Supremo entiende las dificultades que tendría una revelación total. Un conocimiento entero y absoluto sería como una bomba sobre los hombres, pues acabaría con la vida intelectual y con la virtud.

Si tuviésemos la certeza del castigo eterno por nuestras malas acciones, las acciones de todos los hombres serían iguales, pues todos actuarían movidos por esa certeza, sin que en ello hubiera virtud capaz de ser vista por los humanos. Sólo Dios podría distinguir entre la virtud interna y la apariencia externa.

Las ideas que tenemos de la virtud y del mal no son exactas ni tenemos una clara definición de ellas. Sin embargo, no habrá muchos que llamen virtuosa a la acción que se realiza para evitar un gran mal personal, ni la que se realiza en espera de una recompensa enorme.

Lo que dicen las Sagradas Escrituras respecto al castigo eterno, deben detener al malo y llamar la atención de quien es indiferente.

Pero la vida diaria muestra que esas Escrituras no son lo suficientemente convincentes como para detener totalmente al vicioso. Una fe sincera en ellas, es muestra de una disposición que está más influida por el amor que por el temor.

Razonando, resulta imposible aceptar que ninguna de las criaturas humanas pueda ser condenada eternamente. Aceptar que nadie será condenado así es lo mismo que tirar por la borda todos los conceptos de bondad y de justicia, e incluso dejar de ver al Ser Supremo como justo y misericordioso.

Está conforme a nuestra razón que en el proceso de creación los seres virtuosos sean premiados con la inmortalidad y que quienes no merecen una existencia más pura y feliz sean condenados.

La vida en si misma es una bendición, sin importar la vida futura. Las aflicciones que sufrimos en este mundo son nada comparados con la enorme felicidad a la que podemos aspirar.

Tenemos todas las razones para creer que en nuestro mundo no hay más maldad que la que es en absoluto necesaria como ingrediente en el proceso de creación

La revelación divina que conocemos es acogida por nosotros con dudas y dificultades. Al mismo tiempo, no podríamos soportar una revelación total. Lo que conocemos de las Escrituras es muy adecuado para mejorar nuestras facultades y nuestra superación.

Al contemplar la vida humana tenemos dudas y no preguntamos la razón de la existencia del mal natural y moral.

Para allanar estos problemas podemos acudir a la idea de que las impresiones y excitaciones de este mundo son instrumentos que usa Dios para hacer espíritu de la materia y provocar un esfuerzo constante en nosotros para apartarnos del mal y acercarnos al bien.

La variación en el mal que padecemos, a veces grande y a veces pequeño, es la característica que mantiene viva la esperanza de algún día verse libres de esa maldad. Lo contrario ocurriría si la maldad siempre estuviese en el mismo nivel.

La maldad no existe en este mundo para generar desesperanza, sino para motivar a la acción. Ante la maldad no vale el someternos a ella, sino la actividad para eliminarla, en uno mismo y en las personas que están a nuestro alcance.

Cuanto más éxito tengamos en estas tareas, más enaltecida estará nuestra alma y mejor cumpliremos con la voluntad de nuestro Creador.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.



1 comentario en “La Razón Del Mal”
  1. Valeria Dijo:

    muy buena explicacion a la pregunta





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