Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tiros Por la Culata
Selección de ContraPeso.info
1 abril 1999
Sección: EFECTOS NO INTENCIONALES, Sección: AmaYi
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Un gobierno emite disposiciones que persiguen el bien y, sin embargo, las disposiciones fallan produciendo más males que bienes. ¿Por qué? ¿Qué es lo que hace que las mejores intenciones de las decisiones de los gobiernos produzcan un boomerang empeorando la situación que han tratado de resolver?

Spencer da una respuesta sencilla en su obra publicada en 1851. Los gobernantes no tienen los conocimientos suficientes sobre la sociedad. Y sin esos conocimientos no es posible emitir disposiciones adecuadas.

El libro consultado para esta carta fue Spencer, Herbert (1995). SOCIAL STATICS. New York. Robert Schalkenbach Foundation. 0911312331, Introduction The doctrine of expediency, pp 5-16, 258.

Spencer inicia con un razonamiento que suena teórico, pero que lo llevará al final a conclusiones muy prácticas.

Dice que si un principio o una regla es correcta, puede poseer valor sólo si sus palabras tienen un significado. Si esas palabras son aceptadas por todos en el mismo sentido, entonces hay validez.

Pero, si hay variaciones en el significado de las palabras ya no hay validez. Por ejemplo, el principio que establece “la mayor felicidad para el mayor número” presupone que existe acuerdo sobre lo que es la felicidad.

Dice el autor que ésa es una suposición desafortunada, pues el estándar de felicidad es muy variable. En todos los tiempos, en todas las personas existe un significado distinto de felicidad.

Ni siquiera un mismo hombre tiene la misma idea de felicidad en dos momentos distintos.

La causa de esa variabilidad en la felicidad es sencilla. La felicidad es un estado satisfecho de todas las facultades, es decir, ser feliz es tener todas las facultades ejercitadas en proporción a su desarrollo.

Por tanto, un estado ideal sería ése que diera todas las circunstancias que pudieran asegurar esa felicidad.

Pero, dice Spencer, no hay dos personas iguales en la combinación de sus elementos. A esto se debe que las cosas que hacen feliz a unos no hacen feliz a otros. La felicidad depende de la disposición y del carácter de las personas. Esto significa que la felicidad varía infinitamente.

Esto es un acertijo que no tiene solución. Por ejemplo, si se quisiera definir a la felicidad habría que definir cosas como la proporción adecuada de actividades físicas y de actividades mentales que debe tener la felicidad.

Hay que dar respuestas específicas a respuestas como ésa. Simplemente no se puede definir “la mayor felicidad” y, más aún, existe controversia sobre lo que la forma.

Pero puede suponerse que es posible definir la felicidad. Entonces, quedaría por resolver otra cuestión que es la de determinar con precisión las manera y métodos para alcanzarla.

La experiencia ha demostrado que si hay dificultad al definir los fines también hay dificultad al determinar los medios.

Los hombres, dice Spencer, no hemos sido exitosos al intentar alcanzar los elementos que forman la felicidad. Más aún, las más prometedoras medidas que hemos tomado han resultado ser los más rotundos fracasos. Es aquí donde empieza el sorprendente análisis de Spencer.

Por ejemplo, en Bavaria la autoridad decretó una ley que perseguía la felicidad de los hijos, prohibiendo el matrimonio a personas que no tuvieran buenas perspectivas para el mantenimiento de su descendencia.

Esa ley buscaba la felicidad de los menores, pero produjo en la realidad que la mitad de los nacimientos fueran ilegítimos.

Spencer cita otro caso en el que las cosas salieron al revés de lo intentado por la autoridad.

Para combatir el tráfico de esclavos las autoridades enviaron buques de guerra que atacaran a los barcos de los traficantes. La intención era buena, pero los efectos fueron terribles.

Los traficantes empezaron a usar barcos más rápidos, con cupos enormes de esclavos, lo que motivó tasas enormes de mortandad en el viaje e, incluso, el arrojar a los esclavos por la borda en caso de emergencia.

Lo mismo sucedió en la Edad Media, dice el autor, cuando existían reglas que perseguían a la usura. Esas reglas lograron lo contrario de lo que deseaban, pues complicaron y encarecieron los movimientos financieros que hubieran sido de beneficio para todos.

Otro caso es el de una disposición en Berlín, en 1845, cuando se dispuso la supresión de los burdeles y tres años después fue reconocido que la situación había empeorado.

El autor va más allá al señalar un fenómeno de la autoridad que asume la responsabilidad de lograr la felicidad de sus gobernados.

Dice que los ingleses han emitido más de cien leyes, todas ellas destinadas al propósito de alcanzar la felicidad. Todas esas leyes tienen ese objetivo y cada una de esas leyes es la consecuencia de la necesidad de corregir fallas en una legislación anterior.

Es una cuestión de experiencia en la vida diaria de todas las naciones, la que muestra la inutilidad de esos esfuerzos empíricos que intentan el logro de la felicidad.

En los códigos legales está la historia de esos fracasos y esos remedios y los nuevos fracasos. Se emiten leyes nuevas para corregir las anteriores, que de nuevo fallan y provocan nuevas leyes y más fracasos.

Es un ciclo que inicia al emitirse una disposición legal que se aplica y falla. Luego viene una modificación y otro fracaso. Hay discusiones que llevan a nuevas disposiciones que tienen el mismo destino, venirse abajo, no lograr lo que perseguían.

Spencer llama a esto la filosofía del oportunismo (expediency). Los hombres seguimos cometiendo el mismo error, que es el depositar nuestra confianza en políticos de escaso juicio. Esos políticos no saben nada del funcionamiento de la sociedad.

Los gobernantes piensan que la sociedad es simple y que las causas de la conducta humana son obvias, y eso les basta para hacer leyes.

Los gobernantes fracasan porque piensan que al ver alguna información agregada sobre la sociedad ya están capacitados para emitir disposiciones buenas y oportunas.

Los políticos parten de la idea de que al echar una mirada rápida sobre la sociedad pueden conocer los caracteres generales e individuales, pueden estimar los efectos de las creencias, los prejuicios y las supersticiones.

Creen que pueden prever las probabilidades de eventos futuros. Ellos piensan que conocen las complejidades de una sociedad dinámica.

No es una sorpresa que la legislación de esos gobernantes de escaso juicio fracase de manera consistente. La verdadera sorpresa sería que sus leyes tuvieran éxito.

La conclusión es la natural. Al aplicar un principio sobre el que no existe un acuerdo sobre sus términos, la única salida es el fallo final que da la autoridad, la legislatura. Es la interpretación de la autoridad la que prevalece y aplica a la realidad algo que no se hubiera realizado sin esa decisión unilateral.

La sociedad es compleja, mucho más complicada que lo que piensan los gobernantes y no admite las simplistas soluciones gubernamentales.

Sin fundamentos, sin conocimientos suficientes los gobernantes emiten leyes y disposiciones que al ser aplicados fallan, no logran el buen objetivo que las justificó y producen peores problemas.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.



1 comentario en “Tiros Por la Culata”
  1. Prudencia y Gobernantes | Contrapeso




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