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La desilusión con la democracia. De ella se esperaba una sociedad perfecta. Creó expectativas de algo irreprochable, insuperable. La realidad fue otra y eso produjo desengaño. Sin embargo, se sigue en busca de la sociedad perfecta y eso tiene consecuencias malas.

Introducción

La desilusión de la democracia. De la democracia se esperaba producir sociedades ideales que no fueron logradas. Pero siguen siendo ambicionadas en propuestas de utopías, de estructuras sociales perfectas y justas que deben intentarse e imponerse.

La idea explorada en esta carta fue tomada la obra de Ratzinger, JosephIglesia, ecumenismo y política. Madrid. Biblioteca de Autores Cristianos, Parte Tercera, Sección Segunda, II «¿Orientación Cristiana en la Democracia Pluralista?», pp, 223-231.

La desilusión con la democracia, el inicio

Ratzinger inicia esta parte de la obra diciendo que después de la Segunda Guerra Mundial, Europa recibió con entusiasmo a la democracia.

Fue tanto ese entusiasmo que con inocencia se pensó en la democracia como una religión. Pero hoy las cosas son distintas, existe malestar a causa de las expectativas demasiado grandes que provocó la democracia.

Inclusive en las ocasiones de buenos gobiernos democráticos, no se ve a este sistema como la mejor de las posibilidades. Los problemas económicos y algunas formas de pensamiento están atacando a la democracia en sus raíces. La democracia ha producido desilusión.

Por eso es necesario examinar con orden eso que amenaza a la democracia.

La causa de la desilusión con la democracia

El principal peligro es la falta de capacidad para reconocer que somos imperfectos y que las cuestiones humanas son por tanto imperfectas. El ansia de lo perfecto es enemigo de lo bueno que se hace a diario.

Pero la realidad es que lo cotidiano produce tedio, un hastío creciente que alimenta un anhelo y un apetencia por la anarquía. Creemos que debe existir algo mejor en alguna otra parte.

De la democracia se esperó más de lo que ella podía realizar. No se tuvo en cuenta la imperfección humana y que, por tanto, la democracia es también imperfecta.

Sin embargo, se conserva la expectativa de perfección. Si la democracia no lo fue, se concluye, debe buscarse otro camino que lleve a lo perfecto. A la sociedad intachable.

La ambición de la perfección en el mundo

Continúa Ratzinger diciendo que en la actualidad hay una idea vaga y difusa que es común denominador en muchas ideas y pensamientos.

Incluso esta idea imprecisa y ambigua se encuentra entre los cristianos. Hasta en obispos. Se trata de la idea de que nuestra historia ha sido hasta nuestros días una trayectoria sin libertad. Pero que en el futuro podremos tener una sociedad perfectamente justa.

Esa nueva sociedad justa y perfecta que se anhela no es el Reino de Dios. Es simplemente un reino en el que un nuevo moralismo ha sustituido a las razones de política y economía.

Esta idea de una sociedad así, nueva y perfecta, perturba por tres razones principales, que el autor menciona a continuación.

1. Esperanzas en los cambios de estructuras

La primera razón es un cambio. Esa nueva sociedad que se dice liberada no tiene su fundamento en los esfuerzos morales de cada hombre. La nueva sociedad buscada está sustentada en las estructuras que para ella se han diseñado.

La desilusión con la democracia ha movido a seguir buscando a la sociedad perfecta por medio de un cambio en las estructuras de la sociedad.

Se critican las estructuras de la sociedad actual diciendo que ellas son injustas y que las estructuras de la nueva sociedad serán justas.

Pero esas nuevas estructuras serán realizadas igual que se diseñan máquinas que se espera sean perfectas. Se trata, por tanto, de una inversión de planos. Los seres humanos ya no serán el eje de la nueva sociedad y su lugar será tomado por las estructuras.

Para la nueva sociedad soñada el hombre es el efecto y no la causa de la economía. Esto niega la realidad y es falso, además de ser el verdadero sustento del materialismo.

Esta sustitución del hombre por las estructuras de la nueva sociedad, significa la renuncia de los seres humanos, de su esencia.

Es la negación de las nociones de responsabilidad y de libertad. Esa nueva sociedad representa, entonces, la renuncia de la conciencia y es así la tiranía completa.

Ratzinger es claro en este punto: ni la razón ni la fe prometen un mundo perfecto. Ese mundo perfecto no existe, es una utopía, con la que es muy peligroso jugar. Los juegos utópicos son la fuente de los sueños anarquistas.

Es necesario tener valor y aceptar que no hay posibilidad de la perfección. Los programas políticos que parten de este supuesto de imperfección son morales. Y no lo son ésos que creen en esa sociedad perfecta y posible.

Es necesario revisar nuestras creencias para quitar este elemento, incluso, ver a la misma predicación Católica para que excluya esos excesivos anhelos de perfección que nos llevan a una fuga de la realidad tratando de alcanzar lo imposible.

2. Sustitución de lo moral con nuevas estructuras

En segundo lugar está el intento de abandonar a la dimensión moral y sustituirla con estructuras que prometen garantías de justicia. La desilusión con la democracia motiva a buscar a la sociedad perfecta haciendo de lado a la moral y confiando en estructuras nuevas.

Este dejar de lado a la moral para confiar en el diseño de nuevas estructuras sociales tiene su origen en la unidimensionalidad con la que entendemos a la razón.

Tendemos a dar el nombre de razón únicamente a la razón cuantitativa, a esa que tiene fundamentos exclusivos en los cálculos y números.

Creemos que todo lo demás no es razón y está fuera de lo racional. Es ambición nuestra tener en las realidades y acciones del hombre la misma exactitud que en las ciencias físicas.

Hay, por esto, una renuncia a lo moral. Lo moral es abandonado por la técnica que sí se percibe racional, en cambio no a la moral.

Se llega a a creer que ya no hay bien ni mal, que todo lo que existe es una serie de ventajas y de desventajas que pueden coincidir en lo general con lo bueno y lo malo.

Pero aún así, el mal está hecho, pues la moral se ha dejado a un lado. Con esta mentalidad, también las leyes pierden su base y no se fundamentan ya en el derecho y la justicia. Las leyes cambian para ser un efecto de las opiniones que predominen en algún momento.

Y dice Ratzinger, el tener una moral fundamental es una cuestión de vida o muerte para nuestra sociedad

3. No más trascendencia humana

La tercera de las razones es la destrucción de la noción de la trascendencia humana.

Al no sentirse trascendentes, los hombres sienten vagas necesidades de fuga, de búsqueda de sensaciones y vivencias que se cree son plenitudes de la vida. Pero que en la realidad están vacías de significado. Se da una huida hacia la utopía.

La democracia está amenazada, según Ratzinger, por esta pérdida del sentido de la grandeza humana.

Es una mutilación de la naturaleza del hombre y produce frustraciones, pues es obvio que a quien se priva de su grandeza se le hace víctima de esperanzas ilusorias

Aceptar a la imperfección

Termina el Cardenal diciendo que la sociedad es imperfecta no solo en el sentido de que sus instituciones son imperfectas. Lo mismo son sus hombres y mujeres.

Pero también es imperfecta en el sentido de que el hombre tiene necesidad de fuerzas exteriores a él para poder subsistir en su misma identidad humana.

El gran mérito de Ratzinger es el llamar la atención sobre las consecuencias negativas que tiene la noción de una sociedad utópica en la que sus estructuras sean perfectamente justas.

Eso significa perder la idea de que la persona es el centro y eje de la sociedad.

Dar a las estructuras sociales la responsabilidad de la moral es quitarle esa responsabilidad al hombre y mutilar así su esencia.