Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Reglas Sencillas
Selección de ContraPeso.info
1 abril 2001
Sección: LEYES, Sección: AmaYi
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No suena mal el intentar soluciones simples para un mundo complicado. La paradoja que esto encierra al menos crea la curiosidad de saber más.

La obra consultada para esta Carta Ama-Yi® es el libro de Epstein, Richard Allen (1995). SIMPLE RULES FOR A COMPLEX WORLD. Cambridge, MA. Harvard University Press. 0674808207, Conclusion The Challenges to Simple Rules, pp. 307-332. Este libro fue publicado originalmente en 1995 y de ese último capítulo se han tomado las siguientes ideas que ponen en tela de juicio muchas opiniones preconcebidas.

La primera de las ideas que el autor menciona en ese capítulo se refiere al objetivo de su obra: bajo situaciones de escasez es necesario considerar que cada nueva ley se justifique con una mejora en el uso de los recursos sociales totales.

Demasiadas veces, en la actualidad, la ley hace lo contrario y daña la productividad y la eficiencia de la sociedad a la que regula. En otras palabras, la ley, especialmente las complejas, dañan nuestras posibilidades de bienestar social.

Lo que un sistema de reglas sencillas y gobierno limitado hace es poner atención en los problemas de la producción y en los campos individuales de libertad.

Esto no es, como se puede pensar, una defensa de los ricos porque son ricos, pues si ellos dejan de satisfacer con productos las necesidades de otros, dejarán de serlo. Los bienes personales pueden ser heredados, pero no puede serlo el éxito.

Su punto de arranque es la distinción entre las concepciones de motivaciones humanas sencillas y complicadas.

Quienes defienden a la propiedad privada y la libertad de comercio, como A. Smith o J. Locke, tienen una visión sin complicaciones de las motivaciones humanas.

Por el contrario, quienes atacan a la economía libre, como Marx, tienen una noción muy complicada de esas motivaciones.

Resulta lógico que quien tenga una visión sencilla de los resortes humanos proponga reglas sencillas y que quien tenga una visión compleja proponga reglas complejas.

El punto del autor es que la visión sencilla de las motivaciones humanas explica bien las acciones humanas, como la acción de un criminal que desea escapar de la justicia o el ocultar información de los gobernantes que desean mantener sus carreras políticas.

No es un interés propio exclusivamente personal, sino que incorpora elementos de bienestar de la descendencia, familia y personas cercanas. Las instituciones sociales pueden canalizar este interés propio a actividades productivas y benéficas, pero no pueden desaparecerlo.

Si las motivaciones humanas fueran más complejas e inestables que ese sencillo interés propio, es obvio que a esas personas les sería muy difícil conocer sus propias preferencias futuras, pero aún más difícil les sería a los gobiernos realizar sus acciones para organizar la vida de otros.

Además, un sistema de reglas sencillas tiene menos riesgo de convertirse en un opresor de la sociedad, que el caso de un gobierno que presupone motivaciones complejas e inestables y, por tanto, cree que la autoridad debe imponer en los demás lo que él cree que son los deseos de los ciudadanos.

La noción de reglas sencillas y simples, fundamentada en la idea de motivaciones humanas también sencillas y estables, permite además la diversificación de la sociedad.

Por ejemplo, cuando los padres de familia son los responsables de la educación de sus hijos, se está evitando el más grande peligro que puede sufrir una sociedad y que es la concentración del riesgo político.

Este riesgo crece cuando una institución central se adjudica la tarea de establecer el programa de la totalidad del sistema. Esto equivale a señalar los peligros de la concentración del poder. La costumbre de descansar en las decisiones del gran gobierno tiene consecuencias costosas.

No es suficiente para el sistema político que él funcione bien al estar en manos de un estadista ilustrado; es necesario también tener un sistema político que opere en el caso de llegar al poder el villano más grande. Y esto sólo es posible diversificando el poder.

Para ilustrar, por otro lado, el costo de la ley, el autor recurre a un ejemplo, el de la competencia injusta, cuando un productor denigra los productos rivales o cuando engaña con cualidades falsas de sus productos.

En ambos casos hay una distorsión en los precios ocasionada por esa información engañosa; el mentiroso se beneficia a costa de daños en los otros productores y los consumidores.

Es posible que en ese caso, los consumidores tengan pérdidas individuales que no justifiquen el gasto de una demanda legal aislada, por lo que el mentiroso no será demandado por ellos; pero al permitirse la demanda por parte de los competidores se dan economías en el costo administrativo que restaurará la situación de competencia con información verdadera.

Esto ayuda mejor a entender a la actividad competitiva, pues señala la variable de información engañosa y pone en perspectiva que muchos impuestos a la importación y disposiciones anti-dumping son confusiones entre prácticas injustas de mercado y competencia benéfica.

Regresando al tema, el autor dice que las reglas simples pueden ser criticadas argumentado que promueven el interés propio y por eso fomentan el individualismo extremo que daña a otros.

La cuestión es que estos ataques son más que combates al individuo aislado; son batallas contra la posibilidad de asociaciones voluntarias entre personas individuales y no consideran los bienes sociales que esa asociación produce.

No son lógicas las críticas a un sistema de reglas sencillas arguyendo que las cosas podrían haber resultado de otra manera. Todo lo que puede hacerse es elevar al máximo las posibilidades y oportunidades disponibles a todos, lo que se logra diversificando el poder y no concentrándolo.

Un sistema de propiedad estatal de los medios de producción tendrá todos sus conocidos defectos a pesar de que los individuos estén unidos en comunidades: va a ser difícil tener información para saber cuánto producir y quién debe comprar a qué precio, y va a ser difícil convencer a alguien que trabaje cuando otro se lleva la utilidad, todo ampliado por la intriga y el favoritismo político.

El éxito de una persona en mucho se debe a las circunstancias sociales en las que él se desarrolla, de lo que no se sigue que sus talentos deban ser socializados, pues la sociedad no es una entidad que valora en sí misma esos talentos; la sociedad es una acumulación de personas diferentes que pueden coincidir en la valoración de los talentos de un futbolista, mientras que a otras personas ese deporte no les es relevante.

No es que el gran éxito de una persona se deba al escaso éxito del resto. Los exitosos de hecho dan más a los otros de lo que ellos obtienen.

También, es un equivocación la crítica que establece que la propiedad privada promueve un personalismo excesivo con el consecuente daño al tejido social.

Esta crítica ignora que la propiedad personal no está limitada a la posesión de bienes tangibles, pues también incluye intereses de relación con otros, como el de asociaciones voluntarias, sean empresariales y de otro tipo, que son la vida misma de la sociedad.

Cuanto más sencillas y simples sean las reglas, cuanto más limitado sea el enfoque del gobierno, habrá más asociaciones voluntarias amparadas bajo ese mandato. Los valores comunitarios son mejor atendidos por pequeños gobiernos y reglas simples que guíen al mundo complejo.

Lo que las reglas sencillas permiten es limitar el uso de la fuerza por parte de terceros y por consiguiente dejar un campo libre de acciones que el individuo puede realizar sin miedo de sanciones legales.

La ley pone el escenario y después una segunda capa de normas sociales es la que define las formas de conducta que son de especial mérito o reprobables. Las reglas sencillas favorecen esa creación de control legal y de libertad legal al establecer los límites de la ley y la fuerza, lo que es demasiadas veces ignorado hoy.

En el terreno de las virtudes y buenas costumbres, por tanto, es conveniente tener una confianza racional en las leyes. Las leyes no pueden estar encargadas de obligar a conductas virtuosas o meritorias.

Lo más que se debe esperar de las leyes es que permitan una esfera de acción en la que la persona con libertad pueda realizar acciones buenas.

Los problemas centrales del sistema legal son dos: cómo hacer posible la paz entre las personas y cómo hacer posible que ellas se unan en empresas comunes de beneficio mutuo. La mayoría de las innovaciones requieren de labores conjuntas entre personas.

El beneficio por medio de la actividad comercial es una constante y ahora está incluyendo mucho más que la visión limitada de propiedad en tierras o bienes materiales. Ella incluye patentes, derechos de autor, frecuencias de transmisión y similares.

La idea central de Epstein es clara: con reglas sencillas se deja libre la iniciativa personal y ello es de beneficio para el bienestar de todos.

Las leyes complicadas, que rebasan su límite pretendiendo obligar  a actos meritorios, impiden el potencial de los individuos y dañan el bienestar social. Y esta conclusión es posible si se parte de la idea de un motivador sencillo de la conducta humana.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.





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