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Uso de Talentos
Selección de ContraPeso.info
1 septiembre 2001
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: AmaYi
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¿Dónde están los límites de la intervención gubernamental? Es obvio que ella tiene límites, pues de lo contrario se anularía la sociedad entera con todo y sus ciudadanos. Pero, ¿cuáles son esos límites?

Mill (1806-1873), inglés, filósofo, escritor, tiene una idea que revela una dimensión poco conocida de los análisis dedicados a esta cuestión; lo que Mill argumenta es el efecto de la intervención gubernamental en el individuo mismo y sobre ese argumento manda una línea de pensamiento que llama a un gobierno limitado.

Más aún, en su pensamiento Mill señala algo de especial relevancia para las nuevas democracias: una democracia confinada a la acción de un gobierno central genera en los grupos políticos el deseo de dominar a esa sociedad.

La obra seleccionada para esta carta fue la de Mill, John Stuart (1970). PRINCIPLES OF POLITICAL ECONOMY. (Donald Winch). Harmondsworth. Penguin. 0140400176, Book V, chapter XI, Of the grounds and limits of the Laisser Faire or non-interference principle, pp. 304-314. La obra fue publicada en 1848 y se le considera uno de los puntos más altos del desarrollo de la ciencia económica.

El punto que Mill desea tratar en esa parte de su obra es claro a más no poder. Su intención es la de examinar los límites de la autoridad política: hasta dónde puede llegar la intervención del gobierno y no ir más allá de lo que le es propio y conveniente.

Es, por tanto, una cuestión de examinar las ventajas y desventajas de la intervención estatal.

Según Mill, de inicio, hay dos tipos de intervención.

Una de ellas es la tipo autoritaria que es ésa por la que el gobierno prohibe ciertos actos o no los permite sin su autorización expresa.

El otro tipo de intervención es menos común y por naturaleza no es autoritaria: se trata de los casos en los que el gobierno deja libres a los ciudadanos, pero les ofrece una alternativa oficial; por ejemplo, el caso de hospitales públicos que coexisten con los privados y entre los que el ciudadanos selecciona el que él desee.

Lo mismo sería el caso de una oficina oficial de correos y de instituciones públicas de educación conviviendo con otras instituciones privadas de su clase que no requieren de permisos para operar.

Para Mill es evidente que la intervención de tipo autoritario tiene un radio de acción más estrecho que la del tipo que no lo es. Igualmente, para el autor, las personas tienen dentro de sí un círculo de acción dentro del que nadie puede entrar, ni otras personas ni el mismo gobierno.

Ese círculo personal de la persona esta formado por la conducta interna y externa que no afecta a los demás. Por admirable que sea difundir las ideas de lo bueno y de lo malo, de lo loable y de lo despreciable, ello no justifica entrar al círculo personal de acciones que no afectan a los demás.

Añade Mill ahora una observación de la experiencia diaria. Es conocido que los depositarios del poder siempre están listos para asumir un poder más allá de lo debido y poner límites a la acción individual.

La naturaleza del gobierno es así, tiende a usar su autoridad para imponer límites a la conducta de los individuos. Lo mismo sucede con los grupos que también siempre están listos para imponer sobre los demás su costumbres y opiniones.

Ante estas presiones sobre el individuo, de la autoridad y de los grupos, nunca ha sido más necesario proteger a la persona y su individualidad.

Hay que defender a la persona, su expresión y su conducta porque ello significa preservar la originalidad individual que es la fuente de todo progreso real y lo que separa a los seres humanos del resto de los animales.

Más aún, esa defensa del individuo es más necesaria en las democracias, pues en esos regímenes la opinión pública es soberana y el individuo no tiene instancias de apelación para la defensa de su individualidad, como sí sucede en otros regímenes.

Con el anterior marco mental, Mill entra al tema diciendo que hay quienes objetan la intervención del gobierno usando argumentos de división del trabajo.

El gobierno es una institución muy cargada ya de funciones y con responsabilidades abundantes; darle aún más funciones ocasionaría negligencias y malos resultados. Estos argumentos no son fuertes según el autor, pues se solucionan con una buena administración de la autoridad.

Pero sí son argumentos válidos en los casos de gobiernos centralistas, donde unas pocas personas en la capital quieren que todo pase por sus escritorios.

Por el contrario, en un gobierno descentralizado, donde hay balance entre los gobiernos locales y federales, hay cierta garantía de buenos resultados en el gobierno, pues el funcionario debe responder por su actuación ante el electorado e incluso ante los tribunales.

Pero es cierto, reconoce Mill, que la gran mayoría de las cosas estarán peor en manos del gobierno que en las de particulares interesados en ellas. Es cierta la opinión de que las personas atienden mejor sus asuntos y tienen más interés en ellos que el gobierno.

Esto es comprobable al comparar situaciones de igual competencia entre las empresas particulares y las estatales. Un gobierno puede disponer de los mejores recursos humanos y materiales, que ello no importa pues carece interés en el trabajo.

Incluso un gobierno con las personas más inteligentes es inferior al resto del total de los ciudadanos.

Deja Mill al último la más poderosa razón en contra de la intervención gubernamental más allá de cierto límite.

Aún teniendo personas brillantes en el gobierno, dice, no sería deseable que una gran parte de los asuntos sociales fuera quitado de las manos de quienes más interés tienen en ellos.

Según el autor, la vida misma es una parte de la educación de las personas. No bastan las cuestiones académicas y escolares, también es necesario el ejercicio de las cualidades personales: el trabajo mismo, el juicio personal, el auto control y los estímulos a la acción que imponen los retos y las dificultades.

Tiende a desarrollar parcialmente sus facultades el pueblo que no tiene el hábito de actuar espontáneamente en los asuntos colectivos.

Está sin desarrollo el pueblo que tiene por costumbre buscar al gobierno para que le dé órdenes, el pueblo que espera que otros hagan las cosas que él podría hacer. Ese pueblo tiene una educación defectuosa.

No hay peor situación, afirma Mill, que la de alto talento en la autoridad y un pueblo incapaz de actuar por sí mismo. Esta es una situación de despotismo completo que tiene como arma adicional a la superioridad intelectual.

La única defensa contra esto es la difusión de la inteligencia, actividad y espíritu público entre los gobernados. Es de suprema importancia que las personas de toda posición sean dejadas libres para que usen sus talentos en los asuntos que a ellos atañen y que son atendidos en cooperación voluntaria con otros, que vean los resultados de su inteligencia y virtudes.

Una democracia sin organizaciones democráticas al detalle y confinado al gobierno central a menudo crea el efecto contrario: llevar a todos los grupos el deseo de dominar a los demás, que es lo que hay que evitar pues es la persona y su individualidad la causa del progreso real.

Esta es una idea en especial importante para democracias recientes. Cuando las personas por el contrario están acostumbradas a manejar sus asuntos, como en las democracias de mucho tiempo, ellas repelen los intentos del tirano.

Pero, cuando las organizaciones sociales residen en el gobierno no mueven el deseo de la libertad, sino el apetito del poder y la vanidad del burócrata.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.



1 comentario en “Uso de Talentos”
  1. Gobierno Desperdicia Talento | Contrapeso




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