Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Antes Fueron Los Crímenes
Selección de ContraPeso.info
1 julio 2002
Sección: CRIMEN, LEYES, Sección: AmaYi
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Algunas sociedades pueden encontrarse frente a una situación de impotencia cuando sus legisladores no previeron en las leyes algún delito. Cuando eso sucede y ello impide el castigo al autor del crimen, la sociedad se encuentra indefensa y el gobierno no puede realizar su misión, que es la protección del ciudadano.

Este es el tema tratado en la obra seleccionada para esta carta, Trenchard, John, Gordon, Thomas (1995). CATO’S LETTERS, OR, ESSAYS ON LIBERTY, CIVIL AND RELIGIOUS, AND OTHER IMPORTANT SUBJECTS VOL 1. (Ronald Hamowy). Indianapolis, Ind. Liberty Fund. 0865971285, letter 11, The justice and Necessity of punishing great Crimes, though committed against no substituting law of the State, 7 January 1720, pp 87-93.

Las cartas de Catón aparecieron por primera vez en el London Journal a finales de 1720. Era ése un periódico de oposición que en esos artículos atacó al gobierno en una variedad de temas durante tres años. Las cartas de Catón cobraron tanta fama que volvieron a ese diario uno de los de mayor influencia.

Los autores de las cartas fueron John Trenchard y Thomas Gordon, quienes trataron temas sobre la naturaleza de la política y los límites del gobierno. El nombre de Catón el Joven fue tomado del personaje romano, opositor de Julio César con profunda vocación republicana y defensor de la libertad, muy admirado en el siglo XVIII.

La Carta de Catón consultada para este número inicia con una aseveración que es rotunda: el beneficio y la seguridad de los ciudadanos es la ley suprema de la sociedad; el bienestar de la persona es el fin de la sociedad.

Además, éste es un principio que es universal y eterno para los gobiernos, que ellos no pueden alterar con leyes o reglamentos, costumbres ni reglas. Nadie puede anular este principio; ni siquiera en el tiempo podrá modificarse.

Esto significa que los hombres entramos en sociedad para nuestra mutua protección y nuestra propia defensa. Si algún poder atentara contra este principio, ese poder ya no es un gobierno sino un usurpador.

Los hombres, cuando se encuentran en un estado natural fuera de la sociedad, tiene cada uno de ellos el derecho de defenderse ante los posibles ataques de otros; además posee el derecho de restituir o recuperar el daño sufrido lo que es una medida de prevención de la repetición de ese ataque.

Estos son derechos inherentes a las personas y por eso resulta lógico que los gobiernos actúen de forma congruente con ellos cuando los gobiernos mismos son el poder delegado de las personas.

Es decir, los hombres aislados poseen derechos de defensa ante agresores; además poseen derechos de recuperación del daño sufrido. Estos derechos, ya dentro de una sociedad, son delegados en el gobierno.

Es obvio que los gobiernos, por tanto, actúen de manera consistente con esos derechos que han recibido de los ciudadanos: deben defender a los ciudadanos de ataques y deben ejercer el derecho a la restitución del daño, en representación del ciudadano.

Con lo anterior como antecedente, los autores dicen que los crímenes son los objetos de la ley. Incluso antes de que existieran las leyes los crímenes han sido sujetos de penas y castigos.

Los ataques a las personas son crímenes y por eso merecen ser castigados; el castigo puede ser realizado por la persona misma que fue afectada, o bien por la sociedad cuando un cierto número de hombres se reúnen para su protección e incluso sin la presencia formal de un juez.

De lo anterior es fácil ver que no son las leyes las que crean los crímenes, sino que ellas se acomodan y adaptan a lo que los hombres ya sabían que eran crímenes desde antes de que existieran las leyes. Es decir, se reconoce que existen conductas que son ataques al bienestar y a la seguridad de las personas; y se crean leyes para castigarlos y prevenirlos.

Siguen los autores desarrollando su idea al mencionar que los estudiosos de la ley hacen una distinción entre los males prohibidos y los males per se; esto es, entre los males que son crímenes en su naturaleza misma y los males que lo son por constituir una desobediencia a disposiciones acordadas o leyes positivas.

Un mal prohibido es un acto por el que un hombre lastima a otro de alguna manera en su persona, su reputación, o sus bienes; igualmente son males prohibidos los que dañan a la sociedad.

De este último tipo son los crímenes que los legisladores castigan con leyes emitidas para la protección de las instituciones de la sociedad, como por ejemplo las asociaciones de comercio. Esos crímenes no lo fueron antes de que fueran declarados así, por lo que no existía la obligación de evitarlos; habría sido demasiado extremo el castigar a una persona por transgredir algo que ella ignoraba estuviera prohibido.

Pero de esto no puede inferirse que un crimen, por dañino y monstruoso que fuese no tendrá una pena por el simple hecho de no haber sido previsto en las leyes. Lo que por vil y depravado no fue un acto previsto en las leyes como un crimen no significa que deba dejar de recibir un castigo.

Es inadmisible que lo que por suficientemente inmoral no ha sido anticipado por las disposiciones legales no merezca una pena, pues ello es igual a creer que la sociedad no tiene poder para defenderse pues los que la atacan reciben su protección.

Hay crímenes que son tan graves y tremendos que los gobiernos sabios no deben tener en sus leyes porque suponen una indignidad enorme en la naturaleza humana al suponerla capaz de cometer tan graves actos.

No deben imaginar lo que suponen que no puede suceder. Por ejemplo, los viejos romanos no tenían leyes contra el parricidio, lo que no significaba que lo parricidas salían sin castigo; ellos eran arrojados al mar dentro de costales cerrados.

Muchas naciones han tenido ministros nombrados para castigar crímenes extraordinarios que no estaban asignados a la justicia normal.

Otra mención histórica permite a los autores incorporar una nueva idea. Cuentan que los atenienses, celosos por haber perdido sus libertades a causa de ciudadanos demasiado poderosos, no dieron gran poder a nadie más, ni a un grupo y menos a un magistrado solo.

Simplemente no permitían que un ciudadano tuviera el suficiente poder como para esclavizar a la sociedad; pensaban que todo el que tenía el suficiente poder para esclavizarlos lo haría con certeza.

Los gobernantes que hablan de ser generosos, de ser virtuosos, de tener vocación de servicio a la comunidad usan ideas que no engañan a los sabios, pero que son trampas para el vulgo.

Esto era conocido por los atenienses y por eso crearon un mecanismo de castigo a los poderosos en demasía, incluso aunque no se les pudiera comprobar un crimen: el ostracismo, la sentencia para penalizar a los demasiado poderosos obligándolos a salir de la sociedad durante diez años.

Ellos no confiaban en la virtud y en la moderación de uno solo, con capacidad de ser grande y bueno, pero también con potencialidad de maldad y perversidad. Los atenienses prefirieron castigar a un hombre antes que poner en peligro la libertad de la sociedad; personas justas recibieron penas inmerecidas, pero eso protegió a la sociedad.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.





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