Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Causas de Optimismo
Eduardo García Gaspar
2 diciembre 2002
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Supongo que en cada generación se suele dar la idea de que en ella hay una profunda crisis y se reacciona diciendo que los tiempos pasados fueron mejores. No lo creo.

Cierto que en cada época tenemos problemas, a veces muy serios, pero intente usted decirle que todo tiempo pasado fue mejor a los europeos después de cada una de las dos guerras del siglo pasado, o a los mexicanos después de la Revolución.

Me parece que en cada generación hay un poco de soberbia cuando ellas quieren adjudicarse en monopolio de la peor crisis, sea moral, económica, política, o religiosa. ¿Fueron mejores tiempos religiosos los de la Reforma? Difícilmente.

Lo único que podemos aceptar es eso de que cada una de las generaciones tiene sus problemas propios, en ocasiones graves. Pero viendo el otro lado de la moneda siempre hay causas de optimismo. Y esa visión optimista es la que es real.

La verdad es que nuestra tendencia es positiva. Las cosas no se están poniendo peor, sino que se están poniendo mejor, cada vez mejor. ¿Significa eso que ya no hay problemas?

Desde luego que no, pues cuando ya no tengamos problemas, eso significa que estamos ya en el Cielo. El adelanto económico es impresionante, el nivel de libertad ha aumentado, las condiciones de salud son mejores. Aún falta mucho que hacer, pero la tendencia innegable es optimista.

Pongo dos muestras reales que me han sucedido en estos días. Una muy sencilla.

Al salir de misa hace dos domingos me esperaba una joven señora en una Suburban para disculparse por haber chocado muy ligeramente mi carro. Ella se había quedado allí, esperando a que saliera de misa ya con el ajustador del seguro.

Ver que hay gente así es causa de alegría, lo que desde luego le comenté a esa mujer. Otra muestra.

Usted quizá recuerde que me quejo de que algunos sacerdotes cometen el error de dedicar su vocación a la promoción de activismos económicos concretos y que prefieren hablar de políticas económicas a predicar la palabra de Dios.

Bueno, pues encontré a un sacerdote que es doctor en economía y que se ha dedicado a hacer lo contrario, pues se ha dedicado a fomentar la idea de que Dios y la religión deben ser incorporados en los estudios económicos.

Fue una gran alegría el poder conversar un buen tiempo con una persona que no ha invertido los planos de su papel. Y si vemos a nuestro país, podemos encontrar en el fondo reales motivos de esperanza e ilusión. No padecimos la usual crisis de fin de sexenio esta vez. Cambiamos de partido gobernante sin que sucediera nada grave.

No estamos integrando a una economía abierta y se insiste mucho en la necesidad de reformas de fondo. Desde luego tenemos problemas, muy serios algunos de ellos, pero no vamos nada mal. Y, lo mejor de todo, podemos seguir en esa trayectoria de mejoras futuras.

Lo que me preocupa es la existencia de esa manía de querer ver en todo momento una crisis como jamás ha existido en el mundo.

Muchos suelen expresar la noción de que los problemas de esta época son los peores que han existido en toda la historia de la humanidad. Vea usted el pasado y seguramente concluirá lo contrario. ¿Le gustaría vivir durante las guerras del siglo pasado, o durante la Revolución Mexicana?

O algo más simple, ¿le gustaría vivir en los años en los que no existía la anestesia?

Creo que las respuestas son obvias, lo que no significa que no padezcamos nuestra buena dosis de problemas. Pero los problemas son parte de la vida, porque la vida es al fin y al cabo una oportunidad individual para hacer algo que haga de la vida de todos una existencia mejor.

Y eso, en el saldo final, lo hemos hecho aunque no creo que esa lucha personal termine jamás.

Una vida sin problemas no es vida. La vida es trabajo, lucha y esfuerzo, cada quien en su propio papel y en su dimensión individual. La mujer que chocó mi carro y el sacerdote que me habló de la necesidad de incorporar a Dios en la Economía, me recordaron con acciones concretas que por más quejas que expresemos por las crisis actuales, siempre tenemos más cosas buenas que malas.

Sí, hay abundantes causas para ser optimistas.

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