Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Comienza en la Casa
Eduardo García Gaspar
11 marzo 2002
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es creencia mía que no es una casualidad la gran atención que se ha dado a los valores y a la moral, desde hace varios años, especialmente en las universidades.

Consistentemente la sociedad mexicana ha manifestado diferentes tipos de reclamos que enfatizan la necesidad de respetar un código de ética, siquiera mínimo. ¿Dónde quedó la moral?

Resulta obvio que si existen reclamos de falta de moralidad es que existe la idea de que ella ha sido perdida de algún modo. Yo no tengo la respuesta definitiva a esa pregunta.

No sé dónde quedó la ética, pero lo que sí sé es que muy posiblemente ella fue asesinada en los hogares de millones de familias de nuestro país. Y ese atentado es el que hace que nuestro país ocupe primeros lugares en índice de corrupción y que sea inseguro.

Todos los delincuentes, todos, nacieron dentro de una familia de algún tipo. En una familia nació el político corrupto, el ejecutivo inmoral de una empresa, el narco, el ladrón, el asesino, el borracho.

Allí nacieron los asaltantes, los violadores, los matones. Los que hacen mal su trabajo, los que despilfarran su fortuna, los mentirosos, los fraudulentos. ¿Qué sucedió en las familias de esas personas? Tampoco lo sé, sólo conozco el resultado final.

Mi idea es que la moral comienza en casa. Inicia el día que el padre de familia dice a sus hijos que hay cosas buenas y cosas malas, sin excepciones ni disculpas… el momento en el que hay una llamada de atención por calificaciones bajas y por una llegada a deshoras… el instante en el que se destaca la importancia de cumplir con la palabra dada… cuando se regaña por mentir y engañar.

El día en el que la madre de familia explica por qué no dio vuelta en un lugar prohibido a pesar de que todo el mundo lo hace… cuando ella devuelve a la cajera el cambio que de más le dio al hacer la compra… cuando ella misma se levanta para preparar a los hijos el desayuno y llevarlos a clase puntualmente.

Yo no tengo la menor duda sobre eso.

La moral se vive en casa, se aprende allí, a diario, con cada acto. Si en la casa no hay moral, el resto de las instituciones poco podrán hacer.

Y esa educación casera es la que perdura, porque ella se vive con ejemplos, como cuando la familia prefiere pagar la colegiatura de los hijos a comprarse un auto de lujo, o cuando al comprar se pone atención en los precios, lo que enseña el valor del trabajo.

Cuando alguno de los padre devuelve la cartera que se encontró en la calle sin tocar su contenido.

Cuando hay llamadas de atención por copiar en clase… por no hacer los deberes del colegio… por esperar a hacer las cosas de última hora. Si dentro de la casa no suceden cosas como éstas, no hay iglesia ni escuela que puede remediar la situación.

En es casa donde los jóvenes aprenden a distinguir lo bueno de los malo, que es el conocimiento más útil que tendrán el resto de sus vidas, para saber cosas como que el robar exámenes es malo, que ahorrar es bueno, que hay normas mínimas de trato entre humanos.

Que es malo conducir a exceso de velocidad, que el alcohol es un buen amigo, pero un mal consejero, que las relaciones sexuales deben guardarse para después del matrimonio.

Que el traer un carro último modelo no es importante, como tampoco lo es el tener ropa a la última moda. En cada mal ejemplo, en cada capricho cumplido, en cada falta de exigencia, en cada violación moral no señalada dentro de casa, la moral es enterrada, poco a poco.

A esto, no tengo duda, han ayudado terriblemente los ideólogos de materialismo, como Marx, Lenin, Freud y todos los que exaltaron la idea del relativismo moral.

Y, desde luego, la casa en la que la moral es guardada y respetada con el ejemplo, corre un riesgo, el de que los padres sean vistos como viejos anticuados que no entienden a los tiempos nuevos.

Es ésta una presión extraordinariamente fuerte de soportar, similar a la de los gobernantes que por mantenerse firmes en sus convicciones pierden popularidad entre los ciudadanos.

Ésta es la prueba de los padres y de la firmeza de su posición dependerá el aprendizaje de sus hijos. Y, al final, al menos yo me he quedado con una idea.

La próxima vez que escuche de una persona que ha cometido una falta y lo ha hecho de manera consistente e intencional, lo que debo preguntarme es qué sucedió en su casa cuando esa persona era pequeña o joven.

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