Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Arte de Recibir
Eduardo García Gaspar
10 diciembre 2002
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La Navidad, se dice, es una época de regalos. Y es cierto, como lo muestran las tiendas atestadas de clientes en busca de presentes. Es humano hacer eso y gozar del arte de saber dar.

Pero esto es como el tango, se necesitan dos para bailar. El que da hace un acto de desprendimiento y el que recibe debe saber del arte de recibir. Me explico con algunos casos reales.

Una persona recibió hace tiempo por su cumpleaños un libro de arte, con obras de Arcimboldo, un artista que hacía retratos usando pinturas con pescados, frutas, árboles y demás, Lo rechazó agriamente porque ese artista le resultaba asqueroso.

La misma persona recibió en otra ocasión un libro sobre Juan Pablo II, el escrito por Wiegel, que es una maravilla. También lo devolvió a quien se lo daba argumentando que le caía mejor otro papa que sí había sido el bueno, Pío XII.

Otro caso, el de la persona que recibió un rompecabezas, que era su afición, pero le desagradó porque el tema del dibujo no era de su agrado. Prefería temas de arte y no de caricaturas.

A mí me ha pasado eso con los cinturones, pues a través de los años, existe una alta probabilidad de que todo cinturón que me regalen sea de una talla muy inferior o muy superior a la mía. No falla.

A lo que voy es que si el que da debe conocer el arte de regalar, pensando en la persona a quien dará un presente, casi siempre se descuida el arte de recibir y apreciar lo dado. Si usted, por ejemplo, recibe de regalo un reloj de esos que usted jamás usará, hay dos posibilidades de reacción.

La mala es pensando que eso es un desperdicio y que a usted le hubiera gustado recibir otra cosa. La buena es viendo lo agradable que es sentirse apreciado por alguien, aunque sea con ese feo reloj.

Con lo primero uno se siente mal, con lo segundo uno se siente francamente muy bien. En los dos actos hay arte.

El que regala debe poner cuidado y esmero, pensar en el otro y hacer presentes que muestren atención en la persona. Pero también hay arte en quien recibe, que es el mostrar agradecimiento, con gracia, por la acción de haber sido distinguido, incluso con un regalo malo.

Imagine usted el mayor de todos los regalos hechos, decía una vez un muy joven sacerdote americano en una misa de Navidad: el regalo que Dios hizo a la Virgen María, a quien otorgó el regalo de ser madre de Jesucristo.

No fue ese regalo una imposición, no era obligatorio. Fue una distinción, la mayor de todas las que se han hecho al ser humano. La Virgen pudo haber dicho, “no, gracias”.

María, en otras palabras, dio el más grande ejemplo del saber recibir. Y eso, pienso, nos lleva a otro regalo dado por Dios a cada uno de nosotros, que es el regalo de la vida, lo que supongo que no sea otra cosa que el habernos sido dada una oportunidad de vivir.

Ante el regalo de la vida, como ante el regalo de un reloj o de un cinturón de la talla equivocada, uno tiene esas dos posibilidades de reaccionar.

La mala es la de sentirnos mal, impotentes, agraviados y amargados por tener un regalo que no pedimos, pero que nos fue dado. La buena es la de sentirnos bien, alegres y con ánimos de aprovechar esa oportunidad de hacer algo con nuestra vida.

Cierto que no seleccionamos nuestra vida, al igual que no seleccionamos lo que otros nos regalan, como una feísima corbata que hace años recibí (verdaderamente un desafío al buen gusto), pero esa corbata, al igual que la vida nuestra, no deja de ser una oportunidad.

La corbata fue dada por mí a otra persona a quien gustó enormemente y me sentí a gusto haciendo eso.

La vida, igualmente, puede ser puesta al servicio de otros, lo que quizá sea la misión general que Dios nos ha encomendado con su regalo. Porque en cada cosa que hacemos, grande o pequeña, desde el más leve de los trabajos hasta la más trascendental caridad, puede haber alguna dosis de agradecimiento hacia quien nos dio ese regalo de la vida.

No es esto diferente del agrado que sentimos cuando vemos que alguien usa la camisa o la pulsera que le regalamos. Cada vez que Dios nos ve haciendo algo con nuestra vida debe sentirse contento, igual que cualquiera de nosotros cuando ve que la otra persona usa el regalo que le dimos.

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