Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Lujo Como Demagogia
Eduardo García Gaspar
24 enero 2002
Sección: EFECTOS NO INTENCIONALES, Sección: Una Segunda Opinión
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Uno de los rasgos naturales de la demagogia es considerar a ciertos artículos como de lujo. Productos que alguna mente alejada de la vida diaria considera de ostentación y no necesarios.

Esa es una visión distorsionada que tiene su precio al chocar con la realidad.

Permítame ofrecer una segunda opinión. Y con ello demostrar las sinrazones de los recientes impuestos especiales a bienes que alguien vio como de lujo, el teléfono celular, las computadoras más eficientes y otras cosillas.

Primero, el lujo es relativo al tiempo. Los baños en casa era un lujo a principios del siglo XX y hoy se ven como una necesidad universal. Lo mismo pasa con los viajes en avión, los automóviles y mucho de lo que a usted le rodea.

Los inyectores de gasolina eran el lujo de autos de hace medio siglo que ahora se necesita para mejorar la eficiencia de esas máquinas.

Los aparatos nuevos de los dentistas son un lujo que ningún rey pudo darse hace un siglo. Esta relatividad del lujo hace muy difícil su definición y, por tanto, el cobro de impuestos al lujo.

En otras palabras, los lujos de ayer son las necesidades de hoy. Y si usted castiga con impuestos el supuesto lujo actual de unos cuantos mañana va a satisfacer menos necesidades de la mayoría. Piense en el lujo que era tener una calculadora electrónica hace unas decenas de años y la necesidad de poseerla hoy por unos pocos pesos.

Segundo, todo aquél que se asigna la responsabilidad de asignar impuestos especiales cree tener un conocimiento privilegiado. Es lo suficientemente soberbio para saber qué es el lujo y engreído en cantidad suficiente para creer que los impuestos que ha decretado no tendrán efectos indeseables.

Los impuestos especiales implican su buena dosis de soberbia y vanidad en el legislador. Un claro ejemplo de soberbia lo da el impuesto especial a bebidas alcohólicas, motivado por el pensamiento redentor que desea que las personas beban menos creyendo que esas bebidas son lujos.

Si desde el inicio de la civilización las bebidas han acompañado nuestro desarrollo, sólo un soberbio ignorante puede pretender imponer su punto de vista en los demás. Lo mismo sucede con los teléfonos móviles.

La persona que piense que ellos son un lujo tiene una mente muy alejada de la vida diaria de la sociedad a la que pretende regular ignorando cómo funciona. ¿Quién es mejor juez de lo que necesita, el diputado o la persona que ha ganado el dinero que desea gastar?

Y en tercer lugar está la más importante razón, la de los efectos secundarios.

Toda acción tiene efectos y un buen diputado debe pensar en los efectos de los impuestos que crea. Si su nariz no va más allá de creer que un impuesto nuevo significa ingresos para el gobierno, ése es un mal diputado, muy mal diputado.

El más claro ejemplo es de nuevo el de las bebidas alcohólicas.

Ponga usted un impuesto adicional a ellas y verá que ese impuesto es un incentivo al negocio de otro empresario, no el productor ni el vendedor de esas bebidas, sino el contrabandista, un empresario fuera de la ley.

Nada es tan bien recibido por ese empresario ilegal que los impuestos especiales. Recuerde usted la época del proteccionismo económico, que era entre otras cosas el paraíso del contrabando. Si usted cree que con un impuesto especial se castiga al lujo innecesario de unos pocos, más vale echarle un ojo a sus efectos.

¿Quién siente más los efectos de ese impuesto?

Por un lado, desde luego los siente el que lo paga, el usuario del teléfono celular por ejemplo. Pero también lo sufre el empleado y el trabajador de las empresas que ahora laboran en un sector castigado con menor desarrollo del posible.

O los efectos colaterales del impuesto a las computadoras mejores que afectará la eficiencia del trabajo de empresas e individuos.

Ellos estarán en desventaja ante quienes en otros países pueden usar computadoras mejores que son más baratas. Y lo mismo sucederá con los que usan celulares, ellos trabajarán con costos mayores a los de sus competidores.

Si alguna tontería clara se puede cometer en el terreno de los impuestos, ella es la de los impuestos especiales, producidos por legisladores soberbios que no ven más allá de sus narices, una vuelta al populismo.





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