Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Poder Atonta
Eduardo García Gaspar
2 septiembre 2002
Sección: NEGOCIOS, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


En varias conferencias que he dado, he tratado un tema desarrollado por la historiadora Barbara Tuchman en su libro The March of Folly, que significa algo así como El Desfile de la Idiotez.

La tesis de la autora es fascinante. Ella en esencia afirma que el poder idiotiza a la persona que lo logra.

Lord Acton fue el que dijo que el poder corrompe, Tuchman añade que el poder también embrutece.

Y embrutece de tal manera que la persona que detenta el poder realiza actos y toma decisiones que son contrarios a su propio interés.

Peor aún, esas malas decisiones las mantiene a lo largo del tiempo. La causa fundamental de ese embrutecimiento del que tiene el poder es su aislamiento de la realidad. En otras palabras lo que esa persona cree no corresponde a la verdad que existe allá afuera.

Y, como las decisiones se toman sobre la base de una situación falsa, es lógico que esas acciones sean malas, es decir, produzcan resultados no deseados por quien las toma.

Un ejemplo muy sencillo. Moctezuma quiso deshacerse de los conquistadores españoles y para hacerlo mandó regalos de alto valor. Lo que esos regalos produjeron fue contrario a lo que Moctezuma esperaba. Enviar un ejército contra los conquistadores habría sido una decisión más efectiva.

Pues bien, al exponer esa tesis de Tuchman y referirla exclusivamente al terreno político para explicar al menos en parte las razones por la que los gobiernos hacen cosas que van contra sus propios intereses, siempre hay varios asistentes que aplican esa idea a la situación del sector privado.

En esencia lo que dicen es que en algunas empresas que ellos conocen también se da ese ofuscamiento de quien tiene el gran poder.

El caso típico, cuentan los asistentes a las conferencias, es el de la empresa en la que el mandamás no quiere oír las cosas malas, sino las buenas. Cierra sus sentidos a aquello que es contrario a lo que él imagina y toma decisiones que a casi todos parecen insensatas pero que para él tienen sentido.

Obviamente los problemas se agravan y él sigue sin escuchar las cosas malas. Peor aún, llega a suceder que quien intenta introducir la realidad a la empresa es puesto de lado creando un incentivo negativo.

Visto desde el otro lado, significa fabricar a los yes-men que a todo dicen que sí. Y eso, desde luego, produce más problemas. ¿Cuál es el remedio?

Todo está en la mente del mandamás. Es él quien tiene la obligación de aterrizarse mentalmente y no perder el contacto con la realidad.

Debe desarrollar el sentido de que es más útil recibir las noticias malas que las buenas y, siempre, en su cerebro mantener la idea de que lo que él imagina puede ser que no coincida con la realidad.

La lección es bastante obvia: el poder no sólo es el más grande de los afrodisiacos, como ha dicho Kissinger, también tiene el efecto de poner vendas en los ojos y cera en los oídos.

Nada hay más placentero que dar órdenes a otros sabiendo que sobre ellos se tiene poder. Tener en cuenta esto ya es ganancia. Examine su empresa y su puesto.

¿Se promueve un ambiente en el que las noticias malas son bien recibidas? Si la respuesta es claramente negativa, hay un problema serio.

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