Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Esas Palabras Flojas
Eduardo García Gaspar
15 julio 2002
Sección: NACIONALISMO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La vida tiene sus pequeños grandes placeres. Uno de ellos es el tener amigos y compartir con ellos momentos en los que se trata algún tema seriamente o no.

Y esas situaciones son más sabrosas cuando se gozan alrededor de una mesa comiendo y bebiendo. Hay algo ritual en eso de compartir los momentos de la comida y la bebida. En fin.

Hace unos días, en una de esas ocasiones, surgió un tema, el de la soberanía. Con un tequila y una cerveza cada uno de los tres que conversábamos, vimos que en esencia hay dos posiciones al respecto.

La más tradicional de ellas es la de ver a la soberanía como el valor más alto de una nación. La otra posición es menos conservadora y más apegada a la realidad, pues dice que lo que importa es tener avances en la nación y eso produce soberanía.

Con un arranque de conversación como ése, usted comprenderá que la sobremesa se alargó algo más de lo normal. Quiero compartir con usted algo de esa conversación. Vayamos punto por punto.

En realidad no pudimos definir con claridad a la soberanía, aunque significaba algo como ser autónomos en lo nacional. Pero eso nos llevaba a su consecuencia lógica, la de cerrar las fronteras del país a todo y ser autosuficientes totalmente.

Eso es físicamente imposible y dañino incluso: tendríamos que inventar nuestras propias medicinas, por ejemplo, o yendo al extremo, construir nuestros propios aviones. Llegamos a la conclusión de que es imposible ser soberano si es que con ello se quiere decir autosuficiente.

Bajo ese punto de vista al menos, pues, la soberanía es una utopía.

Si con soberanía se quiere decir que otros no se metan en nuestros asuntos, por ejemplo, para decidir leyes y gobernar, el asunto cambia, pero no mucho. ¿Podemos legislar sin tener en cuenta lo que sucede en otras partes?

Podemos emitir leyes propias, pero ellas no son independientes del resto del mundo. Nuestra constitución, por ejemplo, es un producto fuertemente influido por ideas extranjeras inglesas y francesas, incluso norteamericanas.

Para ser independientes en las leyes tendríamos que haber inventado nuestra propia teoría política. ¿Podemos tomar decisiones sobre, por ejemplo, precios del petróleo mexicano sin considerar lo que sucede en el resto del mundo?

Tampoco. Si elevamos demasiado el precio no nos comprarán petróleo y bajarlo demasiado sería tonto.

Más aún, lo que sucede en Argentina o en otras partes del mundo nos afecta. La conclusión más obvia es que eso de la soberanía es una idea muy vaga, floja, que poco tiene que ver con la realidad.

¿Es ser soberano el hecho de que el gobierno sea propietario del petróleo y de los energéticos? Tampoco y la idea es absurda, pues si eso es ser soberano, lo seríamos aún más si el gobierno fuera propietario del resto de las industrias, lo que es una tontería.

Pero si la soberanía es definida como la de una posición fuerte, las cosas cambian mucho. Vea usted a las personas. Las que son autónomas son las que tienen propiedades personales e ingresos buenos.

Esto es una mejor definición de soberanía, el ser ricos, el tener propiedades, el estar en una buena posición. Eso le da independencia a las personas.

Desde luego, esas personas van a depender de otras para comer, pues ellas no van a poder cultivar todo lo que comen, ni hacer los zapatos que usan. Después de todo, concluimos, la independencia personal y nacional, no es otra cosa que el estar en una buena posición, con dinero, con propiedades, con ingresos.

Eso es lo que da independencia y no el hecho de tomar decisiones que son ajenas al mundo, ni el querer hacer uno todos los productos que uno mismo necesita.

Y, si esto que acabo de escribir es cierto, eso quiere decir que la definición mexicana de soberanía que hemos aceptado hasta la fecha está equivocada de cabo a rabo.

Nos debemos dedicar a la tarea de ser ricos y eso trae como consecuencia más independencia, pues sin tratamos de ser autosuficientes lo único que lograremos es empobrecernos y con ello ser más dependientes.

O, como dijo uno de nosotros, “mira a mí no me importa que la gasolina en México la produzca Shell, si es que ella es más barata y mejor que la que ahora hace Pemex”.

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