Un galimatías lingüístico, es decir, una desordenada colección de columnas de diferentes fechas y autores que en distintas fechas hicieron algún comentario respecto al lenguaje.

Dulzura lingüística mexicana

Por Eduardo García Gaspar –   15 abril, 2002

Si bien regionalmente varía en México, la suavidad de nuestro lenguaje es excesiva. Los mexicanos somos en extremo tersos y delicados a la hora de hablar.

Cuando entramos a una tiene, por ejemplo, decimos «quería comprar una camisa», usando un verbo condicional que alisa y hace más amable una petición.

Esta costumbre en el uso del lenguaje provoca posibilidades de malos entendidos, pues los significados se ocultan. Por eso, el norte de México que sufre menos este síndrome, tiene fama de temer personas más directas y francas, en oposición al centro y sur, donde esta costumbre tiene extremos enfermizos.

Cuando alguien en una reunión dice «me permites, creo que tengo una percepción un poco diferente a la tuya», en realidad puede estar diciendo «mira, lo que tú estás diciendo es ridículo y lo que yo creo es la verdad».

Si usted oye algo como «creo que es mejor que no te molestes llamándome, mejor yo te llamo cuando tenga todo listo», la otra persona, si es experta, debe interpretarlo como «no me molestes con tu llamada, yo te llamaré cuando yo quiera».

Igualmente, si alguien nos dice que «en principio nos vemos el próximo martes a las diez de la mañana», lo que eso significa es que no existe razón alguna para dar por segura esa cita, todo ha quedado en el aire.

Es lo mismo que tiene la frase «vamos a hablarnos mañana para coordinar las agendas, por favor háblame», cuyo significado probable es «me da pereza hacer una cita hoy contigo, lo que considero una prioridad de segunda y quizá no te hable».

Casi siempre preferimos la comunicación oral para expresarnos, quizá porque ella es más informal y requiere menos esfuerzo que la comunicación escrita.

Cuando se oye la frase «es bueno eso que dices, por favor ponlo por escrito en un reporte para considerarlo seriamente», muchas veces solo se quiere decir «lo que estás diciendo es vago y malo, vas a tardar en ponerlo por escrito tres semanas y con eso me deshago del pendiente tuyo».

Luego está ese famoso «tienes un punto válido», que puede significar «¡vaya, has coincidido con mi punto de vista», o bien «yo no había pensado en eso y tiene razón el tipo éste».

Parecida es la frase «lo que dices es correcto, pero hay que considerar que el caso es diferente», lo que en realidad quiere decir que lo dicho es una reverenda tontería ajena al caso que se trata.

Hay veces que se dice, después de largas horas de discusión y no llegar a nada, «creo que es una cuestión de semántica», con lo que se desea dar a entender que toda la discusión ha sido una pérdida de tiempo, que ella ha sido de un barroco extremo, que nadie escuchó lo que el otro decía.

Existe también la célebre frase de «me gustó mucho la idea tuya, pero hay que esperar a que llegue el momento adecuado», lo que significa que ya que uno no es el autor de la idea, eso produce envidia y hay que hacerla de lado.

La presentación de un documento diciendo «por favor, vean esto solo como un borrador» es una excusa que significa en realidad que uno no ha tenido la dedicación para hacer un buen trabajo y que lo que está en el documento es una porquería que no merece las críticas que se le van a hacer.

La frase de «por favor, coordínate con fulanito» quiere decir que el tipo es bastante idiota y que más vale que no se le deje solo haciendo cosas que van a ser grandes idioteces.

También, la frase «creo sinceramente en mi vocación de servicio y que durante mi administración no se cometieron irregularidades de ningún tipo» lleva el verdadero significado de «hice lo que todos antes que yo y que tire la primera piedra el que se crea inocente».

También en política la frase «el gobierno debe retomar el redireccionamiento social de una función responsable del bienestar ciudadano» en realidad quiere decir que el gobierno debe seguir ofreciendo trabajos a más gente de la necesaria aunque ella no sirva para nada.

En los negocios, la moda es tener una misión como «nuestra misión es dar la máxima satisfacción posible a los consumidores ofreciendo productos de alta calidad al más bajo precio», lo que no significa más que «la cosa es tener una misión para llenar un espacio en los folletos con la más obvia idea que se ocurrió trabajando en un comité, aunque seguiremos trabajando igual que antes».

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Continúa el galimatías lingüístico, ahora con precisiones acerca de las frases demasiado usadas, eso que se llama «lugares comunes»

Igualar metas o reglas: problemas de lenguaje

Por Leonardo Girondella Mora –   29 agosto, 2017

Una buena parte de la retórica política está formada por lugares comunes —por frases hechas con gran frecuencia y con un significado débil, pero que contienen una carga sentimental considerable.

Se llama lugares comunes a esa frases abusadas que a fuerza de uso han perdido sentido —como:

«Arder en deseos. Le asaltó una duda. Espiral de violencia. Sumido en la tristeza…» tallerparentesis.com

En pocos terrenos se usa el lugar común con tanta insistencia como en la política.

«Corrupción institucionalizada. Tengo vocación de servicio. Trabajar para el bien del país. Compromiso con la nación. Cacería de brujas. Campaña de desprestigio…»

Un grupo de esos lugares comunes del lenguaje político está formado por expresiones similares:

«Bienestar común. Interés general. Bienestar de todos. Interés común. Bienestar nacional….».

La realidad de que sean lugares comunes —frases de uso excesivo y significado desgastado—, vuelve a estas últimas frases algo que no tiene utilidad práctica: no puede saberse qué exactamente quiso decir el gobernante que las emplea.

¿Qué es exactamente el «bienestar común»? Bajo las circunstancias en las que suele usarse la expresión es inútil (aunque existan algunos intentos más bien académicos de definición).

Si alguna persona se atreve a prometer que trabajará por el «bienestar general», será imposible precisar (1) exactamente qué está prometiendo, (2) cómo lo alcanzará y (3) de qué forma será medido su logro.

Bajo el mismo techo que provee la frase «interés común», o cualquiera equivalente, pueden ampararse las más extremas medidas socialistas, al estilo de F. Castro en Cuba que las más liberales reformas de acuerdo con las ideas de Hayek.

En esto radica buena parte de la utilidad práctica de las frases sin significado: cada ciudadano la interpreta como lo desea ver y, en el efecto acumulado, el candidato en campaña adquiere un atractivo universal superior al que tendría de haber sido más específico.

Lo percibido por quienes son la audiencia de esas frases abusadas produce, creo, la impresión de que en ellas se encierra una manera de poder calcular el bienestar de todos —lo que es al menos inexacto.

«El bienestar y la felicidad de millones no puede ser medido en una sola escala de más y menos. El bienestar de un pueblo, como la felicidad de un hombre, depende de una gran cantidad de cosas que pueden ser proveídas en una manera infinita de combinaciones». F. A. Hayek, The Road to Serfdom.

Cuando la promesa de bienestar general es comprendida como una medida común, aplicable a todos por igual —lo que pienso es la interpretación acostumbrada—, necesariamente se presupone que todas las personas son iguales y que ellas serán satisfechas por los mismos bienes, en la misma cantidad, produciendo la misma satisfacción en los mismos momentos.

La presuposición es tan irreal que ni siquiera merece consideración. La diversidad de personas niega esa proposición de «bienestar general» como algo igual para todos, pero al mismo tiempo abre una posibilidad de examen que merece una consideración.

Es posible comprender al «bienestar general» como una situación de libertad personal en la que cada persona tenga el máximo posible de posibilidades de acción para alcanzar lo que ella ha definido como su felicidad propia —y que es diferente a la del resto.

En su fondo, lo que quiero apuntar es que esas expresiones vagas y abusadas tienen un significado ambiguo que puede llevar a dos interpretaciones muy distintas:

• La primera es la construcción de un gobierno que defina centralmente qué es el bienestar total y fuerce esa definición estándar en la vida individual de cada persona.

El problema es que esa definición estandarizada de bienestar no corresponderá con la que las personas han definido para sí mismas y ella tendrá que ser forzada en la población entera.

• La segunda es la construcción de un juego de reglas, instituciones, que estandarizan las reglas que todos deben seguir para lograr la idea de bienestar que tienen individualmente.

La tarea de la autoridad política es crear y hacer respetar esas reglas o instituciones —lo que puede llamarse un estado de derecho cuya función central es el respeto a la libertad.

En otras palabras, en el primer caso, el de un bienestar igualado para todos, la autoridad política fija las metas o propósitos del bienestar personal —modificando las reglas a su gusto para lograr las metas nacionales.

En cambio, en el segundo caso, las metas son dejadas al criterio personal y el deber de la autoridad es igualar las reglas bajo las que los propósitos personales puedan lograrse.

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Jugar con las palabras es algo irresistible y que en parte se trata dentro de este galimatías lingüístico en la siguiente columna.

Juegos de palabras

Por Leonardo Girondella Mora –   6 abril, 2011

En alguna obra de Oscar Wilde, se habla de la incapacidad de tantas personas para reconocer la profundidad que tienen la superficialidad —lo que no sé exactamente qué significa, pero que tienen su valor para ser citado en un tono pintoresco si la ocasión lo permite.

Es como una paradoja, que usa contradicción de términos unidos entre sí —y que tiene en San Pablo un buen ejemplo (II Corintios, 6, 8-10):

«Somos los impostores que dicen la verdad, los desconocidos conocidos de sobra, los moribundos que están bien vivos, los penados nunca ajusticiados, los afligidos siempre alegres, los pobretones que enriquecen a muchos, los necesitados que todo lo poseen».

Creo que puede clasificarse como un oxímoron: la unión de dos expresiones o palabras que tienen sentido opuesto, como en el ejemplo anterior —los tristes que están contentos, los ricos que nada tienen, los necesitados que están satisfechos.

En el caso citado, la unión de lo opuesto tiene mucho sentido y una intención clara —la de mostrar una realidad no vista con facilidad.

Pero esas palabras que tienen sentidos opuestos no siempre son notadas.

Demasiadas veces pasan desapercibidas —con el ejemplo de «justicia social» siendo uno de mis favoritos: la justicia es por definición un concepto asociado con el individuo y lo social se relaciona con agregados o colectividades, no con personas individuales.

No puede existir justicia colectiva —es un caso de oxímoron: palabras que se contradicen entre sí y no pueden, por lógica, ir juntas. En este caso no tiene sentido unir esas palabras opuestas por significado.

Lo que me lleva de oxímoron a pleonasmo —que es la repetición de un concepto y da un resultado innecesario y redundante, aunque en ocasiones escasas tiene sentido por reforzar una idea.

Si alguien dice que vio algo con sus propios ojos, lo que hace es enfatizar la credibilidad de su testimonio.

Pero resulta un pleonasmo el hablar de «turismo social», como se suele escuchar —lo que haría suponer que también existe un turismo que no es social.

Creo que lo que sucede en estos casos es asignar un significado diferente al término «social» y que sólo significa que algo es relativo a la sociedad (o a una empresa en sociedad).

Mi punto es concreto —señalar el abuso de la palabra «» y apuntar un vicio similar al del oxímoron anterior: el uso innecesario de «social» como un adjetivo que busca engañar dando connotaciones positivas. Hablar de política social es un pleonasmo, pues no puede haber política que no sea al final social.

Hablar de medios de comunicación social, es igualmente repetitivo —como si fuera necesario separarlos de los medios de comunicación animales o vegetales.

Con las palabras puede jugarse. En ocasiones, el resultado es admirable —pero en otras, deplorable.

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Parte del fenómeno del lenguaje es el uso de términos que se ponen de moda. Uno de estos casos es tratado en este galimatías lingüístico.

La moda del paradigma

Por Eduardo García Gaspar –   7 julio, 2008

Hay palabras que se ponen de moda, que son repetidas hasta el cansancio y que, por eso, llegan a perder significado.

No hace mucho que tuve una conversación de negocios con alguien que durante las dos horas que nos tomó llegar a acuerdos, me cansó de oírle mencionar la expresión de «es un cambio de paradigma».

Tantas veces lo dijo que terminé por sospechar que simplemente repetía algo que sonaba bien, le hacía aparentar saber mucho y decir muy poco con eso.

La definición de un paradigma es relativamente simple: una serie grande de ideas y creencias, más o menos consistentes entre sí, y que permiten una explicación de alguna realidad.

Es una forma de ver algunas cosas usando ideas que son tomadas como evidentes en sí mismas y no se cuestionan.

Una persona me dio un ejemplo de esto, el de la venta de música por internet. El paradigma de la industria de discos era todo eso que hacía pensar que la música grabada se ponía en un disco con varias canciones y que el disco era puesto en una tienda a la que iban los compradores. Ese paradigma cambio a otro, el de la venta por internet, sin discos y canción por canción.

El lenguaje de negocios tiene una expresión para expresar los cambios de paradigma, el de «pensar fuera de la caja». La caja es el paradigma y equivale a pensar como el resto, con las mismas hipótesis.

Pensar fuera de la caja es violar, por ejemplo, la idea de que se venden discos con varias canciones y no una por una.

Los cambios de paradigma pueden ser de industria, como la del procesamiento de datos, que creía en la existencia de unas pocas computadoras en todo el mundo, cada vez más poderosas.

El cambio se dio con la computadora personal, millones de ellas a disposición de personas comunes y corrientes. Pero también puede ser un cambio enorme.

Con frecuencia se habla de un cambio de paradigma en la Física, al cambiar del pensamiento de Newton al de Eisntein. Claro que el punto de todo es no abusar del término y usarlo con cuidado, cuando realmente es aplicable.

Una vez escuché a alguien decir que su divorcio había cambiado su paradigma de vida… no, no creo que sea para tanto.

Más bien, un paradigma nuevo es algo como el dejar de ver a nuestro mundo dentro de un sistema en el que la tierra es el centro del universo. Esto sí es un cambio de paradigma, en serio.

Sobre esto mismo, alguien me comentó que la elección de Fox en 2000 fue un cambio de paradigma en México.

No lo creo. Fox no fue un cambio, pues volvimos a confirmar lo que se sabe en todas partes: ninguna persona realmente tiene la capacidad para gobernar.

Pero en lo que sí hubo un cambio importante fue en algo que se había dado poco a poco, la separación de los poderes políticos en el país. Del paradigma del presidente todopoderoso cambiamos al de un presidente de poderes acotados por el congreso.

Esto es muy notable en la mente de algunos ciudadanos que piensan en términos del paradigma anterior del súper presidente, creyendo que aún ahora él tiene la responsabilidad, mérito y culpa de todo lo que sucede en el país. Para estos ciudadanos, las cosas no han cambiado y se aplican las mismas reglas de antes.

Si es que puede aplicarse eso de un cambio de paradigmas, lo que ha cambiado es el modelo de gobierno y se ha pasado de uno de poder concentrado a uno de poder dividido.

Es un cambio importante y que no todos comprenden. Además, como los grandes cambios, sucede tan gradualmente que no es fácil darnos cuenta de ello hasta que haya pasado mucho tiempo.

No puedo imaginarme a Gutenberg diciendo que lo que estaba haciendo era cambiar paradigmas, ni a Galileo.

Simplemente son cosas que suceden, que son impredecibles, que nacen en las mentes de unos pocos que se atreven a pensar diferente y suelen ser recibidos con recelo por los demás hasta que la idea se populariza y el cambio se ve como natural: cualquiera hubiera pensado en eso, se llega a decir.

Y suceden con frecuencia en donde la libertad es respetada y fomentada, no donde los burócratas se sienten capaces de guiar al resto de los mortales.

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El lenguaje se presta admirablemente mucho para hablar muy bien y decir nada. Todo un arte que es visto en una de sus facetas en esta siguiente porción de nuestro galimatías lingüístico.

El puro rollo

Por Eduardo García Gaspar –   1 febrero, 2007

Uno de los candidatos al Oscar de cine, un mexicano, fue entrevistado en la radio no hace mucho. En medio de una insoportable serie de melosos elogios mutuos ent

re el entrevistador y el entrevistado, el candidato a la estatuilla dijo que en realidad su triunfo, en caso de obtenerlo, no sería propio de él, sino «de todos los mexicanos».

Me sorprendí, porque hasta donde yo sé, jamás tuve nada que ver en la producción de la película en cuestión. Es más, no la he visto. Y a pesar de eso, el cineasta dice que su triunfo es en parte mío.

La única conclusión de lo dicho por él es que se trata de lo que en México  se llama ‘puro rollo’: un caso de información sin contenido que hace quedar bien al que lo dice.

Pero luego, por las mismas fechas, resultó que en otro noticiero me llamaron culpable de un asesinato.

Todo empezó cuando un comentarista dijo que «todos somos culpables» de un hecho desafortunado, el caso de un joven acusado de matar a un menor y que ha sido la materia prima de un desperdicio notable de tiempo y espacio en los medios.

Le juro a usted que yo no soy culpable. Es más ni siquiera conozco a los involucrados.

Desde luego, niego cualquier participación en el homicidio incluso a pesar de que como dijo el comentarista «todos» somos culpables. Y al mismo tiempo, debo aceptar que no participé en la más mínima actividad que llevara a esa película a ser candidata a un premio.

En ninguna de esas cosas tuve que ver y hay testigos para probarlo. Y menos aún he tenido intervención en otras acciones.

Me refiero a lo establecido hace ya tiempo en una columna editorial en al que se escribió que «México optó en los años 70 por una política expansionista de gasto público».

Soy mexicano, pero le juro a usted que jamás nadie me preguntó por eso y yo no fui parte de esa decisión. Es más, creo que si me hubiesen preguntado hubiera contestado que el mejor gobierno es el que menos gasta.

Y, por si fuera poco, en una conferencia un tipo que hablaba como si no hubiera nada más que hacer que escucharle, aseguro que «todos hemos perdido valores».

Hasta donde sé, yo no creo haber perdido valores y si lo que dice el conferencista es cierto, entonces él también los ha perdido y lo que afirma no tiene mucho sentido.

Todo esto, me parece, es una mala manera de hablar. Es similar a la del político que dice «escuchar los reclamos del pueblo», una frase que no sé a quién representa y me supongo es más la voz anónima de lo que el político quiere escuchar y no de la realidad.

Si bien soy parte de la sociedad, yo había hecho ningún reclamo directamente a nadie y ese político estaba exagerando en el mejor de los casos.

Supongo que se trate del uso extremo de los sujetos colectivos. Usted y yo los hemos escuchado mil veces, como cuando se dice México compró a Alemania, o México vendió a EEUU tantos millones de dólares.

No hay tal ente como México o como cualquier otro país. De lo que hablan es que alguien en algún país compró algo a otra persona en otro país.

El uso de los sujetos colectivos está justificado por razones de economía de lenguaje, es decir, para ahorrar palabras. Pero tiene sus peligros, pues puede hacernos creer que esos sujetos colectivos tienen vida propia.

Un caso de esto es el de la opinión pública, cuando se reportan datos de alguna encuesta. La realidad es que no hay una opinión pública, sino muchas, millones de opiniones con algunas coincidencias.

Y es curioso que al mismo tiempo que nos quejamos de los clisés sobre las personas, los usemos en frases de puro rollo como esas que he mencionado.

Si alguien dice que los mexicanos son perezosos que duermen junto a un cactus, muchos protestarán, pero no sucederá lo mismo cuando alguien dice que la sociedad es culpable de que los jóvenes beban tanto como ahora.

Las dos son generalizaciones exageradas y sin base, pero una suena mal y la otra bien. Ambas son falsas.

De ninguna manera soy yo culpable de que los jóvenes beban hoy más que ahora. Es más, he actuado para prevenirlo y conozco a otros que tampoco son culpables de eso, a pesar de pertenecer a la sociedad «culpable».

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Hay una enorme cantidad de adjetivos en el lenguaje y este galimatías lingüístico no podía ignorarlos, especialmente cuando ellos sustituyen a la razón.

Muerte por adjetivos

Por Leonardo Girondella Mora –   1 noviembre, 2005  368

Varias veces he escuchado la idea de que la izquierda mexicana es muy mala. Puede ser.

Una prueba de ello me fue ofrecida hace poco por quien me mostró un editorial de hace varias semanas en un periódico mexicano de izquierda, La Jornada.

No creo que valga la pena el esfuerzo de analizar toda la columna, titulada Bajo la lupa. Su fecha de publicación fue el 28 de septiembre pasado y unas pocas de sus partes son por demás interesantes para demostrar eso: con esta izquierda ella misma se arruina.

Habla la columna de la alemana Merkel, partidaria del enfoque liberal en la economía. El autor dice lo siguiente textualmente lo siguiente:

«LA DEMOCRATA CRISTIANA Angela Merkel, quien pretende desfigurar el legado de Adenauer y Kohl, dos estadistas que antepusieron los intereses civilizatorios alemanes frente al eje anglosajón globalizador, se desfondó con la propuesta del sicótico “impuesto plano” (flat tax) de Paul Kirchhof, candidato a ministro de Finanzas repudiado en las urnas inclusive por los “barones” demócratas cristianos. 

«Por cierto, el “impuesto plano” fue “impuesto” -válgase la tautología- por los invasores anglosajones a Irak… convertido en laboratorio de experimentación neoliberal».

Desde luego, podría argumentarse que Konrad Adenauer era un partidario de mercados libres y estaría mucho más del lado de Merkel que de su opositor — además, Ludwig Erhard, su ministro de economía, es usado en muchos libros como ejemplo clásico de liberalismo económico.

Merkel no pretende, como dice el autor, desfigurar el legado de Adenauer, sino más bien restaurarlo. Recordemos que los fundadores de la idea de la UE eran personas que no deseaban gobiernos grandes.

Y luego está esa redacción que abusa de calificativos, grupos en conflicto, complots y que habla del «frente al eje anglosajón globalizador», de la «propuesta del sicótico “impuesto plano” (flat tax), que fue forzado «por los invasores anglosajones a Irak», «experimentación neoliberal».

Esta forma de razonar por adjetivos es muy propia de la izquierda fundamentalista.

Examino ahora los puntos de otro párrafo.

• Dice el artículo que «EL IMPUESTO PLANO resultó el gran derrotado en la elección alemana…»

La afirmación es muy cuestionable, dado que Merkel, su proponente, recibió la mayoría de los votos ciudadanos. Cuando mucho podría mencionarse que hubo empate práctico entre los candidatos —¿por qué hablar del «gran derrotado»? Es falso y usa más adjetivos.

• Dice el artículo que el impuesto parejo o plano,

«…constituye la tesis ultrarradical del grupo Forbes (para quien nada casualmente colabora el maniaco globalizador Zedillo), aliado a los halcones inmutables del Pentágono, encabezados por Caspar Weinberger, anterior secretario de Defensa en la etapa Reagan, y proponente de la invasión a México hace 10 años en su libro indeleble La Próxima Guerra, con prólogo nada accidental de Margaret Thatcher». 

Siguen los calificativos, pero me quiero detener en este punto porque es realmente representante de lo que quiero ilustrar.

Afirma que el impuesto parejo es «la tesis ultrarradical del grupo Forbes». La afición por los calificativos es obvia, pero hay más: la idea de un flat-tax no es única de Forbes, el que sin duda está haciendo esfuerzos significativos por implantarla en EEUU, siendo una idea de Milton Friedan de hace ya tiempo.

Este tipo de impuesto es una realidad en Lituania, Latvia, Estonia, Ucrania, Eslovaquia, Serbia, Georgia, Rumania y Rusia —no es ultrarradical, tampoco es exclusiva de Forbes, sino es una de las varias ideas que existen para tratamientos fiscales. Los calificativos y su abuso no anulan esa realidad.

Y, desde luego, está allí presente otro de los padecimientos graves de la izquierda, la búsqueda incesante de grupos y personas que se relacionan entre sí, lo que supuestamente es prueba de conspiraciones y asociaciones misteriosas que tienen programas extraños.

¿Es mala la idea de un impuesto parejo porque Zedillo trabaja con Forbes? ¿Debe descartarse la posibilidad de ese impuesto porque Thatcher escribió el prólogo de un libro de Weinberger y porque éste trabajó con Reagan?

No hay lógica en esos argumentos y, debo ser tenaz en esto: la izquierda tiene la costumbre de anular ideas por razones como éstas que son totalmente irrelevantes.

A lo anterior, añado de nuevo el uso de calificativos que no tienen aplicación al tema, como el de «dueño de la revista desinformativa ForbesÎ —está bien, sospecho que al autor de la columna no le agrada Forbes, pero los adjetivos de más sólo revelan emotividad y no razón.

Igual que hablar de los «silogismos plutocráticos», otro caso de expresiones sin razón, que impiden el pensar, pues todo se van en tratar de inhabilitar al contrario a fuerza de adjetivazos.

Ese abuso de calificativos, como la frase «puesto en boga alienante por Baby Bush», no añade ningún sostén sólido a la argumentación en contra del impuesto plano.

El autor, por mi parte, puede llamar a Bush «baby» o cualquier otra cosa, que tampoco eso ayuda a demostrar que el impuesto parejo es negativo. Los razonamientos no necesitan calificativos, ni invectivas.

• La parte de la cita que critica al impuesto parejo dice que «es absurdo aplicar un impuesto igualitario a los desiguales, quienes financiarían ipso facto a los pudientes: el “impuesto plano” es la fase final del legendario parasitismo del “ofertismo fiscal” (supply-side economics)».

Entonces, la crítica del columnista está basada en esa idea, de que es absurdo hacer pagar iguales impuestos a los que son desiguales —al menos ya hay algo con lo que se pueda razonar.

Que todos paguen igual tasa de impuesto no significa que todos paguen lo mismo, una distinción importante que el autor no trata.

La tasa impositiva puede ser de 15%, pero el monto absoluto de impuestos pagados será muy diferente para quien gana 30,000 mensuales que para quien gane 500,000 —es la diferencia entre cantidades relativas y absolutas, que todos conocemos.

La cosa va más allá —en un sistema de impuesto parejo, existe un límite por debajo del cual no se pagan impuesto, ninguno.

Si ese límite es de, por ejemplo, 7,000, las personas comenzarán a pagar impuestos a partir de lo que exceda esa cantidad. Estas aclaraciones son importantes y no aparecen en lo escrito por el autor analizado.

Luego viene esa parte de que con este tipo de impuesto los pobres serán «quienes financiarían ipso facto a los pudientes».

Esta manera de pensar es muy típica de la izquierda y me inclino a creer que se debe a dos padecimientos en muchos de sus partidarios —el padecimiento de no ver las consecuencias colaterales de los que la economía y la sociedad están llenas; y la visión que llama a entender a la sociedad como un terreno en el que lo que unos ganan otros pierden.

El argumento del autor, una vez retirados los calificativos y adjetivos, se queda en la afirmación sin pruebas de que lo que el impuesto parejo lastima a los pobres y beneficia a los ricos.

Esto puede ser sujeto de una discusión racional que trataría los temas siguientes en caso de implantarse un impuesto plano:

— Hay o no un beneficio general de mayor recaudación y si eso conviene para mejor financiamiento de la autoridad, lo que puede desembocar en más abundantes inversiones en infraestructura; muy posiblemente, los de menores ingresos serían los más beneficiados.

— Se logra o no una mayor base de contribuyentes, especialmente de los informales que ahora podrán gozar de las ventajas de negocios formales y mayor probabilidad de desarrollo de las empresas pequeñas que están en el mercado informal ahora.

— Las empresas y los individuos de mayores ingresos tendrían o no un mayor ingreso neto, lo que elevaría o no la inversión privada y las fuentes de crédito, lo que crearía o no más empleos.

— Desaparecerían o no los tratamientos fiscales privilegiados de las personas e instituciones de mayores ingresos.

Esos temas pueden ser tratados en una discusión racional para probarlos o rechazarlos —pero ¿cómo puede existir una discusión de ese tipo con quien usa calificativos en lugar de razones, cree en una economía como un juego de suma cero y quiere anular razones usando argumentos de relaciones de trabajo entre las personas enemigas? Difícil, si no imposible.

El Wall Street Journal del 7 de octubre reporta los siguientes países con un impuesto parejo: Estonia con 24%, Rumania con 16%, Rusia con 13%, Georgia con 12%, Serbia con 14%, Grecia con 25%, Hong Kong con 16%, Eslovaquia con 19%, Lituania con 33%, Ucrania con 13%, Latvia con 25% —el caso de Grecia está en proceso de aprobación.

Como otros casos adicionales, la nota cita a Bulgaria. Croacia y Hungría. La tasa ha sido bajada de niveles anteriores mayores en Estonia; y en Lituania hay planes de reducirla a 24%.

La columna analizada es un buen ejemplo de tres síntomas que impiden el pensamiento claro en la izquierda:

1. Uso exagerado de adjetivos, calificativos o insultos —es imposible anular una idea arrojándole adjetivos.

2. Creencia de que la economía es un juego de suma cero —uno de los padecimientos provocado por dosis exageradas de marxismo.

3. Argumentación sustentada en encontrar conexiones y relaciones entre los enemigos —de acuerdo con esto, cualquier idea podría ser anulada si se demuestra que su autor comió un día en un restaurante al que asiste con frecuencia otra persona que también es enemiga del que argumenta.

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El lenguaje es un buen ejemplo de lo que sucede cuando se goza de libertad y ello produce invenciones imprevistas. Esto es lo que trata la siguiente parte del galimatías lingüístico.

Idiomas libres sin policías

Por Eduardo García Gaspar –   4 febrero, 2005

Siendo profesor universitario, tengo la oportunidad de escuchar conversaciones de estudiantes que ignoran mi presencia cercana y así darme cuenta del lenguaje usado por ellos.

Desde luego, de todo se encuentra uno, desde el lenguaje normal esperado hasta el que rebasa el uso del que usaría un cargador de puerto.

Y, desde luego, se encuentra uno con expresiones de significado propio, recientemente creadas. El lenguaje, me he quedado pensando, es un buen ejemplo de la espontaneidad humana y por eso, ha sido comparado con los mercados libres.

Nadie es el inventor del castellano, ni de sus transformaciones, al igual que nadie tampoco es el inventor y modificador del inglés, del francés.

Los lenguajes son reales creaciones de las personas, al igual que los mercados libres. Cierto, hay reglas de construcción y acuerdos de significados y escritura, pero no hay al final una policía del lenguaje.

Cuando mucho llegamos a corregir y afinar los errores de los alumnos, dando por supuesto que una persona mínimamente educada puede hablar dándose a entender con razonable claridad.

La vigilancia del idioma, si se le puede llamar así, es también libre, descentralizada en diversas personas que por iniciativa propia lo intentan.

Más aún, en el fondo del asunto, todos entendemos, incluso sin darnos cuenta, que nos conviene aceptar las reglas del idioma, para poder hablar entendiéndonos.

Más aún, continuamente afinamos el lenguaje, le añadimos expresiones y palabras que necesitamos, por ejemplo, para describir las funciones de una computadora.

El lenguaje, realmente, radica en las personas y se mueve en un proceso que podría calificarse de anárquico, pues no hay coerción para usarlo de cierta manera o de otra.

Un fenómeno interesante ha sido el surgimiento del inglés como lingua franca internacional que permite comunicarse a un islandés con un argentino, por ejemplo. Nadie forzó a eso, simplemente sucedió y, lo mejor, no funciona nada mal.

Lo que me lleva al otro extremo, el de imaginar una situación en la que la autoridad sea la encargada de forzar el uso de palabras o de prohibirlas.

Suena mucho a la novela de Orwell, 1984, pero es más real de lo que parece. Hay ejemplos de esto en España, en donde en algunas partes se ha forzado el uso del lenguaje local usando la autoridad del gobierno, por ejemplo, obligando a que cursos y materias en escuelas sean enseñadas en ese idioma.

Desde luego, había otra opción, la de dejar que las personas mismas decidieran si usar castellano, catalán, gallego o vascuence. También, en algunas partes de los EEUU se han calificado como «hate speach» algunas expresiones que se juzgan que atacan a algunos segmentos de la población.

Es decir, incluso en los terrenos más diáfanos de espontaneidad y libertad personal, las autoridades se entrometen a querer regir las vidas de las personas… y llegar al extremo de decidir qué idioma debes hablar o qué palabras no puedes usar.

Quien desea reglamentar estos asuntos, me parece, cae en la categoría de enemigo de la libertad y quizá lo sea porque le tiene miedo. La libertad tiene sus enemigos. Son los autócratas que todo quieren regir, que todo quieren dominar e imponer así, los estándares que ellos tienen.

En sus mentes hay metas de imposición de sus propios ideales por la fuerza. Escuché a una joven estudiante hablar un día con una amiga suya, empleando un lenguaje pobre, mísero y lleno de vulgaridades.

Eso está mal. La pobre chica está en un error que limita su vida, pero puede corregirse por iniciativa propia e influencia de otros.

La chica, afortunadamente, es libre y eso es mejor que estar sujeto a la presión de una autoridad que cree que coartar la libertad es una mejor opción. Mejor está ella, con su paupérrimo lenguaje, que otros bajo sistemas de idiomas obligados.

Lo mismo aplica a los mercados libres, esos que no son intervenidos por las autoridades, y que son dejados a la libre espontaneidad de quienes toman decisiones de compra y de venta.

Si la espontaneidad del lenguaje ha dado un medio tan efectivo de comunicación entre las personas, no veo razón por la que esa misma espontaneidad no ocasione un medio de creación de bienestar y de riqueza.

Las grandes obras de la literatura no han sido creadas por los gobiernos, como tampoco las grandes invenciones de los mercados.

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Termina este galimatías lingüístico con esa cualidad que tiene el lenguaje para endulzar las ideas que de otra manera sonarían ásperas.

Ese terrible miedo

Por Eduardo García Gaspar –   7 marzo, 2003

Varios de los escritos que he leído acerca de cómo somos los mexicanos tratan lo más obvio, como nuestro escaso respeto por el tiempo de los demás, lo que nos hace llegar tarde a las citas, ocupar el tiempo en cosas poco importantes y tener fiestas que se alargan interminablemente.

Hay, desde luego, otras culturas que son lo opuesto. En fin.

El punto es que no hace mucho que me encontré con un escrito que hablaba de esas cosas obvias, pero añadía un rasgo del mexicano que no es tratado comúnmente.

Ese rasgo cultural nuestro es la carencia de asertividad, lo que no es otra cosa que la incapacidad de afirmar con certeza las cosas.

En pocas palabras no somos dados a decir las cosas con claridad y seguridad, lo que incluye un cierto miedo a definirse. Somos quizá como los jabones que no pueden ser sujetos y andan saliéndose de todas las situaciones.

Nuestras opiniones no son claras ni definidas, andamos de un sitio a otro según convenga. Si alguien hace un mal trabajo, tenemos miedo a herirlo diciendo eso que le permitirá mejorar. Si alguien nos dice que hicimos algo que era malo, pensamos que es una crítica contra nuestra persona.

La secretaria que sabe que su jefe no fue a trabajar dice al que pregunta por él que tuvo un problema con el carro que se le descompuso.

La falta de asertividad nos lleva a no aceptar que no se sabe e inventar algo, incluso mentir. «El camión ya salió para allá y no debe tardar en llegar», nos dice el empleado de la empresa que prometió entregar un artículo en la casa después de que a ese camión le ha sucedido de todo.

Chocó el día que iba a entregarnos la mercancía, luego el chofer no llegó, al camión se le descompuso el alternador. Esta es una invención de pretextos mentirosos que nos llevan a poner excusas que intentan negar una responsabilidad concreta.

Pocas veces escuchamos de alguien ese «Sí, la culpa fue mía», pues siempre hay pretextos y causas que nos quitan responsabilidad personal.

Con miedo a decir las cosas claras, es natural que en los terrenos políticos suceda lo mismo, es decir, que el lenguaje político ande por las ramas y cuando alguien se atreve a no andar por las ramas es el blanco de críticas más fácil.

Va aumentando, pero aún es escasa la proporción de servidores públicos que reconocen problemas y que responden con lenguaje claro.

Por eso en la política se usan términos que no significan un cacahuate, como la soberanía nacional, la justicia social y otras formas que permiten salirse del problema como jabón húmedo.

Por eso la política está invadida de seriedad insoportable, porque la forma es lo único que vale ante el vacío de contenido personal.

Sólo el que puede bromear tiene contenido en su lenguaje y se ha definido.

En fin. Lo preocupante de todo esto es su impacto negativo en la política mexicana, que necesita claridad y posiciones definidas. Si alguien en México es socialista, no lo va a decir abiertamente, al igual que difícilmente admitirá ser liberal. Y eso dificulta el entendimiento mutuo. Habrá mentiras y apariencias que limitarán los diálogos.

Tenemos, pues, un rasgo cultural que es más serio que el de la impuntualidad, si es cierto eso que dice el texto que comento. La ventaja es que al menos ya sabemos que mucho de las posturas políticas es en realidad un disfraz de inseguridad personal.

Las palabras sirven más para ocultar que para comunicar, como el alumno mío que siempre llegaba con retraso, nunca participaba y jamás hacía las tareas.

Cuando le comenté que de seguro reprobaría, me mencionó una larga retahíla de pretextos que tenían que ver con enfermedades personales que a cualquier persona la hubieran llevado a la tumba. Es mentir por querer ocultarse.

Y, al final, al menos yo me quedo con una idea: los mexicanos tenemos que usar todo nuestro talento para tratar de adivinar qué nos está diciendo el otro, cuando él está diciendo quizá todo lo contrario de lo que quiere decir.

Se trata de un terrible miedo a hablar claramente y a aceptar las responsabilidades de lo que uno hace y dice.