Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Hazlo Porque lo Quiero
Eduardo García Gaspar
2 diciembre 2002
Sección: NEGOCIOS, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Hace ya bastantes años, un cliente me dijo que la publicidad que le presentamos estaba mal porque necesitaba más punch.

Lo que eso era nunca lo supimos, ni los de la agencia, ni sus subalternos.

Él era un clásico representante del estilo de administración por poder absoluto. Ése es uno los estilos administrativos que más lastiman a las organizaciones, el del ejercicio del poder por el poder mismo.

Es muy similar al título de ese libro de educación infantil dirigido a los padres y que llevaba el título de Porque lo mando yo.

En demasiadas organizaciones sucede eso. El sistema autoritario de administración tiene su fundamento en la hipótesis, real o falsa, de que el jefe de la empresa sabe más que todos sus empleados, lo que lleva a la conclusión muy natural que todo lo que los subalternos deben hacer es obedecerle sin chistar.

De ellos no se espera que piensen, sino que ejecuten órdenes precisas. El sistema no es malo en sí mismo. Por ejemplo, en un comercio muy pequeño es una virtud que el dueño lo atienda personalmente, con un restaurante como el más claro ejemplo.

Igualmente, el sistema funciona cuando efectivamente los empleados tienen una escasa preparación, pues sería un error el dejarles actuar con iniciativas propias. Sin embargo, el sistema por diseño propio impide el crecimiento y la expansión del negocio.

Un restaurante que viva de su reputación sin pretensiones de crecimiento, muy posiblemente, se beneficie del férreo control de su dueño, quizá el mismo chef. Pero eso no permitirá convertir al restaurante en una cadena. De ese restaurante no sale un MacDonald’s.

¿Qué sucede si ese estilo de administración se aplica en una empresa de mayor tamaño? Ignoro si hay reglas al respecto, pero sugiero una proporción: cuánto más grande sea el negocio más daño le causará el estilo de administración que se basa en obedecer las órdenes dictatoriales del dueño o director general.

Los efectos de ese estilo son terribles.

Uno de ellos es el atraer a gente mediocre y no a personas brillantes, capaces de hacer contribuciones. Los inteligentes rehuirán los ambientes en los que no se reconoce el mérito, ni se premian las aportaciones, ni se permiten otras ideas que las del jefe.

Los mediocres vivirán en el cielo sabiendo que todo lo que hay que hacer es decirle sí al jefe máximo.

Otro efecto es la creación de una dependencia absoluta en la inteligencia del jefe.

Si es un tipo inteligente el negocio correrá menos riesgos, pero, la verdad, un tipo realmente inteligente no seguirá un estilo administrativo basado en la obediencia ciega de sus órdenes.

Es decir, por sistema la empresa estará operando con desventajas importantes y sus riesgos de fracaso algún día serán realidad pronta.

Al final el hombre este, que quería más punch en su publicidad, lo que nunca definió y tomó como una tarea personal, rehizo él mismo la campaña publicitaria de todo a todo, incluyendo la escritura de los textos.

Fue una de las campañas publicitarias peores que he visto. Afortunadamente nunca salió al aire. Me jugué mi puesto y se lo dije. Aceptó mi punto de vista, pero nunca me volvió a dirigir la palabra.

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