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La ley es justicia no fraternidad. Una diferencia entre socialistas y liberales. Su entendimiento de la ley. Para los socialistas es el medio para construir una sociedad ideal. Para los liberales es simplemente justicia. La fraternidad humana no se logra por decreto.

Introducción

Un problema de expectativas legales, de esperar demasiado de las leyes. ¿Puede ella volver a las personas compasivas y fraternas? Eso es suponer que las leyes pueden hacer más de lo que realmente pueden

Bastiat muestra el grave error que es el solicitar de la ley y el gobierno que ellos decreten la caridad entre los hombres. Que ordenen amarnos unos a otros. No sería malo que eso sucediera, al contrario, pero la ley no puede lograrlo.

El libro consultado fue el de Bastiat, Frederic Selected essays on political economy, (George B. de Huszar). New York. Foundation for Economic Education. 0910614156, chapter 4 «Justice and Fraternity», pp. 116-123. 

Socialistas y liberales, una gran diferencia

El punto de arranque en este ensayo de Bastiat es el señalar un punto enorme de diferencia entre los socialistas y los liberales. Esa diferencia es lo que cada uno de ellos solicita o espera de la ley.

Los socialistas esperan que la ley, además de justicia, provea a la sociedad con fraternidad. Mientras que los liberales sólo esperan justicia de la ley.

Esta distinción en las expectativas de la ley es la gran diferenciación entre las diversas escuelas socialistas y liberales.

La ley para los socialistas

La consecuencia obvia del pensar así de los socialistas es el creer que la ley es la fundación entera del orden social.

Es natural, entonces, que los socialistas piensen que la sociedad es la obra de la ley. Y que en la sociedad nada existe que no sea el producto de la ley, lo que el legislador ha ordenado y arreglado.

Más aún, otra consecuencia del pensar de los socialistas es el creer que quienes no están de acuerdo con ellos niegan a la fraternidad en las relaciones sociales.

Los socialistas están convencidos de que quien pide solo justicia de la ley está excluyendo a la fraternidad de la sociedad. La diferente expectativa acerca de la ley es una de las grandes diferencias de opinión entre los socialistas y los liberales.

Y es esa diferencia la causa de las acusaciones de los socialistas, que culpan a los liberales de frialdad, rigidez y dureza en sus ideas.

¿Es todo el orden social un producto de la ley?

El siguiente punto de Bastiat es plantearse la pregunta de si esa premisa de los socialistas es admisible. ¿Puede el total de orden social estar basado solo en la ley?

Si esto fuera falso, eso significaría que las acusaciones de los socialistas no son válidas. Para solucionar esto, el autor da comienzo a sus consideraciones.

Los liberales, dice, ven a la ley actuando con autoridad, por medios obligatorios y con poder de coerción. A la ley la acompañan la fuerza de la bayoneta y de las penas de cárcel. La ley no reglamenta afecto, ni amistad, ni amor, ni sacrificio, ni devoción.

Es lógico, por tanto, que la ley nada tenga que ver con la fraternidad que es el sentimiento que engloba al afecto, a la amistad, al amor, al sacrificio y a la devoción.

Pero lo anterior no significa que los liberales hagan de lado a la fraternidad y que deseen aniquilarla. Lo que eso significa es entender a la sociedad como algo mayor y más grande que la ley. Muchos sentimientos y actos con realizados más allá de la ley.

El señalar que la ley tiene un límite no significa que se niegue lo que está más allá de ese límite.

Lo que Bastiat ha hecho hasta aquí es arrojar luz sobre una causa de fondo de las diferencias entre socialistas y liberales. Ambos esperan algo de la ley, pero esperan algo diferente.

Los liberales esperan justicia universal. Los socialistas esperan también fraternidad. Es natural, por tanto, que el autor quiera demostrar que de la ley no se puede esperar fraternidad.

La ley es justicia no fraternidad

Para demostrar eso, ya ha señalado el argumento de que no es posible esperar sentimientos de devoción, amor y caridad de la ley, pues a la ley le caracteriza la fuerza, el poder y la coerción.

Bastiat señala ahora que los socialistas tienen cada uno de ellos un plan diseñado para hacer feliz a la humanidad. Suponen que quien se opone a ese plan es por razones egoístas, pues teme por sus propiedades y privilegios.

El hecho es que los liberales se oponen a esos conceptos socialistas porque los consideran falsos, ingenuos y desastrosos.

Si a los liberales se les demostrara que es posible traer felicidad a la tierra para siempre por medio de un plan artificial, o que la fraternidad pudiera cumplirse por decreto, con mucho gusto ellos apoyarían ese plan.

Pero la cuestión es que no se ha demostrado que la fraternidad pueda ser impuesta.

Al contrario, lo que llama la atención de la fraternidad es que se realiza fuera de los marcos legales, porque la fraternidad para serlo debe ser espontánea y voluntaria. Si no fuera así, no sería fraternidad. Imponer por decreto a la fraternidad es exterminarla.

La ley puede obligar a los hombres a ser justos, pero en vano tratará de forzarlos al autosacrificio.

Y señala el autor que no es él quien ha señalado esa distinción, sino que alguien más lo ha hecho, 18 siglos antes, por quien fundó la religión que él profesa.

Cuando Jesús dijo que la ley señala no hacer a los demás lo que no quieras que a ti te hagan, pero que a eso Él añade tratar a los demás como uno quisiera ser tratado.

Son esas palabras las que determinan los límites que separan a la justicia de la fraternidad. Límites que no son absolutos, pero que sí son racionales entre el dominio limitado de la ley y la región sin límites de la fraternidad.

El límite que no debe pasar la ley

La idea crucial es establecer que hay un punto que no debe ser traspasado por la ley. Ese punto es el momento en el que la previsión gubernamental reemplaza a la previsión individual y la destruye.

En otras palabras, esto equivale a hacerse una pregunta.

¿Debe la ley declarar los límites de derechos recíprocos entre personas y hacer que ellos sean respetados? ¿O debe la ley hacer a los hombres felices obligando a actos de caridad, abnegación y sacrificio mutuo?

Bastiat responde diciendo que se sabe lo que la justicia es y dónde termina. Ella es fija e inmutable. La ley es justicia no fraternidad.

La ley toma a la justicia como su guía y sabiendo lo que ella es, todos actúan de esa manera. Pero la fraternidad no tiene límites, ni formas definidas. Ella es el sacrifico de uno por otro. Cuando la fraternidad es voluntaria es digna de aplauso.

Pero cuando la fraternidad es impuesta por la ley, en palabras sencillas, significa que la distribución de los frutos del trabajo será realizada por el gobierno, sin respeto a los derechos mismos del trabajador.

¿Quién puede prever los límites de esa distribución, las formas que el gobierno le dará y las instituciones que de un día a otros se crearán para esto? Una sociedad así no puede existir.

El sacrificio personal no tiene, como la justicia, un límite. Además, no hay certeza de su forma, pues puede ser el sacrificio de pocos por los muchos. O de los muchos por los pocos, y tener un número indefinido de formas y maneras.

En una sociedad donde la ley está limitada a la justicia, allí el ciudadano estará seguro de su futuro, al menos en el sentido de la afectación de la ley. Los ciudadanos se dedicarán a todo género de trabajos e industrias sin miedo ni incertidumbre, ejerciendo sus facultades con libertad de acuerdo a sus intereses e inclinaciones. No habría privilegios ni monopolios.

Más aún, el gobierno lograría su meta mejor pues su tarea estaría limitada a la prevención y represión del crimen, el fraude, la delincuencia y los actos de violencia. No estaría distraído con otras funciones que son ajenas a su función.

Habría seguridad para el futuro pues ninguna utopía sería impuesta usando a la fuerza pública. Habría seguridad en el presente pues la fuerza pública sería dedicada exclusivamente al combate de la injusticia.

[La columna fue revisada en 2019-08]

Bonus scriptum: más sobre el tema de la ley es justicia no fraternidad.

Decreto de felicidad general

Por Eduardo García Gaspar –   19 febrero, 2018

La realidad es que un gobierno a cargo de la felicidad de sus ciudadanos es mera charlatanería política, como lo explicó J. Whyte en su libro.

Charlatanería que, por alguna extraña razón, es tomada en serio por demasiados. Especialmente por aquellos con esa mentalidad que les hace pensar que nada hay que no pueda resolverse por medio de una función adicional de gobierno.

El gobierno de México, recientemente, se ha comprometido a hacer felices a sus ciudadanos. Otra responsabilidad añadida a las existentes. El no entender que la ley es justicia no fraternidad.

(¿Y si mi felicidad fuese el que el gobierno no se hiciese cargo de ella?)

Otro de esos casos fue el de Cambodia hace tiempo, cuyo régimen tuvo el propósito de crear una sociedad mejorada y feliz. Que por ley incluyera sentido de altruismo y fraternidad, en medio de igualdad y justicia. Los resultados son conocidos y no precisamente positivos: 1.7 millones de muertos.

Y eso por no mencionar otros casos de intentos de construir con leyes sociedades mejoradas, felices, en las que desde el gobierno se dictan instrucciones positivas que hagan que el amor reine entre los ciudadanos y todos sean felices. Esto tiene una explicación fascinante.

Es el ansia que tiene el gobernante por agregar funciones y responsabilidades propias. Algo lógico porque eso le hace quedar bien ante una opinión pública casi siempre desorientada.

Agregar a la ley la fraternidad, el amor

Pero también por otra razón, la de la «falacia de la agregación», como la llamó R. Scruton.

Esto es lo que hace agregar todo lo que suene o parezca bueno a un todo político que se vuelve propuesta de gobierno, aunque sea un imposible. Como confundir a la ley creyendo que ella es fraternidad cuando solo es justicia.

¿Y qué cosa más grande existe que la felicidad? Es irresistible para el gobernante agregarla a su lista de responsabilidades. «No te preocupes por nada, yo me hago cargo de ti desde que naces hasta que mueres», le dice al ciudadano (y este no se ríe, lo que es un síntoma grave).

El caso francés y el mexicano

Un caso, poco reconocido de esa agregación, es el francés: libertad, igualdad y fraternidad, agregadas y sumadas en un slogan que es una imposibilidad práctica. 

Mezclas imposibles de conceptos que tienen cargas positivas, como «aumentará el gasto social pero se reducirán los impuestos».

O, más aún, la ambición de alterar a la naturaleza humana y, por medio del gobierno, una sociedad de amor como ha propuesto López Obrador en México. No solamente gobernará sino que también será autoridad moral, promotor de valores, conciencia social y motivador altruista.

Esta es esa falacia de la agregación: la anexión gubernamental de todo lo bueno que existe y su transformación en responsabilidad de gobierno. A la ley se le ha agregado el amor y la fraternidad haciendo de lado a la justicia.

Si en el país, por ejemplo, se detecta que existen personas con problemas de soledad (whatever that means), eso es causa suficiente como para que el gobierno se haga cargo de él. ¿No me cree?

«La soledad, un mal contemporáneo mundial que en Reino Unido ahora es asunto de Estado». bbc.com

Es el ansia desordenada del obsesionado que supone que nada hay que sea imposible resolver usando medios gubernamentales directos como la ley. E incluyendo esa aventurada postura de gobiernos responsables de la felicidad personal de sus ciudadanos.

El Ministerio de la Soledad en el Reino Unido puede parecer un capitulo de la novela 1984, pero es real y nadie se sobresalta.

La paradoja es que queriendo tener una sociedad feliz terminan teniendo ciudadanos infelices en quienes se ha querido imponer una definición unitalla de felicidad, la del gobernante mismo.

Lo admirable de todo esto es la seriedad con la que se contemplan esos sucesos. Lo que sería un absurdo material de comedia para Monty Python es ahora algo considerado deseable y serio.

El que muy pocos se rían de esto es un síntoma de que hay algo grave en nuestros tiempos.

Y unas cosas más…

Un amigo lo explica así: «Un gobierno que de verdad quiere hacer felices a sus ciudadanos no puede aplicar la ley para castigar culpables de robos, incluso no podría cobrar impuestos».

El caso de Cambodia usa material de Jean-Louis Margolin: “Cambodia: The Country of Disconcerting Crimes,” en Stephane Courtois et al.: The Black Book of Communism: Crimes, Terror and Repression, Cambridge MA 1999, 577, 603, 629, citado por Hollander, Paul. From Benito Mussolini to Hugo Chavez: Intellectuals and a Century of Political Hero Worship (p. 203). Cambridge University Press. Kindle Edition.

La expresión whatever that means la usaba un buen tipo, Daniel Cosío Villegas.