Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Gran Prioridad
Eduardo García Gaspar
13 enero 2002
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Al fin puedo dormir tranquilo después de decenas de años de noches de desvelo y de inquietudes sin fin.

Ya era momento en el que terminase esa situación de terrible angustia y zozobra sombría que me impedía trabajar, detenía mis esfuerzos personales y, como dije, por las noches me mantenía envuelto en pesadillas escalofriantes, turbadoras y espantosas.

Mi ojos no podían cerrarse nada más de pensar en la inquietante realidad de nuestro país.

Pero gracias al Cielo algunos de nuestros gobernantes han puesto el dedo en la llaga y, sin miedo alguno, están dirigiendo sus esfuerzos y talentos a la solución de uno de los mayores problemas que nos aqueja como nación y que, sin duda alguna, puede contarse como factor primordial de nuestro subdesarrollo.

Nada de dedicar tiempo a cuestiones de escasa relevancia y dudosos efectos como las reformas de las cuestiones energéticas, laborales, bancarias, de propiedad intelectual, de seguridad, de tribunales.

No señor, nada de eso tiene prioridad ante lo que de verdad cuenta.

Al fin, digo, algunos de nuestros gobernantes han definido el verdadero problema nacional y han propuesto que nos cambiemos de nombre, que hagamos una modificación legal y que en lugar de tener el nombre oficial de Estados Unidos Mexicanos ahora simplemente adoptemos el de México.

No sé usted, pero creo que la totalidad de los mexicanos teníamos la más alta preocupación por ese tema y quizá, como yo, eso desvelaba a la población y nos impedía dar todos nuestros esfuerzos. Ahora ya podremos trabajar mejor, sin tensiones, sin estrés y todo por ese cambio de nombre.

El tema del nombre oficial de nuestro país, sin duda alguna, tiene una importancia mayor a la de esas reformas necesarias, a la de la urgencia de tener acuerdos gubernamentales, a la de otorgar seguridad física a la ciudadanía, a la de combatir al narco, a la de modernizar la legislación bancaria, a la de flexibilizar las disposiciones laborales, a la de la generación mayor de electricidad.

No puedo pensar en nada más prioritario que cambiar el nombre de nuestro país.

Porque la verdad, cada vez que estando en el extranjero si alguien me preguntaba sobre mi nacionalidad, debo decir que por mi mente pasaban las más graves dudas de identidad.

No sabía si contestar “mexicano” , “estadounidense de México”, o alguna otra posibilidad. Sufrí decenas de años esta crisis de identidad, lo mismo que millones de mexicanos, niños, ancianos, desvalidos, trabajadores, campesinos, todos ellos viviendo en la más ardua de las zozobras mentales.

Pero gracias a las previsoras mentes de nuestros gobernantes y a su enorme sentido de prioridad, ya el país entero podrá relajarse quitándose de encima esa desazón que tanto nos dañaba. Porque, debo añadir, después de un cambio de nombre, el país enfrentará un futuro inigualable.

China nos hará nos mandados y el resto de los países, si es que no cambian de nombre, permanecerán estancados ante el avance de México y no de los Estados Unidos Mexicanos.

Cambiaremos billetes, documentos legales, pasaportes y muchas cosas más, cuya derrama económica será de tal magnitud que nos importará un comino el precio del petróleo y los conflictos bélicos mundiales.

Más tarde, nuestros gobernantes podrían echarle un ojo a la cuestión de los nombres de los estados de la república, no sea que también exista por allí un problema grave que impida que alguno de ellos se desarrolle.

El siguiente paso sería la revisión de los nombres de las ciudades, porque puede estar sucediendo lo mismo, por ejemplo con Monterrey que tiene un nombre que coincide con el de una ciudad en California, lo que de seguro ocasiona algún complejo a los habitantes de esa ciudad mexicana.

No puedo decir más que me siento renovado en lo más profundo de mi ser al contemplar el sentido de prioridad que tienen algunos de nuestros gobernantes y su fino olfato político para detectar los asuntos de verdadera importancia para el destino de millones de mexicanos.

Al fin podremos dormir tranquilos, al fin dejaremos de lado el complejo de inferioridad. El panorama futuro del país no podrá ser mejor que ése que nos ofrece un cambio de nombre, porque quizá con eso dejen de tener validez los pagarés de nuestra deuda nacional, lo que será un alivio enorme a nuestras finanzas.

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