Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Muerte de un Político
Eduardo García Gaspar
15 noviembre 2002
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Nada hay como morir para cambiar y exaltar las cualidades de una persona.

Eso es lo que sucedió con la reciente muerte de Alfonso Martínez Domínguez, uno de los viejos grandes o de los grandes viejos del PRI… como usted lo prefiera.

Esta fue una buena oportunidad para investigar la variedad de opiniones que el fallecimiento produjo.

Lo que sigue es una visión analítica de lo que encontré en esa informal investigación conversando con varias personas, ciudadanos como usted y yo.

Una de las reacciones más claras ante su fallecimiento fue la de revisar su trayectoria con el resultado neto de una cierta y clara admiración por el personaje.

AMD fue recordado por las personas por sus obras y por sus decisiones, muchas y fuertes. Creo que ese fue su más claro perfil ya resumido en las mentes de muchas personas, un tanto simplemente, pero esa fue la idea neta producida por su muerte.

Una de las frases lo resume con gran color, “Hizo mucho”. Insisto, el tono de esta idea fue el de admiración por el viejo.

Menos claramente y con cierta dosis de sarcasmo, escuché referencias hacia su vida familiar y sus aventuras y escapadas.

Unas personas vieron esto como reprobable, pero hubo otras que reaccionaron con un tono de diversión e incluso admiración. Esa vida matrimonial agitada y variada que se le adjudica por parte de muchos, por tanto, se veía más bien como anecdótica y pintoresca, casi como si ella fuera la conducta natural a esperarse del político fallecido.

Sólo unas pocas personas mencionaron cuestiones de corrupción y uso indebido del poder para enriquecimiento personal.

Desde luego le reconocieron una fortuna personal muy grande, pero hasta allí, sin profundizar sus orígenes, como si vieran todo como algo lógico. Me hablaron de inversiones y presta nombres, sin que hubiera prueba alguna, simplemente como parte de lo que todos saben.

Las menciones de su papel en actos de represión en el DF y en Monterrey no formaron parte del perfil que salió de esas conversaciones. Mi sentir al final fue un cierto desencanto, no por AMD, sino por las personas con quienes conversé.

Los recuerdos de ellas estuvieron alimentados más por los sentimientos que por los pensamientos. Cierto que el fallecimiento de cualquiera, con escasísimas excepciones, produce una generación espontánea de halagos y exageraciones, lo que es humano.

Pero me llamó la atención que AMD fuera evaluado en una sola dimensión, la de hacer mucho… lo que sea que eso signifique exactamente. El resto, bueno o malo, no importó. AMD se enfrentará allá con Dios y recibirá su juicio divino imposible de comprender para los humanos.

Pero lo que sí puede hacerse aquí en la Tierra es tener una opinión acerca de nosotros, los ciudadanos mexicanos, demasiado buenas personas, demasiado olvidadizos, demasiado simples.

Si con el criterio de “hacer mucho” vamos a distinguir a los políticos buenos de los malos, mucho me temo, estaremos dispuestos a tolerar muchas malas conductas y acciones reprobables. Daremos así entrada a gobernantes “corruptos pero que hacen mucho”.

No creo que sea sólida esa base, ni conducente a otra cosa que pan, circo y corrupción… con más corrupción que pan y circo. Entiéndame no afirmo que AMD haya sido corrupto, sino que las personas lo recordaron sólo y exclusivamente por eso de “hacer mucho”.

La forma más sencilla de probar corrupción sería la de explicar su patrimonio comparado con sus ingresos, lo que no es el tema de esto.

Conversé hace varios años con él un par de veces, cuando era gobernador de Nuevo León y la impresión que tuve fue la de una personalidad fuerte y decidida, pero desafortunadamente inclinada al cinismo moral, al engaño y al abuso del poder, en extremo hábil y fascinado en su puesto. No le hubiera yo confiado nada.

Tiempo más tarde recibí una nota de él, elogiando una de mis columnas y en la que había un cierto tono de sarcasmo, pues yo lo había criticado severamente en mis escritos.

No me quedo con una impresión grata después de esas conversaciones. ¿Seremos de verdad tan primitivos como para evaluar a los gobernantes sólo con el criterio de hacer mucho?

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