Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Vital Confianza
Eduardo García Gaspar
8 mayo 2002
Sección: PROSPERIDAD, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Sin un ingrediente que se llama confianza, la vida en sociedad sería literalmente imposible.

Cuando usted compra, por ejemplo, una lata de chiles, usted necesariamente parte de la idea de que esa lata fue elaborada con un cuidado mínimo, suficiente como para poder comer esos chiles sin preocupación.

Usted ha confiado en personas que ni conoce, ni va a conocer… todas las que cultivaron y empacaron ese producto. La cuestión sigue hasta extremos en los que usted coloca su vida, literalmente, en manos de gente totalmente extraña.

Piense por ejemplo en la persona que armó y colocó los frenos de su automóvil, y llegará a ver que en esa persona ha colocado tanta esperanza como para fiarse de ella con su vida y la de sus hijos.

¿Quién armó esos frenos? No tenemos la menor idea y puede ser que viva en algún lugar de México o del otro lado del mundo. Con sus ahorros sucede lo mismo.

Necesariamente y sin darse mucha cuenta de ello, usted ha dado su total confianza a las personas que trabajan en algún banco o en alguna casa de bolsa. Tanta confianza les ha dado que usted les entregó sus ahorros y ha encomendado a esas personas su cuidado.

Este asunto es de tal manera universal en nuestras vidas que poco nos damos cuenta de él. Toda nuestra existencia está cimentada en la esperanza razonable de confianza mutua, desde luego entre amigos y conocidos, pero lo más revelador, entre totales desconocidos.

Salimos a la calle, caminamos por la ciudad, permanecemos en casa, siempre con esa expectativa de confianza en lo que nos rodea. Confiamos en que la probabilidad de ser asaltados es baja, de que es escasa la probabilidad de tener un accidente de automóvil, de que no caerá sobre nosotros un aerolito.

Todas esas hipótesis de confianza son necesarias para vivir con cierto decoro y generar progreso propio y ajeno.

Maquiavelo habla de esto, cuando menciona que quien tiene confianza está en posibilidad de mejorar su vida, de ampliar su casa, de tener hijos… todo porque confía en que ninguna autoridad llegará a su casa armada con órdenes de impuestos confiscatorios, ni caprichos del gobernante.

Ésa es una de las partes vitales de la vida social, la confianza de que el gobierno no actuará de manera caprichosa y arbitraria contra uno mismo.

Todo porque el gobierno es la única institución social que puede usar legítimamente la fuerza. Sin una confianza razonable sencillamente no se puede vivir en sociedad. A mayor confianza, mayores probabilidades de progreso y de bienestar.

Por eso, si usted quiere en verdad producir un daño grave en la sociedad lo que tiene que hacer es quebrar esa confianza, que es lo que hicieron los ataques terroristas de septiembre del año pasado.

Ahora bien, no hace falta realizar actos de ese calibre para destruir buena parte de la confianza que alimenta a la sociedad. Existen acciones menos espectaculares que tienen efectos iguales o incluso mayores.

Puede usted, por ejemplo, abandonar a la policía y olvidarse de que ella cumpla su labor. Puede usted tener jueces corruptos o poco preparados. Puede usted tener congresistas de miras estrechas y sin educación para hacer leyes.

Todo eso minará la confianza de la sociedad y le quitará la sangre que la alimenta. Puede usted fomentar la burla hacia la moral y declarar que no hay principios éticos absolutos.

Puede usted difundir la idea de que Dios no existe. Todo esto también mina la confianza, la destruye en sus cimientos más profundos, sin que realmente sea notorio el daño hasta que éste es grave.

Puede usted dejar de castigar a los corruptos y así promover la noción de que el inmoral triunfa, para contagiar al ciudadano común con esa idea. Puede usted burlarse de la importancia de la educación, de la planeación, del ahorro, de que el dar la palabra es sagrado.

Cada uno de esos actos, de esas acciones, por pequeñas que sean es un golpe duro a la confianza que hace posible nuestra vida en la sociedad.

Si confiamos, sin siquiera conocerlo, en aquel que armó los frenos de nuestro coche es que pensamos que él ha hecho bien su trabajo, que estaba preparado para hacerlo, que tenía un mínimo de conciencia de la importancia de su labor.

Igualmente debemos confiar en, por ejemplo, una institución social de aún mayor importancia como es la policía y el sistema judicial. Y si no podemos confiar en esa institución hay algo muy grave en nuestra sociedad.

¿Cuál es la fuente de la confianza? La expectativa razonable de que la mayoría de las personas en la sociedad van a actuar consistentemente dentro de los preceptos morales y legales.

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