Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Límites del Estado
Selección de ContraPeso.info
1 septiembre 2002
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: AmaYi
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Pocos serán lo que no reaccionen en contra cuando alguien dice que lo mejor que puede hacer la autoridad civil es abstenerse de ser un promotor del bienestar de la sociedad; sí, que debe la autoridad dejar de querer redistribuir la riqueza, que debe limitarse a las funciones de cuidar la seguridad de los ciudadanos, sus bienes, derechos y posesiones.

Eso es lo que afirma Humboldt, que esas medidas de aparente bondad aprobadas por casi todos, tienen consecuencias negativas en la humanidad. Humboldt (1776-1835) fue un estadista alemán, filólogo, pedagogo, historiador, helenista y teórico político, con desafortunadamente pocas cualidades literarias, lo que hace a su obra algo densa.

La esencia de su pensamiento es la de creer que la vitalidad de una sociedad radica en la actividad espontánea de las personas que actuando en libertad aprovechan sus energías creativas y fortalecen su fibra moral. Sobre esta base fundamental sostiene que la intervención estatal para la promoción del bienestar es claramente negativa.

La obra consultada para este resumen es la de Humboldt, Wilhelm (1993). THE LIMITS OF STATE ACTION. (J.W. Burrow). Indianapolis. Liberty Fund. 0865971099, chapter III, On the solicitude of the state for the positive welfare of the citizen, pp. 16-33.

El capítulo en el que fue encontrada la idea resumida en esta carta, comienza con lo dicho antes, un pensamiento muy claro.

Toda interferencia de la autoridad civil en la vida de las personas debe ser reprobada si ella no tiene su causa en el uso de la violencia de alguien al atacar los derechos individuales de otro.

Por tanto, el punto de partida de Humboldt es que el Estado no debe intervenir en la sociedad nunca, excepto cuando se da una violación de los derechos de las personas. Desde luego, lo más interesante no es esta opinión, sino las justificaciones con las que el autor la sostiene.

Inmediatamente después, Humboldt anota que el Estado tiene ante sí dos alternativas de acción, la de elevar la felicidad de las personas y la de simplemente limitarse a prevenir el mal. El mal, desde luego, puede venir de sucesos naturales o de la acción humana. Restringirse al segundo es equivalente a concentrarse en la seguridad.

Esa seguridad en su sentido más estricto está opuesta a cualquier otro fin del Estado en el que se incluyan objetivos de bienestar positivo.

Para que las cosas queden claras: las acciones del Estado que tienen un objetivo de bienestar positivo se refieren a acciones como medidas de promoción a la agricultura, ayudas a los pobres, regulaciones del comercio exterior, todo lo que coloque al gobierno como un actor directo en la preservación o el aumento del bienestar físico de la nación. Todo eso debe ser evitado.

Hay varias razones de peso para justificar esa aseveración. Y en esto radica la riqueza del escrito del Humboldt, en hacernos ver las causas por las que debemos poner en tela de juicio la opinión aceptada de un gobierno que juega un papel activo en la promoción del bienestar del ciudadano.

La primera de las razones es que esas medidas del gobierno producen lo que el autor más teme, la uniformidad social, individuos estandarizados e indiferenciados, con la consecuente pérdida del valor de la diversidad. Esto es una limitación del poder de acción de las personas.

El gran bien de la nación es la diversidad social y la espontaneidad de las acciones individuales, que la intervención gubernamental aniquila.

Cuando hay libertad, las personas desarrollan relaciones espontáneas entre sí, dentro de su individualidad y diversidad. Pero cuando el gobierno interviene se pierden las relaciones interpersonales y se crean relaciones sólo entre cada persona y la autoridad, con el resultado de que las personas comienzan a parecerse entre sí.

La diversidad se ha perdido. La esencia de la persona es la actividad y la variedad, pero al depender del Estado, la persona se degrada y prefiere la pasividad a la actividad y la tranquilidad a la diversidad.

Es decir, cuando las personas actúan con libertad, se da una enorme riqueza de relaciones y de iniciativas individuales; es un fomento a la diversidad, a la variedad y a la acción personal. Pero cuando entra la intervención estatal, esas relaciones son anuladas, sustituyéndose por una relación Estado-persona, aislada de las demás personas, que impulsa la similitud y la uniformidad entre los ciudadanos.

Las medidas estatales debilitan a la sociedad pues implican dosis de obligatoriedad. Las personas así se acostumbran a ser guiadas, a recibir instrucciones, a buscar ayuda, a recibir asistencia; esas personas ya no se valen por sí mismas.

Esa gente pierde el valor de las iniciativas personales y deja de confiar en ellas y sus habilidades.

La intervención estatal para promover el bienestar, entonces, aniquila el entusiasmo y la ilusión de las recompensas futuras del esfuerzo personal. Esto es un deterioro de la fibra moral de la sociedad.

Quien está acostumbrado a ser guiado sacrifica su espontaneidad, sus ideas propias y, peor aún, sus nociones del bien y del mal se vuelven confusas. Renuncia a su responsabilidad personal y la delega en quien da las órdenes.

Ese individuo, aniquilado, se ha liberado de todo deber que no le sea impuesto por la autoridad y se siente exonerado de sus responsabilidades ante las demás personas. Abandona sus deberes, renuncia a sus responsabilidades y deja las iniciativas en el Estado.

Por el contrario, si se dejara libre a la iniciativa individual, de aseguro habría problemas y conflictos, pero la felicidad de cada persona no sería otra que la que su propio esfuerzo produjera, lo que mejorará sus talentos y desarrollará su carácter.

Rotundamente se ve la preocupación del autor al concentrarse en los efectos que tiene la intervención estatal en la esencia de la persona. Esa intervención es un ataque a la individualidad, a la iniciativa, al desarrollo del carácter, a las responsabilidades personales.

No es gratuita, por tanto, su afirmación inicial en el sentido de que los gobiernos deben abstenerse de medidas de promoción activa del bienestar social.

La vida que se vive con reflexión y con sensibilidad es una que vigoriza la moral y el intelecto de la persona. El autor abunda en su gran preocupación, la aniquilación de la persona individual producida por el intervencionismo.

Lo que no sale de esa espontaneidad y de la selección libre de la persona y se recibe sólo como una orden, no forma parte del interior de la persona, se recibe pasivamente y por eso no se hace con energía. Lo que satisface al interior del hombre lo hace fuerte y eso es su iniciativa, no la obediencia en un trabajo que sólo verá como un medio, sin satisfacción de realizarlo.

La asociación espontánea entre las personas no aniquila a la individualidad, sino lo contrario. Esa asociación voluntaria aminora el aislamiento de la persona, fomenta la comunicación. Estas asociaciones voluntarias fomentan el entendimiento de la individualidad.

Pero la intervención estatal, en la proporción que pretende elevar el bienestar material, no puede evitar ser un ataque a la comprensión de esa individualidad.

Hasta aquí las razones de Humboldt están claramente referidas al campo del ser humano y cómo la intervención estatal es un ataque a la individualidad y al desarrollo de la persona.

Bajo regímenes intervencionistas, por tanto, el autor ve acciones que tienen una intención loable, pero que producen efectos inevitables muy negativos, pues son ataques a la realización de la persona como ser humano.

Pero no sólo existen argumentos de ese tipo en contra de la intervención estatal, ella también tiene problemas en su implantación.

Señala Humboldt que cada medida restrictiva de la libertad choca contra la espontaneidad y hace surgir muchas otras nuevas circunstancias, algunas con consecuencias imprevisibles. Con esto, Humboldt apunta hacia los problemas de consecuencias imprevistas negativas que tiene el intervencionismo.

Además, la realidad muestra, para cualquiera que haya ocupado un puesto público, que pocas de las medidas tomadas por la autoridad son realmente necesarias y que la mayoría de las que se toman son de muy escasa importancia. Y por si fuera poco, el gobierno que interviene de esa manera requiere de mayores fondos para realizar su tarea.

Dentro de la intervención estatal, la complejidad crece de tal manera que un gran número de personas se dedican a la supervisión de las funciones estatales para evitar confusiones. Se crean además, carreras profesionales, cuyos egresados dependen del gobierno, lo que crea aún mayor dependencia de la sociedad.

Así, se pierde de vista la esencia y se pone más atención en la forma; las nuevas regulaciones, quizá con buenas intenciones, crean nuevas complicaciones, nuevas dependencias, más oficinas, más funcionarios. Crece la autoridad y decrece la libertad.

En este ambiente, las personas se tornan máquinas y todo lo honesto, espontáneo y genuino decrece en la proporción en la que se pierde la confianza. Los valores son invertidos; lo trivial pesa más que lo importante, lo despreciable que lo digno, lo secundario que lo esencial.

Es decir, la intervención no sólo afecta negativamente el desarrollo de la persona humana, sino que tiene serios problemas en su implantación, de tal naturaleza que puede lograr efectos contrarios a los que persigue.

Con estos razonamientos, el autor, repite su opinión inicial. El Estado debe abstenerse de toda intervención directa para promover el bienestar positivo de la nación y no ir más allá de lo que se necesita para la mutua seguridad de los ciudadanos y su protección de enemigos externos. Esos son los únicos límites que pueden imponerse a la libertad.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

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