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Más Allá de la Democracia
Selección de ContraPeso.info
1 enero 2002
Sección: LIBERTAD POLITICA, Sección: AmaYi
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El régimen político que conocemos como democracia tiene sus defectos, y muy serios. Pocos autores como Lord Acton para mostrar esas deficiencias de la democracia y demostrar que la elevación de la democracia al más alto altar político es un error.

El libro del que ha tomado material este resumen, es Acton, John Emerich Edward Dalberg Acton (1985). SELECTED WRITINGS OF LORD ACTON Essays in Religion, Politics and Morality, (J. Rufus Fears). Indianapolis. LibertyClassics. 0865970467, Section IV Selections from the Acton legacy, Democracy, pp. 549-557.

John Emerich Edward Dallberg-Acton, First Baron Acton (1834-1902), fue un decidido liberal inglés al mismo tiempo que un convencido católico, y un hombre de ideas. Este resumen está tomado de sus notas manuscritas, que son independientes unas de otras, si bien pueden clasificarse en categorías; esto explica la falta de continuidad en la exposición que sigue, aunque todo sea relacionado con la democracia.

Fue Acton el autor de frases célebres como “La limitación es esencial a la autoridad, pues un gobierno sólo es legítimo si está efectivamente limitado” y la mil veces repetida “El poder tiende a corromper y el poder absoluto, a corromper absolutamente”.

Con esa mentalidad acerca del poder y de la autoridad, Acton plantea la pregunta, ¿por qué la democracia? Contesta diciendo, la democracia equivale a libertad para las personas, para las masas; donde la democracia no existe, allí no existe tampoco hay libertad.

Es cierto que las masas de electores nuevos están formadas por personas ignorantes a las que fácilmente puede engañarse apelando a sus prejuicios y a sus pasiones. Esas masas son inestables.

Más aún, si se les explican cuestiones de economía y se trata de ligar a sus intereses con los de estado, ello puede ser peligroso e incluso poner en peligro a la propiedad privada.

Aquí es donde Acton señala una diferencia vital: un demócrata no pone atención en estas cuestiones, mientras que un liberal sí las considera.

La democracia, por tanto, plantea riesgos que el demócrata precipitado no contempla, pero sí quien ve a la libertad como el valor supremo.

Continúa planteando que si las masas no entienden asuntos de estado, se puede argumentar que ellas tomarán caminos equivocados, pero la realidad es que las masas gobiernan a las naciones más prósperas del mundo, como Estados Unidos y Francia; de modo que debe haber alguna falla en ese razonamiento.

Señala Acton que la selección de los mejores hombres no es garantía de éxito. Lo cierto es que la educación, la inteligencia y la riqueza de los mejores constituyen una protección contra ciertas fallas de conducta, pero no contra errores de política.

Los más grandes yerros han encontrado siempre defensores entre los más aptos hombres, como Jefferson y Montesquieu.

En el fondo hay que considerar que no es que una cierta clase social no esté preparada para gobernar, pues la realidad es que ninguna clase social es apta para tomar las riendas de la autoridad.

La libertad tiende a abolir el dominio de una raza sobre otra, de una religión sobre otra, de una clase sobre otra.

En otro apartado, habla de una forma de comportamiento del político en su trato con los enemigos. Para dañar a políticos problemáticos, no hay que recurrir a chismes, inventos, conversaciones escuchadas, ni revelaciones escandalosas.

Únicamente debemos atender a la responsabilidad de esos políticos en actos públicos y  con ellos tratar libremente, manteniendo recta la conciencia pública. No hacerlo es convertirse en cómplice.

No deben usarse imputaciones vulgares, ni acusarles de inconsistencia, ni de votar contra conciencia. Esa no es una digna discusión.

Pero si se tratase de cuestiones de fondo, como una guerra injusta, información suprimida o malos manejos en cuestiones vitales, se debe exponer al responsable ante el pueblo. Se debe tratar que el trabajador más tosco apruebe y comparta esa indignación.

Por separado, Acton escribe una consideración relativa a los trabajadores y el capital. La clase trabajadora, dice, tiene más que perder con el daño que se le cause al capital.

Los trabajadores están más interesados en la seguridad del capital que los mismos capitalistas. Lo que para unos es la amenaza de perder lo superfluo, para los otros es el peligro de perder lo necesario.

En lo que se refiere a la relación entre la democracia y el Cristianismo, Acton ve una gran coincidencia. La democracia es en esencia la apreciación de los derechos de otros como si fueran los propios. A esto, escribe, el Cristianismo dio su aprobación gloriosa.

Las aportaciones más valiosas, sin embargo, están en las ideas que Acton aportó sobre los peligros del exceso democrático, pues la democracia tiende a concentrar y a monopolizar el poder, lo que es contrario a la libertad.

Sin duda, dice, el progreso y el bienestar de las naciones en la antigüedad fue por causa de la democracia, pero con el exceso de la democracia esas naciones perdieron su existencia política primero y luego su existencia nacional.

La democracia descomedida y en exceso no tiene límites en su poder y en eso se parece a los regímenes militares. Hemos buscado maneras y formas para proteger a la democracia, pero carecemos de mecanismos de protección que nos protejan de la democracia y sus peligros.

La democracia directa no tiene frenos, sólo la democracia representativa crea el mutuo balance del poder. La división de la soberanía es la única posible medicina para la limitación del poder democrático. La democracia tiende a destruir al gobierno representativo con acciones como los plebiscitos. El remedio a esto consiste en poseer una poderosa segunda cámara de representantes.

Es decir, para Acton, al igual que otros tipos de gobierno, la democracia tiende a la centralización del poder y eso debe evitarse dividiendo el poder.

En la sociedad puede haber muchos opresores hasta que exista una sólo, un gran opresor, el gobierno. La división del poder, insiste Acton, es el remedio al gobierno opresor.

En uno de sus apartados plantea la interrogante de la persona sola frente a la autoridad omnipotente que se dice representar al pueblo entero.

¿Qué institución existe en la sociedad que proteja al individuo cuando el gobierno representa a todo el pueblo y actúa conforme a la voluntad de la mayoría?

La democracia no tiene forma de reducir la importancia de la opinión pública.

Si la opinión de la sociedad es una opinión corrupta, será imposible castigar actos que esa opinión apruebe. Los jurados sencillamente manifestarán simpatías hacia los malhechores.

Por tanto, un gobierno democrático regulado por la opinión de la mayoría puede ser fatídico y nefasto para los derechos personales. Las opiniones son inestables y los principios fijos son ignorados.

Si un gobierno está hecho para expresar la voluntad colectiva de un país, nada existe que pueda ponerle límites a su acción. Las minorías no tendrán otro escape que la violencia y la revolución. Cuantos más asuntos se dejen en manos del pueblo, más cuidado debe tenerse con las influencias perniciosas.

La democracia debilita la conciencia al hacer que los hombres prefieran lo que otros creen que es mejor en lugar de ellos decidir lo que es mejor según su propia opinión. Esto es quitar sentido de responsabilidad y de deber.

Toda clase social usa el poder para su propio beneficio. Por esto es que ninguna clase debe gobernar.  Más aún, es más sencillo encontrar personas que puedan gobernarse a sí mismas que personas capaces de gobernar a otros.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.





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