Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No es Una Madre
Eduardo García Gaspar
22 abril 2002
Sección: ECOLOGIA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


No sé si a usted le sucede lo mismo que a mí. Lo que me pasa es que ante ciertas vistas y ciertos escenarios me siento maravillado.

Pocas cosas tan bellas como un atardecer en una playa del Pacífico, o el panorama nevado de algunas montañas o algún lago que refleja al cercano bosque.

Puede uno quedarse por horas viendo esos portentos de la naturaleza. Igualmente es causa de fascinación para mí el contemplar algunas obras humanas. Ver, por ejemplo, una catedral como la de León en España conmueve el alma.

Lo mismo pasa con algunas pinturas, con algunos edificios modernos. Causa también gran asombro ver estas labores de los hombres. Y andaba su servidor hace unos días admirando unas hermosas montañas, al pie de las cuales existía una bella construcción, cuando recordé eso que dicen algunos, de que la tierra es una Madre.

Pues, la verdad es que llamarle Madre es muy equivocado. A la tierra no puede dársele una posición materna con respecto al hombre.

Llamarle Madre Tierra, por otro lado, resulta bastante chocante, casi inmoral y, desde luego, equívoco. No es nuestra madre, y menos aún tiene atribuciones religiosas, como muchos pretenden.

Como parte de la creación, la tierra tiene además, igual que el hombre, sus buenas dosis de crueldad fácilmente visibles en las cadenas alimenticias de los animales, por no mencionar a los virus y microbios que son parte de la naturaleza.

La tierra es inexplicable, cruel a veces hasta el extremo, con sus terremotos, inundaciones, incendios que dañan y lastiman a millones sin justificación aparente.

Igualmente los hombres somos capaces de las más viles acciones, como guerras de exterminio, robos, asesinatos, que son igualmente injustificables, pero en los que hay una diferencia: la voluntad.

La naturaleza y la tierra no tienen voluntad, ni capacidad de raciocinio, siguen sus instintos y sus leyes como esclavos de ellos. Los hombres no, y en esto somos la excepción de la creación, el más grande milagro de la creación: el ser libre que piensa y que puede construir Chichén-Itzá, o que puede sacar el corazón a seres humanos como ofrenda un a dios azteca.

Por tanto, si bien la naturaleza nos debe admirar y crear un cierto sentido de temor al mismo tiempo, las obras de los hombres son también dignos objetos de admiración, quizá mayores, por ser voluntarias y conscientes, el producto de una decisión personal, lo que también las hace temibles a veces.

En este sentido son aún más admirables las obras humanas, por eso, porque son conscientes y libres.

Entonces, pensé mientras veía y esa sierra, que allí había una mezcla de obras naturales admirables, las del hombre y las de la tierra, ambas de origen Divino. Digo, porque lo que hacemos los hombres son también creaciones divinas.

Tenemos un papel de co-creadores que para aprovechar las riquezas de la tierra debemos a aprender a respetarla, a usarla en nuestro provecho; porque si queremos dominarla tenemos que respetarla. Ese es el papel de la tierra, nunca sujeto de veneraciones que no merece, ni digna de tornarla absurdamente en un dios impredecible.

No es la tierra una fuente de dominio sobre el hombre, no es nuestro amo. La tierra está para ayudarnos a perfeccionar la vida que Dios nos ha dado.

El nos dio razón y libertad, y nos rodeó de un gran número de recursos que debemos usar para nuestro provecho y bienestar, de manera inteligente. La tierra no puede suplantar a Dios, ni nos puede dar mandamientos éticos, ni prometer la vida futura.

En una segunda opinión, lo que digo es que gran error se comete al querer ver a la tierra como una entidad divina en sí misma que merece el nombre de Madre Tierra. No, la tierra es una parte de la Creación Divina, eso es todo. La tierra no es sujeto de adoración como tampoco lo es el hombre, otra parte de la Creación.

Son sujetos de admiración, sí, pero no de adoración. Equivocarnos en esto tendrá consecuencias importantes para la sociedad, pues no existen principios lógicos de ética que la tierra nos dé y si se pretende eso, los principios dados serán más la imaginación de personas que la lógica Divina.

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