Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Nuestras Palabras
Eduardo García Gaspar
19 julio 2002
Sección: ETICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Quizá usted tenga la misma impresión que tengo yo y, debo decir, varias personas más. Permítame echar una segunda opinión sobre las palabras de la modernidad y, para mayor claridad, dividir el asunto en partes.

Primero, tengo la impresión de que nuestro vocabulario ha cambiado rotundamente de cierto tiempo para acá. Uno de esos cambios es el menor uso de ciertos términos.

Son palabras que hemos olvidado, que ya no forman parte de nuestras conversaciones y que han caído en un limbo. Sencillamente las hemos olvidado.

Ejemplos de esas palabras olvidadas son términos como modestia, humildad, virtud, amabilidad, honor, piedad, honestidad, castidad, amistad, respeto y similares.

Ellas han caído en el mismo relegado lugar de palabras como caridad, esfuerzo, trabajo, ahorro, disciplina, bondad, gracia, cuidado, templanza, tolerancia, escuchar, entender. Ya no las usamos, ellas y otras similares han desaparecido de nuestro lenguaje cotidiano.

Peor aún, muchas de ellas son objeto de burla y de mofa cuando alguien tiene la valentía de traerlas a la mesa. El otro cambio de nuestro vocabulario es la falta de uso de las palabras que son la antítesis de las anteriores.

Ya no usamos términos como egoísmo, lujuria, traición, intolerancia, crueldad, engaño, robo, traición, desobediencia, dispendio, inmoralidad, ilegalidad, bajeza, mala educación, rudeza, mentira, desconsideración, vileza, vergüenza, indecencia y similares a éstas.

Segundo, hay palabras que han sustituido a ésas que hemos olvidado.

Tenemos nuevas palabras que han ocupado sus lugares. Son términos como progreso, avance, estándar de vida, adelanto, cambio, mejora, misión, visión, innovación, ecología, desarrollo, realización, excelencia y otras que son parte del vocabulario obligado de todo aquel que quiera estar al día.

Tercero, veamos lo que sucede con el olvido de unas palabras y el uso de las nuevas. Lo que sucede es lógico. Las nuevas palabras nos hablan de ambiciones, deseos, objetivos y eso en sí mismo no está mal.

Lo que está muy mal es que al olvidar las otras palabras, ya no tenemos guías para lograr esos anhelos. Sin las palabras olvidadas carecemos de orientación sobre cómo comportarnos para tener desarrollo, avance, adelanto y progreso.

Esto nos deja a la deriva moral, sin brújula que indique la diferencia entre una dirección buena y una mala.

Para lograr el progreso, por ejemplo, podemos hacer lo que queramos sin reglas ni principios ni virtudes. Para progresar podemos ser ilegales, dispendiosos, mentirosos y viles o bien podemos ser trabajadores, caritativos, honrados y disciplinados.

El problema es que no vemos las diferencias entre esas dos maneras de progresar.

A lo más que hemos llegado es a usar un término que, creemos, lo salva todo. Me refiero a la palabra social, añadido sagrado de nuestra época que tiene la ventaja imaginada de dar por aprobado lo que sea. Si hablamos de progreso social, de misión social, de lo que sea, con tal de que le añadamos esa palabra milagrosa, todo nos parece mejor y digno de alabanza.

Y no lo es.

Por último, la cuarta parte. Olvidando esas palabras como honestidad, verdad, trabajo y disciplina, al igual que términos como maldad, inmoralidad, egoísmo y engaño, queremos tener progreso y avance. Esto es imposible.

Los avances humanos sin sustentos morales no son sólidos. Simplemente no podemos tener progreso si no sabemos distinguir entre mentiras y verdades, entre moralidad e inmoralidad, entre esfuerzo y pereza.

Por esta razón es que recuerdo, de mera e inexacta memoria, a Ortega y Gasset, el español del libro La Rebelión de las Masas. El progreso del siglo 20, asombroso, tuvo más que ver con la herencia de valores del siglo anterior que con las innovaciones del mismo siglo 20.

A lo que añado que el siglo 20 será recordado en mucho por esa pérdida de palabras, lo que nos llevó a las terribles situaciones de Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot y otros especímenes que avergüenzan a la humanidad. ¿Qué hacer?

Creo que no hay otro camino que el personal y el familiar. La defensa consciente y abierta de virtudes por parte cada individuo y la transmisión de esos valores dentro de las familias.

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