Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Pasados Los Meses
Eduardo García Gaspar
5 febrero 2002
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El mundo ya no es el de antes, ha cambiando y es nuevo. El cambio aconteció el 11 de septiembre de 2001.

Sí, la fecha de los ataques terroristas al World Trade Center de Nueva York y al Pentágono en Washington. La revista The Economist supo prever ese cambio en su primer ejemplar después del ataque, simplemente su titular decía “El día que el mundo cambió”.

Meses después, aquietadas las aguas un poco, es posible ver la dimensión de lo sucedido. La destrucción de las dos torres causó en realidad poco trastorno de fondo.

Con excepción de los días cerrados de la bolsa, el funcionamiento de la sociedad americana y mundial realmente no tuvo daños estructurales.

Las torres no tenían funciones centrales irreparables. Pero el impacto fue mucho más anímico que material. Las pérdidas millonarias pueden ser absorbidas, sin embargo los efectos alteraron la mente.

Por un lado, desde luego está la reacción del ciudadano en general, ejemplificada en las alteraciones de cambios de viajes sobre todo. Por el otro, está la reacción de las autoridades, mostrada en las nuevas regulaciones de seguridad en aeropuertos y en los Juegos Olímpicos de Invierno.

De esto no hay mucho más que decir, pues usted ya lo conoce. Si a esos atentados los vemos bajo la óptica de una segunda opinión, tendremos una visión más amplia de eso que ha sucedido, el mundo ya es diferente.

Nos dimos cuenta de lo interdependientes que somos. Lo sucedido en EEUU afectó al resto del mundo en cosas tan tangibles como la pérdida de empleos en sitios del Caribe, los problemas económicos ocasionados por falta de turismo y su secuela.

Realmente nos dimos cuenta de que lo que sucede en algún lugar altera a los demás lugares. Ya no vivimos en sociedades aisladas, que no tienen contactos entre sí. Y esto que suena tan obvio es una lección para México, donde hemos estado acostumbrados a pensar que lo que sucede en otras partes no nos altera nuestra vida.

Estamos en un mundo global y reconocerlo es obligado. Nos dimos cuenta de lo asombrosamente vulnerables que somos en las sociedades abiertas.

Estas sociedades confían en la conducta de sus miembros y presuponen que los actos imposibles son efectivamente imposibles. Ya no más, sabemos que los más abominables actos son una realidad y que las posibilidades de envenenar letalmente aguas potables de ciudades enteras ya no son el terreno de películas y novelas de acción.

Usted puede ahora dar rienda suelta a su imaginación y pensar en los más crueles agresiones y embestidas del terrorismo… todo es posible, todo.

Nuestra parcial inocencia ha desaparecido. Aprendimos que aún existen personas que encarnan el odio más monstruoso y que ellas son capaces de lo impensable.

No, no han desaparecido las causas fanáticas, quizá jamás lo harán, pero ya sabemos que a algunas de ellas se ha añadido un elemento adicional, la violencia extrema.

Aprendimos que los terroristas pueden ser personas educadas, contrario a lo que antes creíamos. Aprendimos que nuestros adelantos y avances pueden tener usos contrarios a nuestras intenciones.

Nuestra tecnología, nuestros inventos, ampliamente disponibles, pueden ser convertidos en armas pavorosas de destrucción. Es la mente humana la que hace ese giro endiablado. Aprendimos que la guerra tiene ahora una nueva definición, que ya no tiene esas dimensiones geográficas de un país contra otro.

No más declaraciones de guerra formal, no más enemigos conocidos, no más tratados de paz. En esta guerra las cosas son diferentes, muy diferentes, invisibles casi, hasta que enfrentamos sus acciones.

Aprendimos que la colaboración entre países puede tener una elevación sustancial dada las muestras de cooperación internacional mostradas después del ataque. Pero, al final, es posible que no hayamos aprendido totalmente a tomar en serio lo que debe ser así tomado.

No me refiero a hacer chistes, pues a ellos se les reconoce como tales. Me refiero a la inmadurez de grandes segmentos de personas que entendieron esos ataques a la sociedad como algo merecido por ella. Quien así piensa viola las más básicas reglas de la convivencia humana y está aceptando la legitimidad del asesinato frío y calculado.

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Un interesante contraste se dio entre The Economist que habló del “día en el que el mundo cambió” y El Norte, cuyo encabezado de ese día habló de “aterrorizan a EEUU.”

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