Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Personalismos Desviados
Eduardo García Gaspar
18 febrero 2002
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hay algo que está mal en la historia mexicana al menos desde la Revolución Mexicana.

Ese algo es nuestra inclinación por las personas y nuestro olvido de las ideas, lo que nos ocasiona vaivenes políticos y esfuerzos innecesarios. El asunto es serio y no ha sido muchas veces expuesto.

Permítame usted expresar esta segunda opinión iniciando con una palabra que todos entendemos, “foxismo”, y que engloba desde luego a lo que el presidente actual es y hace.

No es una costumbre nueva ésa de llamar a corrientes políticas con el nombre de una persona. Recordemos al “salinismo”, al “zedillismo”, al “echeverrismo”.

Cada uno de esos ismos representa una noción vaga que intenta englobar la mentalidad y los hechos de una persona principal dentro de la política mexicana. El asunto se remonta muy marcadamente a las situaciones de la Revolución Mexicana, con zapatismo, maderismo, carrancismo, villismo y tiempo después, cardenismo.

Las personas morían y luchaban por algunos de esos ismos, al igual que hoy son defendidos y atacados con pasión.

La realidad de elevar a rango de ismo a una persona es, desde luego, parte enferma de nuestra tendencia a colocar todas las esperanzas propias en una persona y considerarla la encarnación misma de los más loables ideales y las más notables intenciones.

Hay desde luego, un peligro al hacer esto, que es la corta duración de una persona y la naturaleza imperfecta de ella.

Vayamos un poco más a fondo en esto. Tener la costumbre de crear movimientos políticos basados en personas tiene por consecuencia necesaria ignorar a las ideas.

Por ejemplo, el lugar de considerar al socialismo, al liberalismo, al comunismo, al capitalismo, que constituyen corrientes políticas relativamente sencillas de entender, los mexicanos hemos optado por convertir a ciertos personajes en ismos. Lo que eso produce es inevitablemente ignorancia de los sistemas políticos.

Podemos defender o atacar al cardenismo, pero no entendemos muy bien al socialismo.

Otra consecuencia de esa costumbre tan poco sana es la elevación de ciertas personas a rango de mesías salvadores que poseen la verdad revelada para amparar a una nación. Hay muy poco diferencia entre la persona que ha sido consagrada como ismo y un santo patrón.

Por eso es que más que exigírsele, se le ruega y reza. Más aún, la posibilidad de análisis racional se anula cuando se enfrenta al raciocinio contra la fe de un ismo.

Los ismos creados en nuestra política, al ser personalizados, tienen necesariamente una vida corta aunque intensa. Un villismo, un maderismo y los demás, no pueden durar tanto como un liberalismo o un socialismo.

La consecuencia de esto es una vida política más agitada y menos estable, más fanática y menos racional, pero sobre todo más confusa para los ciudadanos que crean elementos de juicio basados en personas y no en ideas.

La situación es un ambiente político de escasa claridad, pues esa costumbre de los ismos se lleva a nivel de partido político.

Por ejemplo, el perredismo es notoriamente un socialismo, pero nunca se usa este calificativo para describir al PRD.

Igualmente el panismo tiene buenas dosis de liberalismo, pero padece una gran miedo a definirse así, por lo que prefiere llamarse panismo.

El priismo ha dado tantos bandazos ideológicos que es imposible de definir de otra manera que no sea hablando del presidente en turno.

Es decir, los movimientos políticos y los políticos mismos tienen un gran miedo a definirse políticamente. Por eso es que los gobernantes se definen con frases que hablan del interés nacional, de la soberanía, de todas las cosas que ocultan sus inclinaciones políticas reales.

Los hay socialistas que rehúsan a reconocerlo abiertamente, al igual que los hay liberales que lo ocultan.

Visto globalmente esto es un defecto importante de nuestro sistema democrático, pues coloca el énfasis en las personas y no en las instituciones.

Este personalismo político crea inestabilidad, imposibilidad de análisis político y, lo peor, la elevación de personas impreparadas a rangos de santidad política todo poderosa que se vuelven seres carismáticos soñadores de alocadas ideas de corta duración y escaso fundamento.

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