Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Peligro de la Cohorte
Eduardo García Gaspar
14 julio 2003
Sección: NEGOCIOS, Sección: Asuntos, Y FABULAS E HISTORIAS
Catalogado en:


Érase una vez tres ejecutivos, colocados todos en puestos de muy alta jerarquía y de los que dependían cientos de personas, incluso miles.

Entre los deberes de esos tres ejecutivos estaba la de hablar en público.

Los tres, con frecuencia, debían tomar el micrófono y dirigirse a decenas de personas, a cientos y más. Los tres se preocupaban por su desempeño cuando hablaban en público.

Por eso es que con frecuencia pedían opiniones a su gente. ¿Hablé bien? ¿Fue bueno mi mensaje?, preguntaban continuamente a sus subalternos y a personas que los habían escuchado en sus intervenciones.

Ansiaban los tres esa retroalimentación mostrando con ello preocupación. ¿No los aburrí? ¿Me pasé del tiempo adecuado? ¿Se entendió lo que quise decir?, continuaban preguntando a todos los que podían.

Y esos tres ejecutivos recibían siempre las mismas respuestas. “Hablaste muy bien, tocaste grandes conceptos, te vi muy bien, fue muy buen discurso, la gente estaba encantada, tu intervención fue de verdad buena, tienes dotes de orador.”

Éstas y otras respuestas aún más halagadoras recibían esos tres ejecutivos, con tal insistencia que llegaron a creerlas ciertas.

Después de cierto tiempo, los tres ejecutivos seguían haciendo las mismas preguntas, pero ya no para tener una retroalimentación sobre sus intervenciones públicas, sino para alimentar su ego propio.

Les fascinaba oír lo que sus subordinados contestaban, “te salió de verdad bien, cada vez tienes mejores conceptos, te vi en realidad muy seguro de ti mismo, tienes una gran presencia pública”.

Y así fue que esos tres ejecutivos nunca supieron la verdad, hasta donde yo supe. Nunca supieron que sus intervenciones eran en el mejor de los casos mediocres.

Uno de ellos jamás se enteró de que sus dotes de orador hacían el efecto de un Valium en la audiencia, que su tono de voz era un somnífero y que sus conceptos eran gastados y complejos.

Otro de ellos jamás supo que cometía “errores de ortografía” al hablar, ni que el sobre análisis de sus discursos los hacía carentes de contenido.

Al tercero de ellos nunca le dijeron la verdad y por eso no sabía que las improvisaciones que hacía eran contradictorias entre sí.

Ninguno de los tres estuvo enterado que eran malos hablando en público, ni supieron que sus subordinados les mentían siempre, intencionalmente.

Esta situación muestra una realidad que puede expresarse como una ley de las organizaciones: la tendencia del subalterno será siempre la de dar a su superior la información que éste quiere oír, no importa que ella sea falsa.

En otras palabras, conforme crece la jerarquía de la persona en una organización, ella va aislándose de la realidad.

Esto apoya la teoría de Barbara Tuchman, la historiadora: el poder corrompe, pero también idiotiza, aislando de la realidad a quien detenta puestos elevados. Sus subalternos se encargan de alejar a la realidad de su jefe lo que le hará tomar decisiones equivocadas. Esos tres ejecutivos creyeron ser lo que no eran, grandes oradores, inigualables conferencistas que embrujaban a audiencias con sus dones disertantes.

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