Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Entre Líneas
Eduardo García Gaspar
13 agosto 2003
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hace unos días, me sucedió algo extraordinario y que prueba eso de que en los más mínimos comentarios que hacemos las personas hay siempre (casi) alguna lección, si es que sabemos leer entre líneas.

Le voy a contar qué pasó. Como muchos matrimonios, mi mujer y yo solemos salir a cenar con amigos el fin de semana.

Un sábado, hace poco, salimos con otros dos matrimonios. Los dos son parejas con un alto sentido de responsabilidad religiosa, creyentes convencidos de la Iglesia Católica.

En medio de una muy amena conversación, uno de esos matrimonios dijo lo siguiente. Dijo que el jueves anterior habían ellos ido a una misa de difuntos, por una vecina que había muerto. Y, lo sorprendente, dijeron que habían oído un sermón muy bueno. ¡Y eso sí que es pasmoso!

Tiene usted allí a un matrimonio que lleva muchos años de casados, que oyen misa todas las semanas y que hace ese comentario, el cura dio una homilía buena.

Lo que obviamente entre líneas estaban diciendo era que los buenos sermones eran la excepción, cuando debían ser la regla. Digo, al menos eso es lo que uno espera, que los sermones de los padres sean uno de los puntos más memorables de las ceremonias religiosas.

La cena terminó, fuimos a mi casa a tomar la copa caminera y nos despedimos.

Casualidades de la vida que esa noche leyera, antes de acostarme, un libro de Karl Keating que hablaba de eso, de las homilías católicas y de lo malas que solían ser. Le aclaro que este autor americano es un católico, devoto, y autor de varios libros que le recomiendo ampliamente.

En fin, el asunto parecía quedar más o menos claro. Los sacerdotes católicos no tienen la cualidad de hacer homilías buenas.

Por mi parte, me había siempre dado la impresión de que los sermones de los curas americanos eran bastante mejores que los de los mexicanos, más breves y de mayor contenido. Keating, por el contrario, se quejaba de demasiada brevedad y de que sucumbían a lo políticamente correcto, que es el aprobar todo, de verdad todo.

Supuse que, por tanto, los sermones mexicanos eran aún peores que los americanos.

Partiendo de ese supuesto, uno se puede quedar en la simple queja y volverse un amargado que no está de acuerdo con esos sermones. Yo quisiera ir un paso más adelante y dar alguna sugerencia.

Creo que nuestros sacerdotes católicos, efectivamente, tienen una deplorable deficiencia para dar sermones que dejen huella en los feligreses. A esto añado otra realidad lamentable, la de la escasísima preparación de esos fieles católicos, quienes conocen muy poco de su religión.

Si juntamos esas dos realidades podremos tener una solución interesente.

¿Qué pasa si los curas cambian sus homilías y añaden a ellas una buena dosis de apologética? Me refiero a adicionar una cantidad de explicación del significado de las lecturas de cada misa, del real significado, y de herramientas que explican las razones de las creencias católicas.

Cuanto más se conoce y entiende de un tema hay más actitudes favorables hacia ese tema. En otras palabras, lo que digo es darle un giro a los sermones para convertirlos en real instrucción religiosa.

He visto a muchos católicos consultar horóscopos y adivinadores. Otros creen que la Inmaculada Concepción se refiere a la concepción de Jesucristo. Muchos tienen amuletos. Creen que la infalibilidad papal es falsa porque se refiere a todo lo que el Papa dice.

No saben qué contestar cuando otros cristianos les cuestionan sobre los santos como imágenes paganas. Muchos, en serio, no creen que exista los demonios.

Los sermones podrían ser una solución a esa ignorancia terrible si se les da un giro para convertirlos en herramientas de instrucción, cápsulas bien preparadas de enseñanza católica, con una sola idea clara en cada homilía.

La otra sugerencia, muy mía, es usar menos cantos dejando tiempos a esos impresionantes silencios católicos durante la misa, cuando uno puede hablar con Dios sin molestas melodías mal cantadas.

Pero, lo importante es eso, el aceptar de una vez por todas, que los buenos sermones son excepcionales, cuando debían ser la regla normal. Y solucionarlo.

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