Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Falta de Iniciativa
Eduardo García Gaspar
9 enero 2003
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
Catalogado en:


Quizá a usted le suceda lo mismo que a mí cuando escucho peticiones que son realmente extrañas si se analizan, pero que a fuerza de oírlas se han convertido en parte de nuestro paisaje político.

A muy pocos extraña ya el leer sobre peticiones de intervención gubernamental para proteger a la música autóctona, al cine nacional, al deporte mexicano, al arte popular, a lo que usted se le ocurra.

Un ejemplo de esto fue la petición formal hace varios años de que el gobierno federal interviniera para arreglar controversias en la selección mexicana de futbol. Es cierto.

Más aún, el presidente mexicano recibe abundante correspondencia en la que se solicita su intervención para arreglar asuntos familiares.

Todo esto tiene un común denominador que es escalofriante: en nuestras mentes prevalece la idea de que el gobierno es necesario para arreglar nuestros problemas.

Visto desde el otro lado, ese cuadro mental significa que somos una sociedad formada por personas más bien pasivas, de poca iniciativa y con escasa costumbre de arreglar por cuenta propia nuestros asuntos. Esto es grave porque lastima nuestras posibilidades de progreso.

El progreso es consecuencia de la suma de las iniciativas individuales de las personas y si existen pocas iniciativas, es natural que el progreso sea menor que en una situación contraria. No es difícil entender esto.

Si ése es el problema, un paso hacia su solución es el intentar investigar las razones de esa falta de iniciativa manifestadas en continuas peticiones de intervención gubernamental para solucionar problemas que podrían ser arreglados con iniciativas personales.

Pienso que una de esas razones tiene ya tiempo y ha producido generaciones de personas cuyo marco mental es ése, el de esperar la intervención gubernamental. Al menos desde los años 30 el sistema político mexicano ha sido uno de profunda intervención gubernamental.

Hemos sido para todo propósito práctico una nación dirigida por la autoridad con escasa intervención particular.

Eso crea hábitos arraigados en los ciudadanos, que se acostumbran a ir con la autoridad para pedir su intervención, no importa cuál sea el problema. Allí tiene usted el impuesto al cine de un peso por boleto para ejemplificar esa mentalidad de carencia de iniciativa.

La industria cinematográfica nacional tenía la posibilidad de suplicar a la autoridad la emisión de un impuesto, pero también tenía la posibilidad de arreglárselas por si misma y producir buenas películas que sean éxitos de taquilla.

Prefirió no valerse por sí misma y optó por la costumbre nacional de pedir la intervención gubernamental para arreglar sus problemas. Lo mismo va para toda industria, institución y persona que no tiene capacidad de autonomía personal y, como los niños pequeños, pide ayuda a su papá.

Otra de las razones de ese mal hábito de infante caprichoso, sin duda, es la existencia de lo que malamente llamamos intelectuales y que en su mayoría tienden a ser de hábitos igualmente dependientes de la autoridad.

Usted de seguro recuerda la pataleta que organizaron con el pretendido cobro de IVA a los libros, queriendo ser así parte de los hijos consentidos de la autoridad. Los escritos de esas personas fomentan la falta de iniciativa ciudadana.

Otra razón adicional de esta costumbre de dependencia gubernamental es que eso da más poder a los gobernantes. Los gobiernos, por diseño, suelen ser esponjas del poder. Cuanto más tengan es mejor.

Volvamos al ejemplo del impuesto al cine, el que le otorga poder al gobierno para decidir las películas producidas, para tener más dinero, para crear más puestos burocráticos.

Las autoridades viven en un mundo ideal cuando los ciudadanos piden su intervención, pues así se convierten en las estrellas de la sociedad y hacen más negocio.

Pero el mundo está cambiando y esa costumbre de dependencia debe cambiar y de hecho está cambiando en muchas personas que han entendido que depender de los gobiernos es causa de pobreza y debilidad de carácter.

Después de todo, si el progreso depende de las iniciativas personales, cuantas más de ellas tengamos, mejor viviremos. Es cuestión de tiempo para que las nuevas generaciones empiecen a actuar.

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