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¿Funciona la distribución de la riqueza? El remedio tradicional propuesto para resolver problemas de desigualdad es su redistribución. Pero antes de aplicarla conviene examinar esa política más de cerca. Podría ser que empeorara las cosas.

Introducción

Un tema de controversia, el de la distribución de la riqueza. Las desigualdades son una realidad y son percibidas problema serio.

Antes de intentar algo conviene examinar el remedio propuesto, funciona o no la distribución de la riqueza. Una idea de Mises ayudará a esta tarea.

Porque puede suceder que la distribución de la riqueza no resuelva el problema y se pierdan tiempo y oportunidades, o peor aún, que lo agrave. 

La idea de esta carta fue encontrada en la obra de Mises, Ludvig von, Liberalism in the classical tradition. New York. The foundation for economic education, chapter 1, «The foundations of liberal policy», n. 5, The inequality of wealth and income, pp 30-33.

Lo más criticado, la desigualdad

Inicia el autor esta sección de su obra afirmando que lo más criticado de nuestra sociedad es la desigualdad existente en la distribución del ingreso.

Se señala como un aspecto negativo la realidad de brechas de ingresos y riqueza entre pobres y ricos, entre muy pobres y muy ricos.

La solución a ese problema es algo muy sencillo de concluir al menos en apariencia. Debe procurarse una distribución igualitaria de la riqueza. Pero el asunto es si funciona la distribución de la riqueza o no.

Poco efecto de la distribución

Pero esa solución tan aparente, en realidad no funcionará. La objeción contra una política redistributiva de la riqueza es que ella sencillamente no tendrá un gran impacto.

La división total de la riqueza existente entre todas las personas no va a tener un efecto capaz de solucionar el problema de la desigualdad.

Si a cada persona se le da una parte igual del total de la riqueza, el efecto en su persona será insignificante. La razón de esto es que hay más pobres que ricos y al dividirse las fortunas el impacto neto en cada persona no será de consideración.

Aunque el cálculo anterior es correcto, dice Mises, hay más objeciones a la noción de la distribución de la riqueza.

Una distribución desigual propicia a crear riqueza

De hecho esta noción parte del supuesto de creer que la creación de la riqueza por repartir no ha dependido de la manera en la que ella está distribuida.

La riqueza creada no es un fenómeno natural ni tecnológico. Es un fenómeno producido por las instituciones sociales.

En otras palabras, la riqueza ha sido producida dependiendo de la posibilidad de una distribución desigual de ella. Existe una estrecha relación entre la creación de riqueza y su distribución no igualitaria.

Una distribución igualitaria de la riqueza no funciona para crear prosperidad.

El papel de los incentivos

Al argumento anterior, de carácter estático, de repartir la riqueza existente en un momento dado entre todos, ahora Mises añade un argumento dinámico.

Lo que se ha creado de riqueza hasta ahora está asociado causalmente con el incentivo personal de la mejora individual.

El nivel de riqueza producido existe porque eso estimula a las personas a producir todo lo que son capaces de hacer al costo más bajo posible.

Si se llegara a anular ese incentivo, la productividad se reduciría a niveles bajos. Tan bajos que la riqueza producida sin ese incentivo sería incluso inferior a la riqueza de los ahora pobres y ellos terminarían peor que antes.

El pobre estaría en una condición aún peor si se llegara a destruir el incentivo de producir.

Neto, todos viven mejor incluso en una situación de desigualdad que en una de distribución igualitaria; y todo se debe a ese incentivo personal. No, no funciona la distribución de la riqueza.

Los odiosos lujos de los ricos

A continuación, Mises introduce un concepto de controversia segura: el lujo de los ricos, dice, es de beneficio para todos.

Sí, el consumo y adquisición de los lujos de los millonarios es en realidad algo de ayuda para toda la sociedad, incluso para los que no tienen acceso a esos lujos.

Dice el autor que se han escrito muchas cosas tontas acerca del consumo de lujo de los ricos. Se ha criticado severamente como injusta la situación en la que se ve cómo unos gozan situaciones de abundancia y lujo, mientras otros no pueden satisfacer plenamente sus necesidades.

Este es un punto válido, pero solo en apariencia, pues puede demostrarse que el consumo de artículos de lujo tiene una función de beneficio en el sistema social de colaboración.

Desde luego, dice, la defensa de los artículos de lujo no es la del argumento común, que afirma que ese gasto en bienes de lujo produce una distribución del ingreso, pues gracias a esos gastos los pobres tienen ingresos.

Este razonamiento no es válido, pues si los ricos no adquieren esos lujos, el capital y el trabajo destinado a producirlos simplemente se usarían para producir otros bienes no de lujo.

Lujos relativos

Lo que se necesita es entender correctamente la naturaleza del lujo para comprender sus efectos positivos. Y lo primero que hay que hacer es reconocer que el lujo es una idea relativa.

Concretamente, el lujo en el nivel de vida de algunas personas es solo una diferencia drástica en su consumo relativo al resto de sus contemporáneos.

Es decir, el lujo es relativo al tiempo. Lo que ayer era un lujo hoy es parte de la vida normal. Algo que no se percibe en la visión estática de la desigualdad.

Este es un argumento dinámico también, necesario de considerar para responder a si funciona o no la distribución de la riqueza.

Por ejemplo, hace dos o tres generaciones, un baño dentro de la casa era un lujo (la obra fue escrita originalmente en 1927). Igualmente hace treinta y cinco años no había automóviles y hace veinte poseer uno era un símbolo de vida placentera y lujosa.

Lo que hoy es un lujo mañana es una necesidad. Cada uno de los avances de la industria son primero el lujo de los ricos para tornarse tiempo después en necesidades indispensables que todos dan por descontadas.

Hay un proceso de difusión dinámica, pues lo que antes era un consumo selecto, es ahora un consumo más distribuido gracias al incentivo de producir innovaciones que inicialmente son opulencia y lujo.

Ese consumo de lujo es eso, un incentivo, un estímulo que tiene la industria para realizar innovaciones y mejorar sus productos. La economía es dinámica, las innovaciones mejoran el nivel de vida de todos.

La gran parte de las personas ven con desprecio al individuo rico, ocioso, de vida placentera y que no necesita trabajar para vivir rodeado de lujo. Pero este ser, dice Mises, juega un papel en la sociedad.

Las ansias de lujo de esa persona aviva en los demás la ideas de nuevas necesidades mejor satisfechas y así la industria tiene un incentivo para satisfacerlas, lo que es de beneficio para todos.

¿Funciona o no la distribución de la riqueza?

Al final, lo que esta idea de Mises deja es la noción de entender primero correctamente el proceso de creación de riqueza, así como de conocer los efectos colaterales de una política neta de distribución de la riqueza, antes de solucionar la desigualdad.

Ese remedio tan simple y atractivo en la superficie bien puede conducir a situaciones mucho peores a ésa que pretende remediar. No, no funciona.

[La columna fue actualizada en 2019-08]