Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Impuestos y Esclavitud
Eduardo García Gaspar
15 octubre 2003
Sección: Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Seamos prácticos. Los costos de todo, cuanto más bajos sean, mejor. Esto opera a nivel personal, cuando lo que compramos para nuestro consumo tiene precios bajos.

De dos tomates iguales, es mejor el que tiene precio más reducido. Y esto también funciona para las empresas, de dos proveedores de maquinaria es mejor el que ofrece el menor precio cuando ambas condiciones son similares.

De allí es posible deducir algo muy racional. Cuanto más bajos sean los impuestos mejor, pues los impuestos son un costo también: el costo de tener policía, tribunales, legisladores, embajadas y otros servicios más cuyo proveedor es el gobierno.

Esto viene muy a cuento en estos momentos en los que se habla de una reforma fiscal para llevar más dinero al gobierno.

Me parece que el principio es innegable. Cuanto más bajo sea el precio de lo que usamos, mejor viviremos. Y ya que los impuestos son un costo, es lógico que aplique la misma idea. Cuanto más bajos sean mejor. Pero, hay algo que hace a los impuestos un costo de naturaleza especial.

Los impuestos no son voluntarios. Usted compra, si quiere, una lata de Tecate. Si no quiere, no la compra y ya. Pero no se puede evitar el pago de impuestos y si acaso usted no los paga va a estar en violación de la ley. Esto produce una situación de gran impacto, pues el cobrador de impuestos no va a tener un incentivo de peso para reducirlos.

Los que producen Tecate sí tienen ese incentivo para así vender más, pero no el gobierno que “vende” sus servicios por la fuerza.

Por simple sentido común, es lógico que los impuestos sean más elevados de lo que pudieran ser, ya que no existe competencia de servicios de gobierno. Sin competencia y sin incentivos de eficiencia para trabajar, los gobiernos no tienen las preocupaciones normales del empresario que sí enfrenta competencia y no puede vender usando la coerción.

Es decir, los que pagamos impuestos somos en realidad esclavos del gobierno, el que nos fuerza a trabajar para él durante varios meses al año. Si la tasa de impuesto es de 30 por ciento, eso significa que trabajamos para la autoridad 75 días de los 250 días laborales del año.

Sin embargo, el costo de los impuestos no es nada más la tasa que se paga, sino también el tiempo dedicado a pagarlos, o sea, el número de horas dedicado a calcular, entender, llenar formas y pagarlos, más aclaraciones y demás.

Este tiempo es una función de la simplicidad de las leyes fiscales y ya que ellas han sido reconocidas como complejas, debemos suponer que ese costo es sustancial. Pongamos todo esto en perspectiva.

Es conocimiento público que la reforma fiscal de la que se habla persigue elevar el monto recaudado de impuestos pues la autoridad carece de fondos suficientes para mantener su nivel de gasto. ¡Gulp¡ Si esto me pasara a mí, no podría salir a la calle y obligar a otros a fuerza de pistola a darme dinero, pero la autoridad lo puede hacer.

A lo que voy es a algo muy sencillo. Si a la autoridad no le alcanza lo que tiene ahora de dinero, existe otro camino adicional al de cobrar más impuestos, que es el de gastar menos. Es decir, ser más eficiente. P

uede cancelar programas que no producen resultados, puede despedir gente innecesaria, puede disminuir el número de edificios que ocupa, puede suprimir lo que no es prioritario, puede evitar las duplicidades, puede disminuir el número de diputados, de trámites.

Puede hacer muchas cosas que las empresas hacen para elevar eficiencia y bajar gastos. Pedirle eso a la autoridad no es algo que no hayan hecho otros más antes.

Y que no salgan con esa tontería de que el estándar internacional de cobro fiscal es no se qué porcentaje del PIB, porque eso no significa nada, ya que el mejor impuesto que se tiene es el más bajo. La comparación debería ser contra los países con los menores impuestos.

En esta segunda opinión digo que debemos ver que los impuestos mejores son los más bajos y que el objetivo de la reforma fiscal debe ser, en primer lugar, reducir los costos del gobierno mexicano antes que preocuparse por cómo cobrar más.

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