Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
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Eduardo García Gaspar
11 diciembre 2003
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
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Me di cuenta de lo que estaba yo haciendo, cuando vi a un joven tomar un libro y hojearlo con avidez.

Era una obra que proponía la teoría de que la Biblia contiene secretos dentro de sus textos, claves ocultas con mensajes esotéricos que pueden descifrarse con las técnicas utilizadas por el autor del libro.

Lo que ese joven hizo fue algo que muestra una natural tendencia de los humanos, nuestra inclinación por lo secreto, nuestra tendencia a ir primero hacia lo más descabellado e increíble antes que acudir a las interpretaciones más lógicas y menos espectaculares.

Eso mismo me ha sucedido en mis clases cuando al principio del curso pregunto por los últimos libros que los alumnos hayan leído.

Algunos de ellos nombran libros como cualquier otro, pero siempre hay varios que mencionan algunas obras que proponen tesis descabelladas.

Por ejemplo, la existencia de seres extraterrestres que están colocados en posiciones claves de gobiernos de los principales países, o que narran los descubrimientos de manuscritos secretos que han querido ser ocultados por alguna iglesia, o por algún gobierno.

El Protocolo de los Sabios de Sión es quizá el más famoso de esos documentos, falsos, que han sido tomados como descubrimiento supuesto de algún complot internacional.

En fin, mi punto hasta aquí es que los humanos tenemos ese fuerte atractivo hacia eso que consideramos oculto, prohibido y fantástico… antes que lo natural, lógico y racional. Es algo aparentemente natural que nos atraiga más lo fantasioso y secreto que lo abierto y lógico.

Por eso es que ahora hay más gente dispuesta a leer un libro sobre los mensajes escondidos que tiene la Biblia, a gente que realmente lea el original sin otra intención que ver qué es lo que dice y sin imaginar otra cosa que la historia de un pueblo y el mensaje de Dios.

Lo malo de esto es que entonces sucede un fenómeno odioso: estamos dispuestos a jurar que existe algo secreto en áreas que no conocemos. Un caso concreto es el siguiente.

Un alumno mío dice que existe un manuscrito oculto que niega la muerte de Jesucristo y asevera eso con total seguridad porque lo leyó en un libro revelador.

Lo hace confesando que no ha leído ningún otro libro al respecto, por ejemplo la Biblia misma, o cualquier otra obra de historia. Estamos, por tanto, frente a una situación interesante.

Creemos lo más jalado de los pelos y peregrino, pero dudamos de lo más conocido, probado y aceptado.

Otro ejemplo de esto es lo de las inversiones extranjeras de países desarrollados.

Es común creer que la mayoría de ellas se hacen en países pobres, cuanto más pobres mejor, para explotarlos. La verdad es otra, pues la mayoría de esas inversiones se hacen en otros países desarrollados. Los países pobres obtienen muy poca inversión extranjera.

En fin, insisto, estamos más dispuestos a creer que en las pirámides de Egipto hay una clave secreta que pronostica los hechos de la actualidad que a leer un libro histórico sobre las pirámides.

Estamos más inclinados a estar informados sobre un complot de los norteamericanos para desviar huracanes a su territorio, que leer libros técnicos sobre el clima.

Igualmente, creemos más las noticias alarmistas sobre el calentamiento de la tierra que los reportes científicos que describen técnicamente la falta de evidencia al respecto.

Por eso, decidí hacer una cosa que comparto con usted. Decidí hacer lo inusual y tomar clases de Catecismo Católico.

Primero porque quiero tener información sobre la cuestión más importante que existe, que es la vida siguiente; y no quiero tomar esa decisión con otra información que no sea la original.

Segundo, porque solamente yendo a lo original puedo estar seguro de lo que la Iglesia dice, sin hacer caso de algún loco que diga que hay secreto ocultos entre las letras de la Biblia.

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