Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Opción Violenta
Eduardo García Gaspar
2 febrero 2003
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Partamos de una realidad. Existen en México grupos de personas que han optado por la vía de la violencia para demostrar sus posiciones políticas.

Si bien no son grupos importantes en términos de números, su impacto puede ser grande al creer ellos que pueden usar legítimamente la fuerza.

La guerrilla, es decir, los movimientos clandestinos armados son la muestra más clara de esto. En política es posible participar de muy diversas maneras.

Por ejemplo, usted puede ser miembro de un partido político y por medio de él involucrarse en este terreno. Igualmente, usted puede ser miembro de alguna organización social, o bien puede participar en medios noticiosos, o lo que usted quiera hacer.

Dentro de esas opciones de posibles acciones, usted puede unirse a movimientos armados clandestinos que se sustentan en el posible uso de las armas. Visto de manera amplia, por tanto, pueden verse dos grandes maneras de participar en la vida política de un país.

Una de esas maneras en la vía institucional. La otra es la vía de la violencia. México es ahora un buen ejemplo de esto.

La grandísima mayoría de las personas que participan en política lo están haciendo por la vía institucional, con las cámaras legislativas como la muestra más visible. Mal, pero allí andan funcionando, sin necesidad de acudir a la violencia, ni a levantamientos armados, ni a máscaras.

Pero al mismo tiempo, existen esos grupos armados, clandestinos y violentos que han tomado la decisión de no participar en esa política institucional, abierta, criticable, llena de defectos, con errores.

Estos grupos, en este sentido, son reales cobardes, miedosos de entrar al juego de la legalidad, donde hay reglas y debe negociarse. La otra faceta de la posición de los movimientos clandestinos es aún peor. No sólo son cobardes, sino también son autoritarios.

Cuando un guerrillero no acepta las reglas de la democracia y se rebela contra ella, lo que está él diciendo es que sólo las reglas de él tiene cuentan. El guerrillero no quiere negociar con nadie, no quiere respetar las leyes. Todo lo que desea es imponer su voluntad.

Sin duda alguna, el guerrillero es un dictador sediento de poder, miedoso de perder si se aplican las reglas de la democracia.

Esto es muy patente en los documentos neozapatistas, por ejemplo, en los que ese movimiento declara la guerra al gobierno de México y no acepta entrar como fuerza política dentro de la democracia. Ésta es una ambivalencia extraña: cobardía para aceptar ser una fuerza política que debe convencer al electorado e inclinación al uso de la fuerza para tomar el poder y hacer su voluntad.

La conclusión es sencilla: la guerrilla es una fuerza política totalitaria que tiene como objetivo establecer un gobierno no democrático… como Castro en Cuba.

Dadas esas características totalitarias y cobardes de la guerrilla, resulta lógico que haga cosas para disfrazarse. Siempre va a enarbolar causas populares y a tomar el papel del defensor de los más pobres y miserables, lo que le traerá las simpatías de muchos impreparados, especialmente algunos intelectuales locales e internacionales.

Va a hablar mucho y complejamente, con más romanticismo que lógica, para que cada quien entienda lo que quiera entender en ese discurso.

Y, desde luego, jamás aceptará entrar a la vida política legal del país donde se encuentra. Esa legalidad significaría el riesgo de perder. El guerrillero no quiere perder, por eso tiene armas, por eso no quiere elecciones, ni convertirse en un partido político, ni sentarse a negociar leyes y reformas.

Todo lo que quiere es imponer su voluntad por la fuerza a todos, aunque no estén de acuerdo. Toda fuerza guerrillera en un país como México no es nada más allá que un grupo armado de cobardes, con sed de poder, que se niegan a aceptar las reglas de la civilización y el progreso.

El peor de los partidos políticos es ampliamente preferible a la mejor de las guerrillas, precisamente por eso: por ser esos partidos más valientes, por ser más arriesgados, por ser más civilizados, por aceptar que pueden perder en las elecciones, por renunciar a la violencia. Una guerrilla en México, ahora, es el berrinche violento de los incapaces.

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