Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Nos Falta Una Pata
Eduardo García Gaspar
12 febrero 2003
Sección: NACIONALISMO, Sección: Una Segunda Opinión
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Quiero relatarle un par de sucesos. Primero, la conversación con una persona no hace mucho, en la que esa persona expresaba, con gran pasión, su fuerte rencor hacia todo lo que fuese español dado el dominio de esa nación en la Nueva España.

Segundo, el relato de una profesora quien me narró el conflicto de unos estudiantes mexicanos con estudiantes de intercambio, españoles, a quienes insultaron acusándolos de saqueadores causantes de la pobreza mexicana.

Esos sucesos me recuerdan siempre el cuento del cristiano que había vivido muchos años con un judío como vecino. Había relaciones cordiales entre ambos, pero un día el cristiano entró a la casa del judío y lo agarró a golpes hasta que llegó la policía.

Interrogado sobre su extraña conducta, el cristiano respondió, “Pues lo golpeé porque me acabo de enterar que fueron los judíos quienes crucificaron a Nuestro Señor”.

Me parece razonable aceptar que una parte de nuestro nacionalismo es ese rencor hacia lo español. Según he leído, el asunto inició hacia el final de la época colonial, cuando los criollos crearon la idea de una nación mexicana espléndida previa a la conquista y resaltaron sus grandes logros en oposición a la nación que los dominaba.

La oposición entre lo mexicano y lo español nació así como idea que sirvió para definir a México y se volvió una noción que se ha mantenido desde la independencia.

No era una exaltación del indígena actual, sino una fogosidad entusiasta acerca de la civilización del pasado indígena. La idea llegó para quedarse y creo que fue alimentada importantemente después de la revolución, en una educación primaria que era más propaganda que instrucción: los indios eran los buenos y los españoles eran los malos.

Así de simplista y absurda era la historia mexicana que se enseñaba, no diferente a una película de vaqueros al estilo americano. No había análisis, no había evaluaciones, no había profundidad.

Hidalgo era Superman y Calleja era Lex Luthor. La razón de este simplismo tan infantil fue el crear un sentido de patriotismo, al que mucho ayuda el encontrar un enemigo. Es más sencillo identificarse a uno mismo cuando existe un adversario.

Pocas veces se trataron las contradicciones y paradojas que ese odio a lo español acarreaba, porque, después de todo, esa historia antiespañola se narraba en idioma español, era escrita por autores con nombres españoles y de daba una nación en la que la inmensa mayoría es católica.

Y aunque muchos de los nombres de las ciudades y pueblos tienen origen indio, ellos habían sido castellanizados o eran nombres totalmente españoles.

Tratar este tema en una segunda opinión tiene importancia porque ayuda a encontrar lo es un rasgo nacional que explica en parte nuestra impotencia para crecer. Me refiero a lo que quizá sea una obsesión mexicana, la de mirar hacia el pasado y distraer la atención hacia el futuro.

Cuando una comunidad pone más atención en su historia y esa historia condiciona fuertemente su conducta presente, el futuro deja de ser importante y ella se condena a vivir de acuerdo a lo sucedido hace decenas de años. Esto me recuerda las tomas de decisiones que se hacen en los negocios.

Una buena decisión es la que está orientada hacia el futuro y deja de considerar los costos pasados sobre los que no puede hacerse nada para corregirlos.

Esos costos son lo que se llama costos hundidos, imposibles de cambiar porque pertenecen al pasado e incorporarlos a las decisiones presentes conduce a errores.

En otras palabras, lo pasado es digno de conocerse, pero la visión debe estar puesta en el futuro. Peor aún, al estar renegando de lo español de hecho estamos negando parte de nuestra historia real y estamos inventando un mito.

Somos en verdad una nación producto de culturas locales y culturas extranjeras, dentro de las que la española es sin duda la principal.

Cuando negamos esa parte de nuestros orígenes estamos quitando una de las patas de la mesa que sostiene a lo mexicano, y es una mesa con dos patas nada más.

Tengo la impresión, finalmente, que en las nuevas generaciones este rencor a una parte de nuestros orígenes está desapareciendo lentamente. Y eso es positivo, pues acabaremos eventualmente colocando esa pata bajo la mesa.

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