Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Patos y Alcohol
Eduardo García Gaspar
14 febrero 2003
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
Catalogado en:


Un grupo de amigos cazadores se reúne, muy temprano cierto día, para salir y cazar patos.

Los cinco amigos llevan todas las vituallas imaginables para tal ocasión, incluyendo varias botellas de whiskey que uno de ellos usa como tarjeta de crédito (es decir, nunca sale de casa sin ellas).

Llegando al lugar más estratégico, todos los amigos se colocan en las posiciones que juzgan mejores, momento en el que nuestro personaje ya ha consumido casi media botella. El tiempo pasa pero ningún pato hay a la vista.

La botella baja de nivel y estando casi vacía, se oye un grito avisando de la presencia de las ansiadas presas. La desilusión es grande, pues se trata de un solo pato, solitario y aislado, que vuela hacia el sur en un desesperado intento de encontrar otros patos.

Algo desesperanzados, los amigos disparan al solitario pato, uno por uno. Ninguno de ellos lo alcanza con su tiro. Sin embargo, el último en tirar es nuestro personaje, quien bebe el último trago de whiskey, toma su escopeta, dispara y mata al pato.

La alegría invade a los amigos, quienes viendo el estado en el que su amigo se encuentra lo interrogan acerca de su técnica para matar al pato.

Abriendo la segunda botella, él contesta en una voz entrecortada, “Pues no tiene ningún truco. Cuando se tiene una parvada de patos de tal tamaño y tan numerosa todo lo que hay que hacer es tirar al centro de la parvada y alguno de ellos va a caer”.

La historia ilustra el papel que las bebidas fuertes juegan en nuestra vida. Sin duda, lo primero que tenemos que reconocer es que ellas son parte de nuestra cultura, lo que significa que prohibirlas va a acarrear más males que bienes.

¿Puede existir una buena comida sin un buen vino? Sí, pero el vino la hace más apetecible y amable. ¿Puede tenerse una apetitosa plática con los amigos sin bebidas? También, pero unas cerveza la hacen aún más sabrosa.

No hay en las bebidas fuertes nada intrínsecamente malo. Esas bebidas son buenas amigas, pero muy malas consejeras. No hay que hacerles caso cuando nos sugieren hacer cosas que no haríamos sin ellas. Quizá eso sea todo lo que debe hacerse para enfrentar a las bebidas.

Como lo hicieron esos dos jóvenes adolescentes que entraron al Museo de Arte Moderno después de haber tomado unos tragos en un bar cercano. Queriendo acercarse al arte, ellos comenzaron su visita en el salón en el que se exhibían las tendencias más modernas de la pintura actual.

Vestidos de mezclilla, camisetas y sandalias, ellos contrastaban con el resto de los visitantes intelectuales vestidos de manera radicalmente distinta.

Después de ver la segunda pintura, uno de ellos le susurra al otro lo siguiente, “Oye, se me hace que mejor nos vamos de aquí, no sea que nos acusen de haber rociado con pintura spray todos estos cuadros que deben valer una fortuna para que los tengan aquí”.

Sí, a pesar de los tragos, ellos actuaron con el mayor de los sentidos comunes.

Lo que trae a colación otra consideración acerca de los tragos fuertes, concretamente de los vinos. Se ha dicho que los vinos tintos son para la carne y que los vinos blancos son para el pescado (lo que deja al pollo en un campo de indefinición). No haga caso de eso, beba el vino que le guste con el platillo que le guste y se acabó el asunto.

Desde luego, los vinos de sabor más fuerte van con los platos que también tienen sabores marcados, pero puede tomar un vino blanco enérgico, que los hay. Igual que hay vinos tintos muy suaves. En pocas palabras, beba, si lo desea hacer, haciéndole caso a su paladar y no a lo que le otros dicen.

Pero sea claro en el tipo de vino que pide, no le vaya a suceder lo que cuentan del tipo que fue a una fiesta que su vecino organizaba.

Una vez allí, la señora de la casa muy amablemente le preguntó qué tipo de vino deseaba, si blanco o rojo. Él dijo que prefería el rojo y a continuación la señora le gritó a su hija, “Oye, m’hijita, ve a la alacena y trae por favor la botella del vino de frambuesa que trajimos ayer”.

Sea lo que sea, la vida nos ofrece gratos placeres y uno de ellos es el de las bebidas fuertes. Allí están para nuestro deleite y para tratarlas como buenas amigas, divertidas y amenas, pero entendiendo que son muy malas consejeras.

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