Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Poco Que Festejar
Eduardo García Gaspar
19 febrero 2003
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El día cinco de este mes pasó más con pena que con gloria el festejo de la Constitución Mexicana, un documento extenso, contradictorio y violado, cuyo mayor efecto parece ser el causar un día de vacaciones.

Hay en esa ley, por ejemplo, algo que es de colección y que desafortunadamente no es la excepción.

Me refiero al artículo 28, el que habla y habla de los monopolios. Desde su entrada, él afirma que en México

“quedan prohibidos los monopolios, las prácticas monopólicas, los estancos y las exenciones de impuestos en los términos y condiciones que fijan las leyes”

y que por eso

“la ley castigará severamente, y las autoridades perseguirán con eficacia, toda concentración o acaparamiento en una o pocas manos de artículos de consumo necesario y que tengan por objeto obtener el alza de los precios; todo acuerdo, procedimiento o combinación de los productores, industriales, comerciantes o empresarios de servicios, que de cualquier manera hagan, para evitar la libre concurrencia o la competencia entre si y obligar a los consumidores a pagar precios exagerados”.

De acuerdo con esto, nos quedamos con la idea de que en México los monopolios son algo prohibido en serio, que no hay excepciones, que el asunto es grave y que va a merecer la intervención de la ley.

Pero no, poco después, la Constitución añade que

“No constituirán monopolios las funciones que el Estado ejerza de manera exclusiva en las siguientes áreas estratégicas: correos, telégrafos y radiotelegrafía; petróleo y los demás hidrocarburos; petroquímica básica; minerales radioactivos y generación de energía nuclear; electricidad y las actividades que expresamente señalen las leyes que expida el Congreso de la Unión. La comunicación vía satélite y los ferrocarriles son áreas prioritarias para el desarrollo nacional en los términos del artículo 25 de esta Constitución; el Estado al ejercer en ellas su rectoría, protegerá la seguridad y la soberanía de la Nación, y al otorgar concesiones o permisos mantendrá o establecerá el dominio de las respectivas vías de comunicación de acuerdo con las leyes de la materia”.

¿Por fin en qué quedamos? Un monopolio es un monopolio no importa quién sea el propietario, pero la ley suprema nos dice que no, que el gobierno es la excepción a ese principio que hace obligatorio para los ciudadanos.

Los ciudadanos no pueden tener monopolios, pero sí los puede tener el gobierno.

Creo que eso se llama asimetría, que significa desigualdad en una de las partes: el gobierno no está sujeto a las leyes que obligan al resto.

Esta desigualdad es clara en otra parte de ese mismo artículo que afirma que las leyes del país

“fijarán bases para que se señalen precios máximos a los artículos, materias o productos que se consideren necesarios para la economía nacional o el consumo popular, así como para imponer modalidades a la organización de la distribución de esos artículos, materias o productos, a fin de evitar que intermediaciones innecesarias o excesivas provoquen insuficiencia en el abasto, así como el alza de precios. La ley protegerá a los consumidores y propiciará su organización para el mejor cuidado de sus intereses.”

La conclusión es diáfana, el gobierno cree estar por encima de los ciudadanos y saber más que ellos. Esta posición de soberbia real hace de lado al talento de los ciudadanos para organizarse y decidir por sí mismos.

Este texto de la ley es tan bobo que en la realidad se viola, por ejemplo, con los servicios privados de mensajería, sin que nadie diga nada. Necesitamos una nueva constitución y de eso existen pocas dudas, pero el punto no es tanto ése como el de la capacidad de los legisladores para hacerla.

Mucho me temo que el gobierno que se cree tan inteligente como para ser la excepción de la ley, carece al menos ahora del talento para hacer una nueva constitución, lo que hace a la actual preferible al engendro que saldría de los actuales legisladores.

Lo único que queda de bueno es ese día de asueto para festejar lo infestejable.

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