grandes ideas

Programas sociales que sí tienen resultados, que si ayudan a los pobres. Criticar a los programas que no funcionan es una ayuda para corregir defectos y fallas. Y su falla central es suponer que los pobres son todos iguales.

Tratar el tema de la pobreza y la miseria es en extremo sensible, especialmente cuando se critica a los programas sociales que persiguen ayudar a los pobres pero que no tienen resultados. La emoción puede obstaculizar a la objetividad. Este es el problema de entrada de esta carta.

Pero si se logra pensar que la pobreza es un problema tan grave que debe ser examinado con profundidad y que la crítica a los programas de ayuda social no significa desatender a los pobres. De hecho es todo lo contrario.

La idea de esta carta fue tomada del libro de Murray, Charles A., Losing ground : american social policy, 1950-1980, New York. BasicBooks, chapter 14, «The Destruction of the Status Rewards», pp 178-191.

Punto de partida

Este libro, en buena parte, se dedica a mostrar con datos los efectos de programas de ayuda social en los EEUU durante ese período. Y esos programas no salen bien librados, sus buenas intenciones en realidad tuvieron efectos contraproducentes.

Una parte de la explicación de esa paradoja se encuentra en el capítulo 14, que es el revisado aquí.

Si el lector tiene especial interés en el tema, esta obra es una lectura obligada por la profundidad de sus datos y lo razonable de sus conclusiones.

Quizá en pocas palabras pueda decirse que lo que Murray demuestra es que los programas sociales de ayuda a los pobres no pueden basarse únicamente en sus buenas intenciones y en sus cada vez mayores presupuestos.

Es necesario estudiar sus efectos colaterales, es decir, no cometer errores estratégicos. Saber lo que ha fallado en los programas sociales que no tienen buenos resultados.

Aunque sus datos se refieren a los EEUU, la esencia de sus conclusiones es universal.

Posición personal y dinero

Comienza el autor este capítulo de su libro diciendo que el dinero y el estatus son los premios personales más importantes que influyen en la conducta de las personas.

Y de hecho el dinero es usado para adquirir estatus. Una consideración que deben tener los programas sociales que sí dan resultados.

El estatus, más aún, es un incentivo a la ambición y además, es una recompensa a la conducta correcta, como quiera que ella sea definida dentro de la comunidad.

No todas las personas son inteligentes, ni bellas, pero en la sociedad todas pueden tener alguna posición personal. Es decir, una manera de diferenciarse del resto y de sobresalir.

Quienes están abajo en la escala social pueden verse subiendo en ella, o bien los padres pueden gozar con el éxito de sus hijos. Todos en la sociedad pueden tener estatus diferentes, incluso dentro de las clases de bajos ingresos existen diferencias de posición personal.

Todos buscan posiciones personales propias

Estas consideraciones sirven al autor para introducir su idea central y sobre la que luego borda. Hay diferencias de estatus en todas las clases sociales. Los pobres no son todos iguales y no reconocer esto crea programas sociales que no tienen resultados

Hay diferencias de estatus dentro del segmento de personas de grandes ingresos y dentro de todos los demás segmentos. Dentro de barrios pobres hay diferencias en el estatus de sus habitantes, al igual que dentro de las zonas de las clases medias y de las personas de altos ingresos.

Pero, afirma Murray, los programas de ayuda social establecidos en los EEUU, en ese tiempo, tuvieron un efecto sobre el estatus entre los pobres.

Específicamente, a los pobres se les quitó el estatus de mérito de ser familias independientes, aunque de bajo ingreso, y se les retiró el mérito a las acciones y conductas que los motivaban a salir de la pobreza. Esto tuvo efectos terribles en esas comunidades.

Como consecuencia de los programas que pretendían ayudar a los pobres se terminó quitándoles las motivaciones de mérito en las conductas personales que los podían sacar de su condición.

Los pobres no son todos iguales

Comienza pues la gran idea de Murray a emerger. Los pobres no son diferentes de los no pobres. Los pobres no son una clase social de personas todas iguales.

Hay pobres que han perdido su patrimonio, pero que conservan su buena educación y sus modales. Pero también hay pobres que son vagabundos, incapaces de trabajar.

Igualmente, hay emigrantes pobres, que han llegado sin riqueza a una nación. O bien hay campesinos, trabajadores, con ingresos bajos.

Entre ellos hay diferencias de méritos que se originan partiendo de la base de que las personas son responsables de sus actos y de cuidar a sus familias.  Hay personas de bajos ingresos que son responsables en este sentido y personas que no lo son.

No puede tipificarse dentro de la misma categoría a la persona trabajadora que tiene ingresos bajos y a la persona buena para nada que no trabaja voluntariamente y que también tiene ingresos bajos. Hay personas de ingresos bajos que son dignas. La dignidad no es privilegio del rico.

Este es el centro de esta idea de Murray. No pueden tratarse por igual al jefe de familia que se desvela por el bienestar de sus hijos y al desobligado que los golpea, aunque ambos sean pobres.

Y este es el error de estrategia de los programas sociales que ayudan a los pobres sin dar resultados.

«La culpa es del sistema»

Si se acepta esa noción de la existencia de personas con méritos y sin méritos dentro de una misma categoría de personas de bajos ingresos, se comprende que la introducción de la idea de la pobreza como culpa del sistema social. Eso erosiona las diferencias de méritos personales.

Si se cree que la pobreza no es una cuestión de responsabilidad y mérito personal, sino una cuestión estructural del sistema, muere la idea de la persona que tiene orgullo de sostenerse a sí misma.

El irresponsable y bueno para nada ha sido hecho equivalente a la persona trabajadora y responsable. La idea del merecimiento y del esfuerzo personal ha sido aniquilada.

Desaparece la responsabilidad

Antes se pensaba que recibir caridad era un estigma y una causa de vergüenza, pero gracias a la idea de que la pobreza es causada por el sistema, se fomenta la idea de que se tiene derecho a recibir ayuda de otros y que tener conductas meritorias ya no es una obligación personal.

Si el sistema tiene la culpa de la pobreza, muere la idea de que hay pobres con méritos y pobres sin méritos.

El mérito y la culpa son dos lados de la misma moneda, dice el autor. Si se reconocen méritos en una persona, debido a su trabajo y a sus esfuerzos, es lógico que en otras personas se puedan suponer conductas negativas, carentes de provecho y merecimiento.

Pero los programas sociales no dieron resultados porque no reconocieron eso. Tomaron la ruta más fácil, la de tratar a todos los pobres por igual, tuvieran o no conductas responsables.

Los pobres estandarizados, homogeneizados

Esta es la gran idea de Murray, la de que los pobres fueron homogeneizados por medio de los programas de ayuda social.

Pero no fueron así homogeneizadas ni la clase media, ni la clase de ingresos altos. En ellas siguieron existiendo distinciones de méritos diferentes, honestos, cultos, esforzados, perezosos. A los pobres, en cambio, se les clasificó como todos iguales.

Si todos los pobres son víctimas involuntarias del sistema social o económico, resulta natural pensar que el hecho de recibir ayuda no debe acarrear un estigma social.

Si no hay responsabilidad, el reclamo aparece

Antes, los pobres mismos podían vanagloriarse de tener dignidad y de no recibir caridad. Pero cuando la culpa de la pobreza no es personal, esa ayuda no solamente no es mala, sino que es un derecho que debe reclamarse.

Quienes tienen ingresos bajos siempre han protestado su condición. Antes sus reclamos eran los de no querer caridad sino empleo, pero ahora han cambiado los planos. Se ha provocado que ellos reclamen ayuda vitalicia como un derecho propio que es una obligación en el resto.

Pensar así es actuar creyendo que todos los pobres merecen ayuda, sin importar las distinciones de merecimiento entre ellos. Y esto significa que no hay manera razonable de retirar la ayuda a nadie, aunque esa persona la desperdicie.

La cuestión empeora cuando muchos de los programas sociales requieren por diseño que sus beneficiarios sean personas fracasadas con falta de méritos, como los desempleados crónicos.

Los programas de ayuda podían haberse dirigido a los pobres con merecimientos, como a los estudiantes con potencial probado y esforzados. Eso implicaba elitismo, una noción aberrante para los proponentes de programas sociales, pues niega su idea de que los pobres son todos iguales.

De hecho, muchos programas fueron dirigidos a los pobres con menos méritos personales. Los menos esforzados recibieron más ayuda.

Por ejemplo, en las escuelas, donde se hizo hasta lo imposible para evitar distinguir a los mejores alumnos de los malos. Se redujeron estándares de educación para ayudar a los malos estudiantes, lo que perjudicó a los estudiantes mejores.

Programas sociales con resultados

Es de sentido común pensar que los programas de ayuda social están diseñados para asistir a las personas de bajos ingresos a que salgan de su condición.

Y eso, necesariamente, obliga a reconocer diferencias de méritos entre las personas. No todos los pobres son iguales.

Si se recibe ayuda social se tenga o no trabajo, eso borra la distinción de méritos entre el que quiere trabajar y el que no lo quiere. Peor aún, en los jóvenes esa ayuda crea la inclinación a burlarse de la conducta del que sí quiere trabajar, pues aún sin hacerlo se recibe ayuda.

Si se desea salir de la condición de bajos ingresos, ello requiere voluntad personal; lo que Murray llama inversiones de largo plazo. La persona de bajos ingresos tiene que invertir dinero y esfuerzo con un fuerte sentido de compromiso personal.

La recompensa de esas inversiones es de largo plazo y, por eso, los reconocimientos de mérito son importantes en ese largo camino. Por ejemplo, los halagos que recibe el buen estudiante por su desempeño superior.

Cuando no se considera el esfuerzo personal

Si los programas sociales premian la falta de méritos en las personas, el reconocimiento del esfuerzo personal desaparece y por eso no dan resultados.

Los héroes de los jóvenes no son, entonces, ya quienes logran el éxito con empeño y lucha, sino quienes aprovechan al sistema, incluso delincuentes.

Más aún, las personas de bajos ingresos que trabajan y luchan por salir de su condición, son una amenaza para quienes no hacen lo mismo. Esos esforzados son muestran tangibles de que sí se puede dejar de ser pobre y de que la culpa de seguir en la pobreza es personal.

Los programas de ayuda social pueden tener efectos muy negativos en las personas de bajos ingresos, pues las aíslan del resto de la sociedad impidiéndoles salir de su condición.

Además fomentan la creación de expectativas personales de fracaso producidas por la baja estima personal que crean. Y, por último, tienen el efecto de hacer oficial y aprobada socialmente la idea de negar la responsabilidad personal.

El gran mérito de Murray es señalar que las buenas intenciones de los programas de ayuda social no son garantía de su éxito. Los que el simplismo de esos programas han hecho más grave el problema que pretenden resolver.

Si se considera que todos los pobres son iguales y que su pobreza nada tiene que ver con su responsabilidad personal, se estará cometiendo un grave error en esa ayuda social. De hecho se estará produciendo más pobreza.

Y, no, no se trata de dejar de dar esa ayuda, se trata de hacerlo con inteligencia. De tener programas sociales de ayuda a los pobres y que sí den resultados.

Y una cosa más…

La idea en definición causal de pobreza está muy relacionada con la idea de Murray. Un pobre que recibe ayuda sigue siendo pobre mientras la reciba. El programa social que eso haga no combate a la pobreza, solamente la mantiene y conserva.

[La columna fue revisada en 2019-08]