Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Propietarios a Fuerza
Eduardo García Gaspar
1 agosto 2003
Sección: FALSEDADES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Todo ese asunto es como si a cien millones de personas nos obligaran a ir a la bolsa de valores, comprar acciones de una empresa que no seleccionamos y nos impidieran venderlas.

Así es como debe entenderse la necedad de que Pemex es de todos los mexicanos.

Durante años, la infancia mexicana ha sido literalmente indoctrinada, en la más pura costumbre totalitaria, con el mensaje de que “Pemex es de todos los mexicanos”, una bobada. Vamos a suponer que de verdad esa paraestatal sea propiedad de todos los mexicanos.

La única manera posible de demostrarlo sería tener certificados de propiedad reconocidos, tan reconocidos que pudieran venderse en un mercado. Por ejemplo, usted o yo podemos ser propietarios de Cemex, pues todo lo que tenemos que hacer es comprar en la bolsa de valores unas acciones de esa empresa, las que luego podemos vender si queremos.

En esa propiedad no hay falsedades, las acciones de propiedad de la empresa son tan reales que pueden venderse en México y en el extranjero. Pero, mi “propiedad” de Pemex no puede venderse, de lo que debe deducirse por lógica absoluta que no soy propietario de Pemex.

Y, por tanto, lo de que “Pemex es de todos los mexicanos”, es una farsa total.

Claro que por repetición durante décadas se ha vuelto una verdad aceptada que contamina el uso correcto de la razón de muchos mexicanos. Una vez que queda demostrado que Pemex no es de los mexicanos, queda por demostrar de quién es.

Hay varias maneras de investigar eso. Una de ellas es conocer quién tiene el poder de decisión sobre la empresa, es decir, quién realiza su voluntad utilizando los activos de esa empresa.

Claramente es el gobierno, es decir, los funcionarios del gobierno y de la empresa, quienes responden a la autoridad del poder ejecutivo. No es nada nuevo. La conclusión hasta ahora es absoluta.

Pemex no es del pueblo mexicano sino del gobierno. Nada sorprendente hay en afirmar esto, todos lo sabemos, con excepción de quienes creen esa mentira. Lo interesante viene luego, cuando Pemex se percibe como lo que es, un monopolio por decreto cuyo propietario real es la autoridad política.

Para examinar las consecuencias de esa realidad, acudo de memoria a los razonamientos de un economista brillante, Armen A. Alchian.

Los monopolios, por definición teórica, deben generar una enorme cantidad de utilidades. Son proveedores únicos de un producto. En el caso de Pemex el asunto es peor aún, pues es proveedor de productos que no tienen sustitutos sencillos, como son los carburantes.

A nadie más en México se le puede comprar diesel, ni gasolina para autos, ni para aviones.

Lo que claramente haría que lo lógico sería tener una empresa que fuera una máquina de hacer utilidades, pues además tiene como terreno exclusivo a una economía muy grande. Pero Pemex no reporta utilidades.

Lo poco que sabemos de la paraestatal es que en el primer trimestre del 2003 registró una disminución de su patrimonio por 12,000 millones que tiene una explicación razonable. Pero no hay palabra sobre sus utilidades en sus estados financieros.

Debe suponerse que las utilidades son pequeñas en relación a su tamaño, cuando deberían ser gigantescas. Una explicación del porqué tener pocas utilidades es la presión burocrática por empequeñecerlas, pues el gobierno no puede admitir enormes utilidades en sus empresas. Eso le haría aparentar algo que no quiere ser.

Consecuentemente, de cualquier manera posible, se realizan acciones para reducir las utilidades grandes. Un ejemplo de eso es la serie de prestaciones de los empleados de Pemex, que no serían admitidas en una empresa que estuviera a merced de los mercados libres y competidos.

Oficinas mayores, personal de más, edificios innecesarios, aviones y transportes, y en general, acciones de desperdicio de recursos son las maneras en las que las utilidades pueden ser disminuidas para no aparentar ser lo que en realidad es.

Y esto nos lleva a la otra manera de demostrar que Pemex no es de todos. ¿ha recibido usted dividendos de esa empresa? Si usted fuera propietario real de ella, los habría recibido y le interesaría que tuviera muchas utilidades.

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