Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Semana Santa
Eduardo García Gaspar
18 abril 2003
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Si un Católico tuviera que seleccionar un par de fechas que realmente son las más esenciales de su religión, sin duda la Semana Santa sería una de ellas. La otra sería la Navidad.

Las dos son celebraciones que giran alrededor de la más grande figura de la historia, Jesucristo. Y sobre esto, hay varias reflexiones que pueden hacerse.

Quizá la más obvia de ellas sea la paradoja de haber adoptado la costumbre de hacer a la Semana Santa una de vacaciones. No tiene sentido. El declarar festiva esa semana con el hábito de dejar de trabajar, ha trastornado todo.

La Semana Santa, que debería ser la semana de más profunda meditación religiosa es en cambio, para muchos, un pretexto para vacacionar e ignorar intencionalmente el significado impresionante de esos días.

La Semana Santa presenta hasta su sábado la oportunidad impresionante de entender lo que es el amor en serio, incondicional e infinito. De las tristezas agudas de esos días, que deben impresionar a cualquiera con dos dedos de frente, el Domingo se convierte en el mayor día de júbilo que puede tener un ser humano.

La Resurrección de Jesucristo pone frente a nosotros la realidad de una vida futura eterna llena de la felicidad mayor que puede siquiera concebirse en esta tierra. Ese cambio radical que va de la mayor de las angustias y desolaciones durante la semana, se transforma desde la Vigilia Pascual en la mayor de las delicias.

Y esto me llama poderosamente la atención, pues pone ante nosotros una perspectiva maravillosa: este mundo no es perfecto, tiene sus grandes problemas, pero en algunos momentos esta vida terrenal nos da pequeñas probadas de la felicidad celestial.

Esas “probadas de Cielo” son de muchos tipos. Dios nos las da cuando vemos a nuestros hijos cuando nacen, cuando se gradúan. Cuando sucede algo como tocar la mano de nuestra esposa, e incluso cuando escuchamos alguna música (a mí me sucede eso con algunas obras de Mozart). Y especialmente, cuando leemos algo que nos mueve muy dentro.

Supongo que es en esos momentos cuando Dios nos habla. Una vez hace tiempo, un cierto cantante anunció un concierto en la ciudad. La expectación producida por ese concierto fue aparatosa. Todos querían un boleto. Había filas impresionantes a pesar de los precios elevados. Nadie quería perderse el concierto.

El éxito fue tan grande que el artista tuvo que dar dos conciertos y no uno solo. Toda la gente de la ciudad había sido turbada y alterada poderosamente por la presencia de ese artista, de los realmente consagrados, que la visitaba.

Hay otra presencia aún mayor que acude a nuestras ciudades, a todas, sin importar tamaños. Ese cantante no le llega a los tobillos.

Esa celebridad se presenta varias veces al día, especialmente los domingos y está disponible para todos, sin costo ni boleto necesario. Es Jesucristo que se hace presente, en verdad, en cada misa.

Y, si nos emocionamos oyendo en persona a algún cantante célebre, y si nos volvemos medios locos cuando ese artista nos firma un autógrafo, ¿qué debemos pensar cuando Jesucristo llega verdaderamente con cada comunión hasta nuestro corazón?

Sin duda, ésa es la más grande de las experiencias a las que podemos aspirar. Me parece que estas reflexiones de Semana Santa alimentan al ser humano infinitamente más que el salir de vacaciones. Porque, insisto, volver a esa semana una de vacaciones es ridículo. Las vacaciones son para el cuerpo y la Semana Santa es para el alma.

Y lo que alimenta el alma es tremendamente más importante que lo que alimenta al cuerpo. No, esto no es un regaño para quienes salieron de vacaciones y se olvidaron del significado de las fechas. Después de todo, aún dentro de las vacaciones pudo haber momentos de reflexión y de asistencia a los templos.

Pero sí es una invitación a pensar en la más grande de todas las fechas que los humanos conmemoramos, esa terrible agonía de dolor, más allá de lo que podemos imaginar, a la que sigue el júbilo mayor al que podemos aspirar.

Estas cosas, pensadas con tranquilidad, ponen a nuestra vida en una perspectiva que tiene la virtud de darnos paz interna.

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