Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sin Libertad no Hay Virtud
Selección de ContraPeso.info
1 enero 2003
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: AmaYi
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Es un tema de siglos entre los pensadores políticos y los preocupados con los problemas sociales. Es el tema de la libertad y de la virtud, el tema que suele evocar la idea de que ellas dos están en conflicto. La verdad es que no, no están ellas en conflicto, todo lo contrario.

La idea reportada en esta carta de Ama-Yi fue encontrada en el escrito de Douglas J. Den Uyl, Freedom and Virtue, en Machan, Tibor R (1987). THE MAIN DEBATE : COMMUNISM VERSUS CAPITALISM. New York. Random House. 0394358201, pp. 200-216.

El inicio del escrito plantea el tema que el autor quiere explorar. Dice que los pensadores políticos de la actualidad concuerdan en general que la meta de las acciones sociales es la libertad; por su lado, los pensadores antiguos veían otra meta en los asuntos públicos, la virtud.

¿Son ésas alternativas que se excluyen?

Dentro de una sociedad libre cada uno de sus miembros vive de la manera que él desea, esto es, mientras esa persona no afecte los derechos de los demás con actos que usen primero lo violencia física. En una sociedad así, libre, no hay necesidad ya de promover la libertad, pues en ella ya se es libre. La promoción de la libertad sólo tiene objeto donde ella no existe.

Si no tiene sentido promover la libertad donde ella es una realidad, la virtud es algo que siempre se ambiciona. Podemos nacer libres, pero no nacemos virtuosos; y ésta es la razón por la que todas las sociedades siempre se encuentran en oportunidad de promover la virtud.

Esa preocupación de los antiguos pensadores políticos, de promover la virtud, es por eso algo real.

Alguien puede argumentar diciendo que la libertad no es algo que puede dejarse de promover, pues la libertad significa solucionar los problemas de pobreza o de ignorancia. Dice Den Uyl que esta objeción carece de validez ya que es de naturaleza contextual y es algo presente en toda sociedad.

Si la pobreza, por ejemplo, es un problema, con esta objeción podría proponerse lógicamente la eliminación de los pobres, lo que nos lleva a un terreno en el que hay que distinguir entre lo bueno y lo malo. Y esto significa considerar no ya a la libertad, sino a la virtud.

La sociedad, entonces, enfrenta la situación de no poder promover la libertad con respecto a cargas sociales, como la miseria, sin evaluar los medios para hacer eso, es decir, hay que entrar en el terreno de la ética. Es necesario tener principios morales.

Incluso la libertad sola, la mera noción de realizar un acto por voluntad y decisión propia, hace necesario considerar la bondad de la acción decidida.

Debemos tener el conocimiento de lo que debemos hacer y de lo que debemos evitar. Este conocimiento es el de los principios morales y es mucho más importante que el conocimiento sólo de los actos concretos a realizar.

Si una sociedad no tuviera un sentido de lo moral, en ella sería imposible entender el valor de las acciones de sus miembros. Sí, incluso para remediar cargas sociales como la pobreza es necesario tener antes esos principios éticos.

Hasta aquí, la idea del autor es clara: la libertad tiene que ser mantenida y la virtud tiene que ser promovida. Lo que queda por explorar es si existen conflictos entre la libertad y la virtud. ¿Están una en contra de otra o, por el contrario, se encuentran íntimamente unidas?

Debe reconocerse que la libertad, al ser definida como la carencia de interferencia mutua, presenta una condición muy frágil y flaca para asegurar la virtud.

Reconocer esto inevitablemente hace brotar la opción de acciones forzadas, es decir, el llamado a agentes con poder de coerción cuyas acciones persigan la realización de actos virtuosos. Esto requiere la exploración del valor o mérito moral que existe cuando se usa la coerción para realizar “acciones buenas”.

Explorar eso nos lleva a examinar si esos que usan la fuerza para obligar a otros a la realizar actos buenos tienen merecimiento moral. Además, desde luego, debe verse si el uso de la fuerza y la coerción es permitido.

En estas consideraciones, el concepto de responsabilidad es central y básico. Sería imposible hacer consideraciones morales de las acciones de un individuo si él no puede hacerse responsable de sus actos.

Las personas realizan acciones por decisiones propias y no serían responsables de esas acciones en los casos en los que ellos fueran forzados a realizarlos. No hay posibilidades morales sin responsabilidad.

Incluso en la sociedad en la que unos pocos fuerzan al resto a la realización de ciertas acciones, esos pocos individuos actúan por decisión propia y por ello están sujetos a la valoración moral.

Veamos ese caso más de cerca. Una persona o grupo de ellas decide la realización de ciertos actos para el “bien público” y se usa la coerción y la fuerza para que esos actos se realicen. Dice Den Uyl que esa acción realizada no tiene valor moral; las personas o instituciones que fuerzan a otros a realizar ciertas acciones no tienen valor moral ellas mismas.

Cuando a una persona se le obliga a hacer algo, se le retira al mismo tiempo el merecimiento moral de su acción. En el caso de una sociedad en la que se viviera la total coerción nadie podría merecer crédito moral por sus actos, que es lo contrario de lo que sucedería dentro de una sociedad libre, lo que es sin duda alguna una opción preferible.

Contra esa conclusión, dice el autor, podría argumentarse en contra. Podría decirse que en libertad sí se tiene la posibilidad de mérito moral, pero que también se tiene la posibilidad de que todos los miembros de la sociedad hagan cosas malas y reprobables.

El costo de no obtener merecimientos morales por actos voluntarios puede ser cubierto con creces si ello significa no caer en la inmoralidad de la sociedad. Esa objeción suena razonable. Sin embargo, ella tiene dos fallas al menos.

Primero, no es posible razonar que en una sociedad libre se tiene la posibilidad de la total inmoralidad; en esa sociedad no son permitidos y son castigados los actos que inician la violencia en los tratos con los demás.

Segundo, una vez que ha sido usada la coerción en algún caso concreto se abre la puerta para seguir usándola en otros campos, con el resultado de perder la libertad e incluso llegar a situaciones de totalitarismo. Este es un peligro real y tangible es situaciones en donde se crea que los fines justifican los medios.

Reconoce el autor que siendo libres las personas no necesariamente van a realizar las mejores acciones; no van a voluntariamente ejecutar los actos más loables. Sin embargo, cuando es usada la coerción, la posibilidad de acciones buenas desaparece totalmente.

Sólo en una sociedad libre se tiene la posibilidad de la entera virtud.

Si se quisiera demostrar que la coerción para la realización de ciertas acciones es algo positivo, tendría que justificarse al menos que en ciertas condiciones hay ciertas acciones que deben ser ejecutadas bajo amenaza de uso de fuerza.

Esto, necesariamente, contiene la idea de un elitismo moral: son superiores las personas que usarán la fuerza, superiores a ésas a quienes obligarán a realizar esas acciones.

La cuestión de fondo es que lo que hace a un acto moralmente positivo es el hecho de que ese acto fue realizado de manera voluntaria, fue decidido por la persona. Esa decisión es el enlace entre la persona y el acto que realiza.

El punto es reiterado, simplemente no hay mérito moral en quien es forzado a realizar una acción, es decir, cuanto más coerción se aplique, menos virtuosa será la sociedad en la que eso suceda. Quienes usan la violencia para obligar a otros a realizar ciertos actos tampoco pueden reclamar merecimiento moral porque no son responsables de esas acciones.

Esas personas que usan la coerción podrán ser evaluadas moralmente por su decisión de usar la fuerza, pero no por las acciones que forzadamente realizan otras personas. Además, las relaciones entre personas, en las que es usada la fuerza, son en su naturaleza misma desiguales con respecto al estado moral de las partes.

Es claro que la moral no puede ser desligada de las opciones de acción disponibles a la persona para concentrarse en la acción misma realizada. Esto significa que la virtud y la libertad están esencialmente unidas.

Si acaso el uso de la fuerza y la coerción fuera una acción virtuosa, lo sería por ser una acción libre, seleccionada entre varias opciones y eso sería equivalente a concluir que el uso de la fuerza es bueno, lo que es a todas luces un absurdo.

Al final, la conclusión es clara. Las acciones de un gobierno realizadas sobre bases morales no promueven la virtud. Y, además, el pensar que debe balancearse la libertad con la virtud significaría que entre ellas hay un conflicto, cuando no lo hay, ambas están intrínsecamente unidas.

La colección completa de resúmenes de AmaYi en tres partes, puede encontrarse aquí:

Ideas Económicas

Ideas Políticas

Ideas Culturales

La sección AmaYi de ContraPeso.info fue fundada en septiembre de 1995 y desde entonces publica un resumen mensual de grandes ideas encontradas en diferentes publicaciones.





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