Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Una Máquina Que no lo es
Eduardo García Gaspar
14 febrero 2003
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La existencia del ejido, he leído varias veces, está más justificada por sus efectos no intencionales que por lo que el ejido debía hacer. Me explico.

Si usted posee un pedazo de tierra para cultivo, usted tiene ante sí dos posibilidades bastante claras.

Una de ellas es la de cultivar lo que usted quiera y le dé su gana porque lo que usted cultiva es para usted y para nadie más. La otra posibilidad es que ese pedazo de tierra sea usado para cultivar cosas que otros quieran.

Por ejemplo, yo odio el brócoli, pero si tengo un pedazo de tierra y puedo vender ese brócoli a buen precio, le aseguro que lo voy a cultivar. Lo que he hecho así es poner mi tierra al servicio de esos locos a los que les gusta el horrible vegetal.

Y si veo que puedo ganar más cultivando espárragos, pues lo voy a hacer.

Ésas son las dos posibilidades que tiene todo poseedor de tierra. O la usa para sí mismo o la usa para otros. ¿Qué es mejor?

Supongo que la respuesta sea bastante obvia. El cultivar para otros es mejor negocio y proporciona un estándar de vida que puede elevarse. El brócoli de seguro me va a dar una vida mejor, porque lo puedo vender y comprar lo que otros producen, sin depender de la autosuficiencia a la que me obliga la primera opción.

No es difícil de comprender. Me cuentan los que saben, que el ejido se dedica más al autoconsumo que a la venta, lo que por diseño no produce una elevación de estándar de vida del propietario. Pero, por el otro lado, el ejido tiene sus ventajas.

La frase que he escuchado es la de ser una especie de seguro de desempleo, es decir, la capacidad de producir para uno mismo es un colchón que se tiene en casos de apuro.

Hasta aquí, la posesión de la tierra, el ejido y todo este asunto, admite una discusión más o menos racional, que podría generar algunas soluciones destinadas a mejorar la pobreza que existe en el campo ejidal.

Obviamente, el ejido no es un éxito, digo, porque no se ven norteamericanos que cruzan la frontera para trabajar en la recolección de las abundantes cosechas de nuestro campo.

Si racionalmente el ejido tiene una defensa insostenible, dado su fracaso, lo que queda por preguntarse es la razón por la que a pesar de eso sigue existiendo. Me parece que las razones más fuertes para mantener algo que está muerto tienen que ver con los efectos colaterales del difunto. Una de esas razones ya la mencioné.

El ejido, no funciona, pero tiene un efecto tranquilizador en una proporción potencialmente violenta de la población, el campesinado. Tranquiliza a ese grupo porque permite el autoconsumo y se convierte en una especie de seguro de desempleo.

Otra de las razones es ésa famosa frase “el ejido no está diseñado para producir alimentos, sino para producir votos”.

Lo que debe ser cierto dadas las prácticas de promesas campesinas a cambio de preferencias partidistas. Pero hay más, existe otra razón que es más fuerte y que es al mismo tiempo más intangible. Las loas y alabanzas al ejido han sido tan repetidas que forman parte de la estructura mental de todos, o casi todos.

La vida mexicana, según esto, sería imposible sin la existencia del ejido. Él forma parte de nuestra cultura, tanto como los tacos y la salsa y el tequila. Cualquier crítica al ejido toca una fibra sensible que se logró sobre la mera base de una repetición en los discursos revolucionarios de tiempos idos, pero que dejó secuelas.

La peor de todas es una masa campesina dependiente de favores gubernamentales y llena de plagas que viven de esos favores. Lo que eso ha logrado es que la máquina que debía producir alimentos para otros, sólo produce para su dueño y eso de dueño es un eufemismo. Y, finalmente, otra razón.

Es posible que muchos tengan una buena idea de cómo terminar con los defectos de esa propiedad que no produce, pero no la quieren tocar porque es un tabú político hacerlo. Esta inacción nos lleva a mantener al muertito y creer que está vivo.

Cuando un caballo muere, usted no lo va a revivir cambiando de jinete en ninguna secretaría, ni cambiando de fuete.

Pero eso que todos saben no tiene a nadie que lo grite sin riesgos de ser atacado por quienes logran ventajas defendiendo a ese caballo muerto, a esa máquina que no produce lo que se supone que debía hacer, producir alimentos de sobra para vender al que los quiera.

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