Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
16 Domingo Ordinario C (2004)
Textos de un Laico
16 julio 2004
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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• La primera lectura de este domingo (Génesis, 18, 1-10), cuenta que Abraham estaba sentado “a la entrada de Duda de Santo Tomássu tienda, a la hora de más calor” cuando se dio cuenta de que había tres hombre frente a él.

Podemos imaginar la situación, con esas breves palabras. En el peor momento del día, cuando se protege del sol y del calor, Abraham tiene un encuentro sorpresivo y reacciona de inmediato.

Se dirige a esos hombres “rápidamente”, se postra en el suelo y de inmediato los atiende, con agua para lavar los pies, con descanso, con comida, pero sobre todo diciendo, “Señor mío, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte…” y se reconoce siervo de Dios, alguien por el que sólo se detendrán un momento en su camino.

Más aún, mientras los viajeros comen, Abraham permanece de pie, buscando la sombra de un árbol.

Al final de la lectura, uno de ellos habla diciendo, “Dentro de un año volveré sin falta a visitarte por estas fechas; para entonces, Sara tu mujer, habrá tenido un hijo.” En la continuación del relato, sabemos que Sara que había oído eso, echó a reír, pues era vieja igual que Abraham.

La historia, sin duda puede verse desde diferentes ángulos, y uno de ellos es la reacción de Abraham ante la visita divina, a la que reconoce de inmediato y se apresta a servir en todas sus necesidades.

Abraham tenía otra opción, la de quedarse sentado, especialmente a esa hora del día, evitándose las molestias de atender al visitante en su camino. Es una cuestión de prioridades que Abraham reconoce y actúa en consecuencia… lo que nos lleva también a una cuestión de prioridades en el Evangelio de este domingo.

Lucas (10, 38-42) narra la llegada de Jesús a un poblado y su encuentro con dos mujeres muy diferentes, Marta y María. Ambas ven a Jesús y tienen una reacción muy distinta cada una. María opta por sentarse a los pies de Jesús y oírle, mientras que Marta “se afanaba en diversos quehaceres.”

La podemos imaginar corriendo de un sitio a otro haciendo pendientes y tareas, hasta que se harta de la situación y habla con Jesús quejándose, “¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude.” Y Jesús responde, quizá con un tono condescendiente ante la actividad de Marta ocupándose de esos quehaceres.

Le dice, “Marta, Marta” repitiendo dos veces su nombre, “muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria.” A lo que agrega, “María escogió la mejor parte y nadie se la quitará.” De nuevo, esto es una cuestión de prioridades, igual que la que enfrentó Abraham. Marta se ocupó de lo que no es importante y María, sí. Ante Dios, nada existe que sea más importante.

Nada, absolutamente nada. Y sí, los pendientes diarios, el estar continuamente ocupado, el querer tener tiempo de descanso para uno mismo, todo eso, nos dicen esas lecturas, debe ser puesto de lado frente a Dios. Es una buena lección para nuestra vida diaria, que suele estar llena de cosas por hacer y de pendientes que pueden robar la atención que debemos a Dios.

• Por su parte, Pablo en la carta a los colosenses (1, 24-28) tiene una frase que es impresionante, nos dice que “Cristo vive en ustedes” y que es el mismo Cristo que él predica cuando corrige a los hombres, cuando los instruye en la sabiduría de Dios. Y de esto podemos sacar una conclusión muy sencilla.

No hace falta ya de que esperemos una visita divina, como la de Abraham y la de Marta y María, Jesús mismo está dentro de nosotros y esa prioridad de servirle se presenta todos los momentos de nuestra vida. Con Jesús viviendo en nosotros la decisión de escucharle y de atenderle está siempre presente, sin necesidad de sentarnos a esperarle.

Es decir, en cada momento de nuestra existencia, podemos actuar colocando a la prioridad de Dios por encima de todo. Incluso en nuestros quehaceres diarios, en nuestros trabajos y pendientes, podemos colocar a Dios antes que a nadie más. Basta con ofrecer a Él nuestras obras diarias y realizarlas pensando en Cristo.

De las lecturas de este Domingo, por tanto, podemos llevar a nuestra vida dos lecciones importantes. Primero, nuestra mayor prioridad es Dios, como lo pudimos ver en las reacciones de Abraham y de María. Cuando está Él, nada más importa. Y segundo, Cristo está dentro de nosotros, siempre, como dice San Pablo.

Reuniendo ambas lecciones, la conclusión es clara: en toda nuestra vida diaria, no importa qué estemos haciendo, debemos dar a Cristo la mayor prioridad, tanta que nada más importa. Y podemos lograr eso dedicando a Dios nuestro trabajo, nuestras actividades, nuestros quehaceres diarios, sean pequeños o mayores.

La idea de Textos de un Laico nació en 2004: el intentar encontrar los comumes denominadores de las tres lecturas de la misa católica de cada domingo.

Del LAVALLE NACIONAL para uso del católico MEXICANO Compuesto por el Presbítero D. Julián G. Villaláin Edición Especial Herrero Hnos. Sucs. S.A. México, D.F. 1956

Devoción muy útil al acostarse.

Al acostarse escribe con el dedo pulgar en tu frente estas cuatro letras: J.N.R.J. diciendo entre tanto: Jesús Nazareno Rey de los Judíos, me preserve de mala muerte repentina.

El mismo Cristo dijo a San Edmundo que los que esto hiciesen no morirán en esa noche de muerte súbita. (Surius, Vida de San Edmundo. Devoción aprobada por la Santa Iglesia.).

Gregorio XIII (10 de abril de 1580) concede perpetuamente a los fieles un año de indulgencia por cada vez que al son de la campana en señal de elevación del Santísimo Sacramento, adoren al Divinísimo, en donde quiera que se hallen, hincados de rodillas; y dos años, si esto mismo se practica en la iglesia donde se hace la elevación. Asistiendo a la misa y diciendo al tiempo de alzar la siguiente jaculatoria: Sea alabado y dense gracias a cada instante y momento, al Santísimo y Divinísimo Sacramento; se ganan también 200 días de indulgencias, aplicables también a las almas del purgatorio (Pío VII, decreto de la S.C. de Indulgencias, 7 de diciembre de 1819).





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