Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
17 Domingo Ordinario C (2004)
Textos de un Laico
23 julio 2004
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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• En la primera de las lecturas de esta domingo, el Génesis (18, 20-32) narra una historia que contiene un Duda de Santo Tomásdiálogo entre Dios y Abraham y que muestra, quizá con cierto humor, el caso de un hombre que en su humilde nivel cuestiona a Nuestro Señor.

Sabiendo Abraham que Dios intenta destruir a Sodoma y Gomorra, dos ciudades famosas por sus vicios y bajezas, Abraham se conmueve. Y eso le lleva a un diálogo de negociación e insistencia un tanto terca.

Inquiere Abraham si Dios destruirá esas ciudades aún en el caso de que existan en ellas 50 hombres justos, pues no sería lógico que un Dios bondadoso destruyera a los hombres buenos igual que a los malos.

Dios responde que incluso irá más allá, que si hay 50 hombres buenos no destruirá a las ciudades. Y la negociación continúa por parte de Abraham.

¿Qué pasa si sólo hay 45 hombres justos? ¿Qué sucede si sólo hay 40, o 30 nada más? ¿Destruirá esas ciudades si existen quizá sólo 10 hombres buenos en ella? La situación es muy humana.

Abraham conmovido interroga al Señor y él contesta siempre igual, “Por esos diez, no destruiré la ciudad.” Esta lectura muestra el criterio divino de vernos a cada uno de nosotros uno por uno, pero además ilustra una posibilidad real: podemos hablar con Dios e insistir, incluso cuestionarlo con ese enorme respeto que muestra Abraham cuando dice, por ejemplo, “Que no se enoje mi Señor, si sigo hablando…”

• Y ése en el común denominador que encontramos en el evangelio del hoy, de Lucas (11, 1-13) cuando cuenta la respuesta de Jesús a la petición de uno de los apóstoles que le rogó enseñarles a orar.

Jesús responde diciendo la oración perfecta de nuestra religión, el Padre Nuestro, pero profundiza en eso mismo que hizo Abraham, insistir. Y lo hace por medio de una historia.

La del amigo que va por la noche con el vecino pues tiene un visitante y nada tiene que ofrecerle. El vecino está dormido, ha cerrado la puerta y se despierta ante el tocar de la puerta. D

ice que no al pedido de su vecino, pero éste insiste una y otra vez hasta lograr que por su “molesta insistencia” el vecino se levante para darle lo que quiere. Dios nos habla aquí de un atributo de nuestras oraciones, la obstinación e incluso la terquedad en nuestros ruegos.

Y si ante esa terquedad de ruegos, cualquier hombre decide atender la petición de otro, ¿qué no hará Dios con sus hijos?. La promesa de Dios es impresionante, “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, toquen y se les abrirá…”

Ningún padre puede desatender los ruegos de sus hijos. Y entonces llega otra promesa, “¿cuánto más dará el Padre al Espíritu Santo a quienes se lo pidan?”

Las dos lecturas tienen un común denominador que es obvio, la oración a Dios, nuestro diálogo con Él. Abraham nos instruye acerca de la insistencia respetuosa a Dios y esta obstinación es la misma que ilustra Jesús con la historia del vecino terco al que finalmente se le atiende.

Pero Jesús va mucho más allá y nos enseña la oración por excelencia, el Padre Nuestro con una promesa extraordinaria, si pedimos se nos dará, si buscamos encontraremos. Y nos dice qué es lo que debemos pedir, debemos pedirle al Espíritu Santo como nuestra guía. Más sencillo no puede ser, ni más optimista.

• Por su parte, Pablo en la carta a los colosenses (2, 12-14) nos hace referencia a algo que recuerda al diálogo de Abraham con el Señor. Dice, “Ustedes estaban muertos por sus pecados y no pertenecían al pueblo de la alianza. Pero él les dio una nueva vida con Cristo, perdonándoles todos sus pecados.”

Algo similar a eso que pedía Abraham, ¿y qué si hay sólo 10 hombres justos en esas ciudades? Es decir, Dios nos ha perdonado y colocado en una posición en la que podemos salvarnos eternamente. Es como una nueva vida que debemos aprovechar, gracias al sacrificio de Jesucristo.

Y para aprovechar esta nueva vida, allí tenemos la posibilidad de orar, con insistencia, con fervor, solicitando al Espíritu Santo.

Así que al salir de esta misa, podemos llevarnos a nuestra casa una idea muy clara y verdadera: orar es parte de nuestra vida, pidiendo al Señor que nos envíe al Espíritu Santo; orar con insistencia porque allí está la promesa, si pedimos se nos concederá.

La idea de Textos de un Laico nació en 2004: el intentar encontrar los comumes denominadores de las tres lecturas de la misa católica de cada domingo.

Del LAVALLE NACIONAL para uso del católico MEXICANO Compuesto por el Presbítero D. Julián G. Villaláin Edición Especial Herrero Hnos. Sucs. S.A. México, D.F. 1956

Devoción muy útil al acostarse.

Al acostarse escribe con el dedo pulgar en tu frente estas cuatro letras: J.N.R.J. diciendo entre tanto: Jesús Nazareno Rey de los Judíos, me preserve de mala muerte repentina.

El mismo Cristo dijo a San Edmundo que los que esto hiciesen no morirán en esa noche de muerte súbita. (Surius, Vida de San Edmundo. Devoción aprobada por la Santa Iglesia.).

Gregorio XIII (10 de abril de 1580) concede perpetuamente a los fieles un año de indulgencia por cada vez que al son de la campana en señal de elevación del Santísimo Sacramento, adoren al Divinísimo, en donde quiera que se hallen, hincados de rodillas; y dos años, si esto mismo se practica en la iglesia donde se hace la elevación. Asistiendo a la misa y diciendo al tiempo de alzar la siguiente jaculatoria: Sea alabado y dense gracias a cada instante y momento, al Santísimo y Divinísimo Sacramento; se ganan también 200 días de indulgencias, aplicables también a las almas del purgatorio (Pío VII, decreto de la S.C. de Indulgencias, 7 de diciembre de 1819).





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