Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
2 Domingo de Cuaresma C (2004)
Textos de un Laico
5 marzo 2004
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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Las lecturas del II Domingo de Cuaresma nos hablan de que quizá estemos ciegos, de que quizá lo que nos rodea esté a oscuras y de que posiblemente nos movamos por la vida sin rumbo ni dirección.

• El Evangelio de Lucas (9, 28-36) cuenta uno Duda de Santo Tomásde esos grandes momentos en los que Jesús hace oración y dice que “mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes…”, con los apóstoles presentes que vieron “la gloria de Jesús y de los que estaban con Él”, refiriéndose a Moisés y Elías, con quienes Jesús conversaba.

Más aún, dice Lucas que “se formó una nube que los cubrió” a los apóstoles y ellos “al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo”.

Se tiene pues una situación que llena los sentidos, que manifiesta la divinidad de Jesús y que se percibe por los sentidos, con la luz, con la blancura de las vestiduras, con la nube, con la transformación del rostro de Jesús.

Es una idea de luminosidad, de brillo y fulgor, que quizá sea la mejor manera humana de describir la gloria del Señor, como algo que deslumbra y resplandece, llenado el más sensible de nuestros sentidos humanos.

Ésta es precisamente la misma frase que se utiliza en el salmo responsorial, “El Señor es mi luz y mi salvación”. Es la luz que ilumina y alumbra el camino, el único camino, el de Él.

Así, esos dos textos, el salmo y el Evangelio, nos hacen comprender a Dios como una fuente de luz que a la vez sirve de guía, que es algo similar a lo que se narra en parte en la primera lectura.

• En efecto, el Génesis (15, 5-12.17-18) cuenta de Abram y cómo él al hacer un sacrificio a Dios se encontró de noche, “ya para ponerse el sol, Abram cayó en un profundo letargo, y un terror intenso y misterioso se apoderó de él… hubo densa oscuridad y sucedió que un brasero ardiente y una antorcha encendida” pasaron por entre los animales partidos.

De nuevo está aquí la idea de una luz que hace ver, que ilumina. A Dios podemos tratar de entenderlo en nuestra mente como esa antorcha y ese brasero, como las vestiduras blancas y relampagueantes, que es exactamente lo mismo que resume el salmo.

Él es el que marca el camino, similar a lo que hace un faro con los barcos en el mar y sin el que zozobrarían sin remedio. Necesitamos esa luz, pues sin ella estaríamos perdidos, como Abram por la noche, llenos de espanto y sin poder ver.

• Y esta posibilidad de no poder ver es la que escribe San Pablo en su epístola (3, 17-4, 1) cuando llorando afirma que “hay muchos que viven como enemigos de la Cruz… porque su dios es el vientre, se enorgullecen de lo que deberían avergonzarse y sólo piensan en cosas de la tierra.” Son estos los que no ven, los que no tienen la guía de la luz divina.

En cambio los que sí ven, dice Pablo, “somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos que venga nuestro salvador Jesucristo”.

Con eso, San Pablo añade otra cualidad a la luz divina, la de ser luz de salvación. La idea de un Dios que nos salva guiándonos con su luz es especialmente importante en estas fechas cuando nos adentramos en la Cuaresma y por eso en el gran misterio de la Cruz.

Son tiempos difíciles, terribles, llenos de “terror intenso” que no pueden ser enfrentados sino con la luz que Dios nos ofrece, porque sin ella estaríamos ocupados sólo con las cosas de la tierra. La idea de perder la vista, de volvernos ciegos nos atemoriza a todos, cuando la verdad es que sin la luz de Jesucristo estamos de hecho ciegos, aunque no lo reconozcamos.

Sin esa luz, nuestra vida pierde su sentido y nos movemos en la tierra sin rumbo ni dirección, apegados tan sólo a lo que podemos sentir. Y sin embargo, igual que cuando estamos en una habitación totalmente a oscuras y alguien prende la luz nos deslumbramos, eso mismo podemos sentir cuando dejamos que Jesucristo nos ilumine.

El reencuentro con la luz divina nos va a cegar y molestar al principio, haciéndonos ver nuestras fallas y faltas, pero poco tiempo después gozaremos del mayor bien posible que es el conocer el camino que lleva a Dios, iluminado y resplandeciente, claro y diáfano. Dios es la luz y está en nosotros el querer verla.

La idea de Textos de un Laico nació en 2004: el intentar encontrar los comumes denominadores de las tres lecturas de la misa católica de cada domingo.

Del LAVALLE NACIONAL para uso del católico MEXICANO Compuesto por el Presbítero D. Julián G. Villaláin Edición Especial Herrero Hnos. Sucs. S.A. México, D.F. 1956

Devoción muy útil al acostarse.

Al acostarse escribe con el dedo pulgar en tu frente estas cuatro letras: J.N.R.J. diciendo entre tanto: Jesús Nazareno Rey de los Judíos, me preserve de mala muerte repentina.

El mismo Cristo dijo a San Edmundo que los que esto hiciesen no morirán en esa noche de muerte súbita. (Surius, Vida de San Edmundo. Devoción aprobada por la Santa Iglesia.).

Gregorio XIII (10 de abril de 1580) concede perpetuamente a los fieles un año de indulgencia por cada vez que al son de la campana en señal de elevación del Santísimo Sacramento, adoren al Divinísimo, en donde quiera que se hallen, hincados de rodillas; y dos años, si esto mismo se practica en la iglesia donde se hace la elevación. Asistiendo a la misa y diciendo al tiempo de alzar la siguiente jaculatoria: Sea alabado y dense gracias a cada instante y momento, al Santísimo y Divinísimo Sacramento; se ganan también 200 días de indulgencias, aplicables también a las almas del purgatorio (Pío VII, decreto de la S.C. de Indulgencias, 7 de diciembre de 1819).





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