Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
32 Domingo Ordinario C (2004)
Textos de un Laico
5 noviembre 2004
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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• La narración del Evangelio de Lucas (20, 27-38) es especialmente importante por una razón muy sencilla. Duda de Santo TomásEstán los saduceos intentando entender el mundo de la resurrección como el mundo en el que hoy vivimos.

La prueba que le ponen a Jesucristo, por no creer ellos en la resurrección, es la conocida de los siete hermanos que muriendo uno tras otro dejan a una misma viuda.

La pregunta de los saduceos es quién de esos siete será el verdadero esposo en la vida siguiente. La respuesta de Jesús deja clara la enorme diferencia entre la vida presente, terrena, y la vida de la resurrección.

“En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean dignos de ella y de la resurrección…, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado… Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos…”

La respuesta contiene varios elementos. Uno de ellos es el de señalar que el mundo por venir no es igual a éste en el que vivimos. No podemos, por tanto, proyectar a ese mundo futuro de resurrección las nociones que tenemos del mundo terreno.

Las palabras de que en la vida futura los hombres y mujeres no se casarán es una muestra de esa enorme diferencia.

Más aún, en ese mundo que viene, no seremos los humanos que vemos y sentimos, seremos “como ángeles e hijos de Dios” que nunca más mueren, pues sólo morimos una vez. Ese mundo futuro es radicalmente diferente, tanto que quizá no lo podamos imaginar siquiera cercanamente, aunque podemos pensar en un mundo de amor paterno infinito y eterno.

El otro elemento es inmenso. Habla Jesús de “… los que sean dignos de…” la resurrección.

Necesariamente esto implica que no todos llegarán a ser “como ángeles e hijos de Dios” en esa vida futura y eterna. Para llegar a la resurrección en la vida futura se necesita ser digno de ella, se requiere merecerla y de eso no tenemos la menor duda.

Las palabras de Jesucristo son diáfanas. Lo que queda por establecer es, por tanto, cómo podemos convertirnos en seres dignos de la vida por venir, es decir, de qué manera es posible llegar a ser “como ángeles.”

• La respuesta está en la primera lectura, (2Mac 7,1-2.9-14) que cuenta la historia de los siete hermanos y su madre, quienes ante torturas y amenazas que perseguían hacerlos renunciar a su fe, prefirieron morir.

Son las palabras de estos hermanos los que dan respuesta al cómo podemos ser “como ángeles.” Uno de ellos dice “… estamos dispuestos a morir antes de quebrantar la ley de nuestros padres.”

Otro dice al rey, “Asesino, tú nos arrancas la vida presente, pero el rey del universo nos resucitará a una vida eterna, puesto que morimos por fidelidad a sus leyes.” El siguiente dice, “De Dios recibí estos miembros y por amor a su ley los desprecio, y de él espero recobrarlos.”

Aún más, otro dice, “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará.”

¿Cómo llegar a ser dignos de la resurrección? La contestación está en las palabras de esos hermanos: él nos resucitará, vida eterna, fidelidad a sus leyes, amor a su ley, firme esperanza. Todas ellas en su conjunto nos dicen que así llegaremos a ser “como ángeles” en la vida futura. Quizá pueda todo esto resumirse en vivir cerca de Dios colocándolo por encima de todo, incluso por encima de la propia vida terrenal.

• La carta de San Pablo a los tesalonicenses (2, 16-3, 5)) continúa con el gran tema de este domingo, la resurrección. En el primer párrafo se habla de Dios quien “nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza.”

Es ésta una muy clara referencia a la vida de la resurrección, vista como consuelo eterno y como esperanza, la misma de los siete hermanos en la primera lectura, la misma de ese ser “como ángeles.” Más aún, Pablo dice que esa esperanza es una ocasión para confortar nuestros corazones y disponernos “a toda clase de obras buenas y de buenas palabras.”

Es decir, el simple hecho de creer en esa vida eterna prometida por Jesucristo nos da certeza de un mundo de resurrección, pero además de eso nos inclina por naturaleza al bien, a las buenas acciones y a las buenas palabras. Palabras que sirvan para propagar las enseñanzas de Jesús. A lo que añade, a la oración.

Oración que sirva para librarnos de “los hombres perversos y malvados que nos acosan.” Es la oración para enfrentar a la maldad, como se muestra ella personificada en la primera lectura con el rey Antíoco Epifanes que mata a los siete hermanos. Es la oración que nos dará fuerza, que nos librará del malvado.

El gran tema de la resurrección tratado en estas lecturas está bien resumido en el salmo responsorial que dice, “Al despertar, Señor, veré tu rostro.”

No está redactada como un deseo esa frase, sino como una aseveración: es una seguridad que en ese mundo futuro veremos a Dios. Este es el mensaje que debemos llevarnos este domingo, el de la existencia de un mundo futuro donde podremos ser “como ángeles” y que esa certeza debe ser causa de buenas acciones en este mundo terreno.

La idea de Textos de un Laico nació en 2004: el intentar encontrar los comumes denominadores de las tres lecturas de la misa católica de cada domingo.

Del LAVALLE NACIONAL para uso del católico MEXICANO Compuesto por el Presbítero D. Julián G. Villaláin Edición Especial Herrero Hnos. Sucs. S.A. México, D.F. 1956

Devoción muy útil al acostarse.

Al acostarse escribe con el dedo pulgar en tu frente estas cuatro letras: J.N.R.J. diciendo entre tanto: Jesús Nazareno Rey de los Judíos, me preserve de mala muerte repentina.

El mismo Cristo dijo a San Edmundo que los que esto hiciesen no morirán en esa noche de muerte súbita. (Surius, Vida de San Edmundo. Devoción aprobada por la Santa Iglesia.).

Gregorio XIII (10 de abril de 1580) concede perpetuamente a los fieles un año de indulgencia por cada vez que al son de la campana en señal de elevación del Santísimo Sacramento, adoren al Divinísimo, en donde quiera que se hallen, hincados de rodillas; y dos años, si esto mismo se practica en la iglesia donde se hace la elevación. Asistiendo a la misa y diciendo al tiempo de alzar la siguiente jaculatoria: Sea alabado y dense gracias a cada instante y momento, al Santísimo y Divinísimo Sacramento; se ganan también 200 días de indulgencias, aplicables también a las almas del purgatorio (Pío VII, decreto de la S.C. de Indulgencias, 7 de diciembre de 1819).





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