Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Cuestión de Prudencia
Eduardo García Gaspar
4 noviembre 2004
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


La miope actuación de diversas primeras damas que coquetean con la posibilidad de suceder a sus maridos en el poder ejecutivo que ellos ocupan, ha sido analizada bajo dos perspectivas que a mi juicio son equivocadas y que por eso conducen al error.

Uno de esos puntos de vista es el feminista, aduciendo que las mujeres tienen derecho a ocupar puestos públicos y que esas primeras damas, por tanto, también tienen ese derecho.

Nadie niega que las mujeres tienen todas el derecho de ocupar puestos dentro de un gobierno. No es ése el asunto en cuestión y criticar la intención de esas primeras damas no es criticar una intención igual en el resto de las mujeres.

Otra de las perspectivas me parece un lugar común y muy primitivo.Es la de decir que esas primeras damas están en una posición legal pero contraria a la ética. De acuerdo con que la moral es algo mucho más amplio que la ley, pero encontrar un principio ético que lleve a la conclusión de que una primera dama no puede suceder a su marido me parece una extensión demasiado aventurada.

Sin embargo, hay un terreno en el que pueden encontrarse ideas más sólidas para proponer una oposición concreta a esa intención.

Es el terreno de las virtudes, no necesariamente relacionado con cuestiones religiosas pero totalmente asociado con las fuerzas internas que las personas deben cultivar para ser mejores. Digamos que son cualidades que canalizan las decisiones personales por un cierto camino considerado superior.

Este terreno, más aún, permite entrar a las cualidades que debe tener todo político, sin importar edades ni sexo. Son cualidades que hablan de su carácter y excelencia personal.

Y si tuviera que seleccionar alguna virtud en particular como indispensable en un gobernante, creo que ella sería la de la prudencia. Lo que digo, por tanto, es que esas primeras damas pueden ser acusadas de falta de prudencia. Y eso nos lleva a definir la prudencia.

Hay muchas palabras asociadas con ella, como sensatez, cordura, madurez y discernimiento, que nos acercan a su real significado. Claramente, la prudencia tiene un elemento práctico, de acción y toma de decisiones, yendo hacia los actos que buscan la selección correcta de un objetivo por medio de los medios más convenientes.

Es como una guía de la propia conducta que invita a usar el sentido común y soluciona la aplicación de valores sólidos a situaciones concretas. Más aún, la prudencia incorpora en nuestras acciones la consideración de los efectos últimos de lo que hacemos, incluyendo efectos posibles no esperados.

No es ser timoratos en las decisiones personales, sino sabios y juiciosos. Vaya, es el sueño de lo que todo ciudadano esperaría en un gobernante, hombre o mujer.

El asunto llega a tal extremo que me atrevería afirmar que me conformaría con gobernantes prudentes, aunque ellos fueran ignorantes de cuestiones morales y éticas. Todo porque hay en la prudencia una buena dosis de moral aplicada intuitivamente, como si en esta virtud estuvieran contenidos ya los más básicos principios éticos y sirviera ella para aplicarlos a las cosas de cada día.

Con gobernantes prudentes dejaríamos de padecer populismos, acciones miopes y decisiones populares con resultados malos. Con prudencia se reducirían los egoísmos partidistas y las ansias desmedidas de poder.

Y, desde luego, dejaría de haber eso de primeras damas queriendo ser la sucesión de sus maridos. Todo, porque al final de cuentas, si una persona no entiende que esa acción, la de un cónyuge queriendo ser candidato a suceder a su consorte, es una acción imprudente, la verdad es que esa persona tampoco entendería otras cuestiones muy sencillas y simples.

Esto es precisamente lo que aterra al ver esos reclamos de las primeras damas.

Cuando alguien, el que sea, mujer u hombre, no tiene la capacidad de comprender que lo que intenta hacer es imprudente aunque no tenga freno legal, esa persona es dura de cabeza y tampoco tendrá la capacidad de entender otras cuestiones que, de naturaleza sutil, abundan en la política.

Mal gobernante será en todos sentidos ése que no comprende la noción de la prudencia y la sensatez.

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