Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Aburrido Cielo
Eduardo García Gaspar
23 diciembre 2004
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


En días como estos, ya entrado diciembre, no sobran las oportunidades de conversaciones que bordan sobre los temas religiosos. Después de todo, se conmemora el nacimiento de Jesús.

El tema religioso, digo, abunda, lo que me hace compartir con usted un fragmento de lo expresado por una persona.

Con una actitud, debo decir, un tanto burlona, esta persona hablaba del Cielo y lo aburrido que debía ser. Habló del cliché gastado de los que en el Cielo tocan el arpa todo el tiempo y se fastidian solemnemente haciendo lo mismo sin detenerse, sin fin.

Podía haber sido un sencillo y repetido chiste, excepto por el tono usado por la persona, que denotaba rencor y, como dicen en España, “mala leche.”

En fin, nada digno de narrar, de no contar con una salvedad que se dio por casualidad. Entre las personas que oían esa perorata, estaba una que al terminar aquél pidió la palabra y comenzó una breve explicación que buscaba aclarar las ideas acerca del Cielo y rebatir eso de la eterna aburrición de un sitio en el que siempre se hace lo mismo.

Al terminar de rebatir esa idea distorsionada del Cielo, la otra persona calló de tal manera que me dio pena ajena. Su supuesto chiste le había producido una singular vergüenza delante de no poca gente conocida.

Ya que casi todo en la vida es ocasión de aprendizaje, salí de allí pensando lo sabio que es quien deja de hablar cuando no tiene nada que decir, especialmente cuando se trata de religión. Curioso que soy de naturaleza, busqué en un libro los argumentos usados por el experto y que dan contestación al cliché del Cielo aburrido. Los encontré y comparto con usted.

Lo que en esencia dice quien cree que el Cielo es aburrido es que allí es el equivalente de estar en misa, dentro de un servicio religioso que nunca acaba y que eso no puede ser la felicidad, porque ella requiere de momentos de infelicidad, para poder apreciarla.

Hay varias respuestas posibles a esa afirmación y las menciono en lo que sigue. Primero, se trata de una primitiva proyección de las limitaciones terrenales a los campos celestiales.

Allá no se necesitará ser infeliz algunos momentos para apreciar la felicidad, lo que es sencillo de probar en la tierra misma, en los casos de gente con sentido común. No puede haber, por definición, cosas negativas en el Cielo. El bien será infinito allá y llenará todo.

Segundo, la idea de estar aburrido es otra idea terrenal que no aplica en un sitio en el que el tiempo no existe. Peor aún, la noción de aburrimiento es moderna y no existía en tiempos pasados.

Y, además, la aburrición es un sentimiento padecido aquí más por indiferentes, saturados y desgastados; los que están saciados de todo y llenos de nada. No es un síntoma que se dé en las personas santas.

Tercero, la imagen de que el Cielo es como una iglesia es falsa. Nada hay que lo afirme. Dentro de una iglesia, sí es posible el cansancio, pero Dios no puede causar aburrimiento jamás. El Cielo es la presencia de Dios directa y total, es estar frente a la perfección, la verdad, todo.

Cuarto, la noción de producir aburrimiento implica que el Cielo debe ser un bien que satisface una necesidad y que una vez satisfecha produce hastío si se sigue consumiendo. El Cielo no es un satisfactor de necesidades terrenales, sino nuestra vida futura, un estado de gozo absoluto, total y eterno.

Quinto, si Dios es el ser superior lleno de toda perfección, su presencia no puede generar reacciones negativas, sino lo contrario y hacerlo ilimitadamente.

Y ya que estamos en éstas, recuerdo a un amigo al que conozco bien y que cierto día hablaba de lo imposible que es para nosotros imaginar la perfección absoluta. Estamos tan llenos de imperfecciones en un mundo que también lo está, que lo negativo es parte de nuestra vida.

Tan lo es que quitar repentinamente a todo lo malo resulta imposible de entender. Y añadió algo que siempre recordaré. Dijo que, sin embargo, Dios nos da en la tierra pequeñas probadas del Cielo, rápidas muestras de lo que allá viviremos.

Lo hace en brevísimos sentimientos de felicidad intensísima, como cuando se abraza a una esposa o a un hijo, e incluso en momentos en los que uno soluciona un problema científico. Son, dijo, momentos breves de enorme intensidad que no podrían soportarse en la tierra, pero que durarán en el Cielo por siempre.

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