Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Género (es) Humano
Leonardo Girondella Mora
13 septiembre 2004
Sección: DERECHOS, Sección: Análisis
Catalogado en: ,


Reflexiones sobre el documento

Sobre la colaboración del hombre y la mujer

La reciente carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la iglesia y el mundo ha recibido una buena cantidad de comentarios, muchos de ellos extraordinariamente superficiales.

Una revisión objetiva del documento arroja significados muy diferentes a muchos de los colocados en los medios noticiosos, que fueron seguramente producto de una mala interpretación, tal vez a la luz de algún punto de vista personal que insistió en ver lo que la carta no contenía.

En la experiencia del autor, este tipo de textos son muy sutiles y complejos de leer, lo que sin duda es una falta en días de textos sencillos y simples; sin embargo, también la posición de la Iglesia es sin duda ajena a muchas de las posiciones comunes que en una simplificación intensa aceptan sólo las posiciones extremas, sin posibilidad de opiniones fuera del eje de pensamiento.

Por tanto, es una eventualidad muy probable el ejercer una lectura demasiado escueta que pierde con facilidad los ángulos complejos de la opinión vaticana.

Este análisis pretende llenar parte del vacío que fue creado por los comentarios inexactos que pulularon. Se trata de un estudio del contenido de la carta y que indaga los puntos principales que ella mantiene.

Ya que se trata de ese tipo de examen, es necesario recurrir a citas extensas del original (las que han sido purgadas de sus referencias numéricas y bíblicas para facilitar su lectura, pero que el lector puede acceder en el sitio original).

Finalmente, debe decirse sin frenos falsos que es más sencillo escribir y leer un artículo superficial, crítico o adulatorio de la carta, que hacer un examen de su contenido.

Introducción

El empiece del documento analizado es muy jugoso para delimitar el campo de opinión de la carta y en él se establecen un tanto confusamente, la causa que dio origen a ella y que es la existencia de ideas o movimientos acerca de la mujer, cuyos frutos son percibidos por la Iglesia como negativos para los seres humanos.

La introducción del documento establece propósitos y justificaciones, al decir que “Experta en humanidad, la Iglesia ha estado siempre interesada en todo lo que se refiere al hombre y a la mujer. En estos últimos tiempos se ha reflexionado mucho acerca de la dignidad de la mujer, sus derechos y deberes en los diversos sectores de la comunidad civil y eclesial.”

A esto se añade una reiteración en el inicio de la carta que dice que

“En estos últimos tiempos se ha reflexionado mucho acerca de la dignidad de la mujer, sus derechos y deberes en los diversos sectores de la comunidad civil y eclesial… la Iglesia se siente ahora interpelada por algunas corrientes de pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la promoción de la mujer.”

La intención de la carta es ésa. Como experta obvia en cuestiones humanas, la Iglesia Católica toma la tarea de plantear una perspectiva propia acerca de un argumento de importancia actual. Este tema es el de la mujer y su dignidad, en el que existen ideas que a juicio de la carta no son positivas para la mujer.

Hasta aquí, pocas dudas existen sobre la intención de la carta; después de instaurar esto, continúa ella con una ampliación de la situación que la justifica.

Denomina como un problema al hecho de que en fechas recientes “se han delineado nuevas tendencias para afrontar la cuestión femenina.”

Son las siguientes corrientes de opinión a las que la carta está dirigida y que son vistas como causantes de efectos colaterales negativos en los seres humanos.

A) “Una primera tendencia subraya fuertemente la condición de subordinación de la mujer a fin de suscitar una actitud de contestación. La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre. A los abusos de poder responde con una estrategia de búsqueda del poder.”

Es decir, una de las corrientes feministas se sustenta en una estrategia de rivalidad entre hombres y mujeres en lucha por el poder como bandos en conflicto natural. La carta señala que eso es negativo porque

“Este proceso lleva a una rivalidad entre los sexos, en el que la identidad y el rol de uno son asumidos en desventaja del otro, teniendo como consecuencia la introducción en la antropología de una confusión… que tiene su implicación más inmediata y nefasta en la estructura de la familia.”

La preocupación de la Iglesia está claramente establecida también, pues esa estrategia de competición tiene consecuencias en extremo graves, sobre todo en la familia. La Iglesia reconoce que existe un movimiento de creencias acerca de la mujer, que esas creencias se sustentan en una posición de disconformidad entre los sexos y que esas creencias producirán efectos indeseables en la institución que la Iglesia más enfatiza, la familia.

Es innegable que la Iglesia refuta y reprueba las ideas que colocan a los sexos en una posición de rencores y conflictos entre sí.

B) Adicional a ese movimiento sustentado en el conflicto entre los sexos, existe “Una segunda tendencia emerge como consecuencia de la primera. Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural. En esta nivelación, la diferencia corpórea, llamada sexo, se minimiza, mientras la dimensión estrictamente cultural, llamada género, queda subrayada al máximo y considerada primaria.”

Esta segunda estrategia sustenta que las divergencias entre los sexos son sólo una consecuencia de costumbres culturales a través de la historia humana, lo que produce una distracción de la innegable diferencia física entre los sexos; este olvido de “la diferencia o dualidad de los sexos produce enormes consecuencias de diverso orden.

Esta antropología, que pretendía favorecer perspectivas igualitarias para la mujer, liberándola de todo determinismo biológico, ha inspirado de hecho ideologías que promueven, por ejemplo, el cuestionamiento de la familia… compuesta de padre y madre, la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad polimorfa.”

Según lo anterior, hay otra serie de creencias acerca de la mujer en la actualidad. Ellas sostienen la idea de la igualdad, de tal manera que olvidan las irrefutables diferencias biológicas entre los sexos y ponen todo su énfasis en el tratamiento de los sexos dentro de la sociedad en diversos momentos de la historia; desconocen a la biología y se concentran en la cultura.

El desliz de estas ideas es ese olvido o negación incluso del aspecto biológico porque eso conduce a efectos indeseables como la puesta en tela de juicio de la estructura familiar, entendida como formada por una mujer y un hombre, lo que llevaría a aprobar conductas consideradas como faltas morales, por ejemplo, el homosexualismo.

Es obvio y lógico que la Iglesia manifieste su preocupación por las consecuencias del olvido de la diferencias biológicas, pues ese abandono impacta las ideas que se tienen acerca de la familia; al no tomar en cuenta las diferencias biológicas entre los sexos imperiosamente se tambalea la concepción de la familia entendida como una entidad esencialmente formada por dos personas de sexo distinto y, también, todas las relaciones sexuales, de cualquier tipo, serían consideradas iguales.

La preocupación, por tanto, es la existencia de movimientos o mentalidades que buscan la promoción de la mujer por caminos que tienen consecuencias no deseables muy amplias. Esas mentalidades pretenden que la persona se libere de la realidad de su propia biología, que la ignore, que se salga de ese hecho, creando modos de pensar que sostienen que “toda persona podría o debería configurarse según sus propios deseos, ya que sería libre de toda predeterminación vinculada a su constitución esencial.”

O bien, pretenden que las relaciones entre los sexos sean entendidas como conflictivas y en lucha perenne.

En resumen, esas predisposiciones de pensamiento acerca de la mujer proponen que “la naturaleza humana no lleva en sí misma características que se impondrían de manera absoluta.”

Desde luego, esto es ignorar una situación innegable, pero además conlleva derivaciones adicionales que son preocupantes. La carta señala ahora dos de ellas:

(1) “se refuerza la idea de que la liberación de la mujer exige una crítica a las Sagradas Escrituras, que transmitirían una concepción patriarcal de Dios, alimentada por una cultura esencialmente machista” y

(2) “tal tendencia consideraría sin importancia e irrelevante el hecho de que el Hijo Dios haya asumido la naturaleza humana en su forma masculina.”

Por tanto, el documento analizado, enfatiza de nuevo el gran tópico de su preocupación, el de las consecuencias o efectos contiguos que tienen esas dos corrientes de pensamiento feminista, concretamente en de la revisión de los textos sagrados a la luz de sus creencias.

Hasta aquí, la carta está razonada por la Iglesia por causa de la existencia de movimientos que tratan de redefinir al hombre y a la mujer empleando nociones que tienen serias consecuencias. Entre esos efectos están el establecimiento de una rivalidad natural entre los sexos, la redefinición de la familia, el olvido de las diferencias orgánicas, la reconcepción de las relaciones sexuales y la crítica de los textos sagrados.

Ante esos movimientos feministas con consecuencias negativas, la Iglesia sustenta otra concepción, no una de rivalidad, sino una “de colaboración activa entre el hombre y la mujer, precisamente en el reconocimiento de la diferencia misma.”

Es decir, la iglesia propone en la carta una posición diferente que remedia los errores de las posiciones anteriores; es una propuesta que

(1) sostiene la idea de la reciprocidad entre los sexos y no la de conflicto entre ellos y que

(2) fundamenta esa colaboración en el reconocimiento explícito de las diferencias y no en el abandono de ellas.

En este punto de la carta, ella se adentra en las Sagradas Escrituras señalando las ideas que ellas contienen y que son de ayuda al tema.

Y ahora los elementos de la Biblia

En la parte siguiente del documento católico se hacen referencias bíblicas. Entre ellas se menciona la creación del ser humano a su imagen y semejanza; “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó.”, lo que hace referencia a la humanidad desde su origen bajo la idea de una relación entre lo femenino y lo masculino.

Con igual referencia a una humanidad sexuada se habla de la soledad de Adán y se enfatiza la idea del Génesis con “Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne.”

Concretamente, el documento discute de una perspectiva esponsal que enfatiza la noción de colaboración y no de rivalidad.

“La diferencia vital está orientada a la comunión, y es vivida serenamente tal como expresa el tema de la desnudez: ‘Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro’ (Gn 2, 25). De este modo, el cuerpo humano, marcado por el sello de la masculinidad o la femineidad, ‘desde el principio’ tiene un carácter nupcial, lo que quiere decir que es capaz de expresar el amor con que el hombre-persona se hace don, verificando así el profundo sentido del propio ser y del propio existir… Basándose en el principio del ser recíproco ‘para’ el otro en la ‘comunión’ interpersonal, se desarrolla en esta historia la integración en la humanidad misma, querida por Dios, de lo ‘masculino’ y de lo ‘femenino’”.

Después del pecado original, hay una profunda alteración en

“…el modo con el que el hombre y la mujer acogen y viven la Palabra de Dios y su relación con el Creador… En las palabras que Dios dirige a la mujer después del pecado se expresa, de modo lapidario e impresionante, la naturaleza de las relaciones que se establecerán a partir de entonces entre el hombre y la mujer: ‘Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará’ (Gn 3,16). Será una relación en la que a menudo el amor quedará reducido a pura búsqueda de sí mismo, en una relación que ignora y destruye el amor, reemplazándolo con el yugo de la dominación de un sexo sobre el otro. La historia de la humanidad reproduce, de hecho, estas situaciones en las que se expresa abiertamente la triple concupiscencia que recuerda San Juan, cuando habla de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida… En esta trágica situación se pierden la igualdad, el respeto y el amor que, según el diseño originario de Dios, exige la relación del hombre y la mujer.”

Y más adelante expone una idea medular, la que de nuevo coloca la idea de la colaboración entre los sexos y no su rivalidad.

“De la reflexión bíblica emerge la verdad sobre el carácter personal del ser humano. El hombre -ya sea hombre o mujer- es persona igualmente; en efecto, ambos, han sido creados a imagen y semejanza del Dios personal. La igual dignidad de las personas se realiza como complementariedad física, psicológica y ontológica, dando lugar a una armónica ‘unidualidad’ relacional, que sólo el pecado y las ‘estructuras de pecado’ inscritas en la cultura han hecho potencialmente conflictivas. La antropología bíblica sugiere afrontar desde un punto de vista relacional, no competitivo ni de revancha, los problemas que a nivel público o privado suponen la diferencia de sexos.”

Las siguientes consideraciones bíblicas que hace el documento no son referidas aquí, para que en aras de brevedad se enfatice la posición del documento en el apartado dedicado a la actualidad de la femineidad. Sin embargo, debe ser lúcido que el documento de referencia expresa una inquietud esencial que es la de ver convertida en rivalidad una relación hombre-mujer que debe estar inspirada en el amor.

“La actualidad de los valores femeninos en la vida de la sociedad”

Bajo este título se mencionan diversas ideas que son marcadas a continuación. Surge aquí una reprensión severa que puede ser hecha al documento en cuestión.

Su redacción es difícil y compleja, lo que hace de su entendimiento algo arduo y con ello se presta, sin propósito, a ser dilucidado de maneras diversas; no sorprende, por tanto, debido a esto, que se hayan dado casos de escritores que tomaron del documento ideas aisladas que entendieron a la luz de su mentalidad y no bajo el espíritu total del escrito en estudio.

No es un texto sencillo de entender en su integridad y esto, como se dijo, tiene el mal efecto de poder sacar de él frases aisladas que pueden ser interpretadas al gusto de cada lector. Hasta este momento de la carta, sin embargo, es posible encontrar las ideas siguientes que corren en ella.

(1) Existen algunas corrientes de pensamiento en el terreno de la relación entre el hombre y la mujer que preocupan a la iglesia.

(2) Una de esas ideas es la que transmuta la relación entre los sexos y la coloca en un plan de conflicto y rivalidad formalizados.

(3) La otra de esas ideas es la que ignora la realidad biológica de la mujer y el hombre, queriendo hacer que las diferencias reales sean rechazadas.

(4) Las consecuencias de ambas ideas son negativas y de efectos penetrantes en dos campos, el replanteamiento de la familia, las relaciones sexuales y la reinterpretación de los textos religiosos.

(5) La situación descrita es lo suficientemente importante como para emitir esta carta con la posición de la iglesia al respecto.

(6) La carta defiende ideas contrarias a las de esos movimientos feministas. En lugar de rivalidad, ella entiende la relación entre hombre y mujer como una de colaboración y amor, dentro de un plan de Dios, tal como lo sostienen los textos sagrados; y en lugar de ignorar la realidad de las diferencias biológicas, ella deben considerarse pues son igualmente parte del plan de Dios.

Dentro de ese marco de ideas esenciales, en la parte referida a la actualidad de los valores femeninos en la sociedad, la carta hace mención de las siguientes ideas.

A) La primera de las ideas hace referencia a la personalidad femenina, en un texto muy humano que de nuevo hace referencia a la cualidad complementaria de los sexos.

“No obstante el hecho de que cierto discurso feminista reivindique las exigencias ‘para sí misma’, la mujer conserva la profunda intuición de que lo mejor de su vida está hecho de actividades orientadas al despertar del otro, a su crecimiento y a su protección.Esta intuición está unida a su capacidad física de dar la vida. Sea o no puesta en acto, esta capacidad es una realidad que estructura profundamente la personalidad femenina. Le permite adquirir muy pronto madurez, sentido de la gravedad de la vida y de las responsabilidades que ésta implica. Desarrolla en ella el sentido y el respeto por lo concreto, que se opone a abstracciones a menudo letales para la existencia de los individuos y la sociedad. En fin, es ella la que, aún en las situaciones más desesperadas… posee una capacidad única de resistir en las adversidades, de hacer la vida todavía posible incluso en situaciones extremas, de conservar un tenaz sentido del futuro y, por último, de recordar con las lágrimas el precio de cada vida humana.”

La idea medular de esas palabras es la misma de los textos bíblicos y la razón de ser de la carta: hay entre los sexos una sabiduría creadora Divina, la del complemento entre ellos, lo que se liga a la tesis de la colaboración y no de la rivalidad en las relaciones entre las mujeres y los hombres.

Los dos sexos forman, unidos, un todo natural que es fundación de Dios. Las diferencias innegables entre los sexos tienen una causa y enriquecen su unión, de lo que puede deducirse que esas diferencias son positivas en ambos.

La exaltación de las cualidades femeninas, con una dignidad igual a la del hombre como hijos ambos de Dios, es puesta en este razonamiento como una llamada de atención a la cualidad complementaria de los sexos; las diferencias entre la mujer y el hombre, son reales y no pueden ignorarse siendo creación Divina y son causa de mejora mutua. Así actúa Dios, creando dos seres para mutuo complemento sustentado en amor, no en competición.

B) La siguiente idea dice que,

“Aunque la maternidad es un elemento clave de la identidad femenina, ello no autoriza en absoluto a considerar a la mujer exclusivamente bajo el aspecto de la procreación biológica. En este sentido, pueden existir graves exageraciones que exaltan la fecundidad biológica en términos vitalistas, y que a menudo van acompañadas de un peligroso desprecio por la mujer. La vocación cristiana a la virginidad… tiene al respecto gran importancia. Ésta contradice radicalmente toda pretensión de encerrar a las mujeres en un destino que sería sencillamente biológico. Así como la maternidad física le recuerda a la virginidad que no existe vocación cristiana fuera de la donación concreta de sí al otro, igualmente la virginidad le recuerda a la maternidad física su dimensión fundamentalmente espiritual: no es conformándose con dar la vida física como se genera realmente al otro. Eso significa que la maternidad también puede encontrar formas de plena realización allí donde no hay generación física.”

Hay en esas palabras, tal vez, una buena muestra de las paradojas que tanto fascinaron a Chesterton e igualmente una buena estampa de la complejidad de las ideas de la carta, muy difícilmente sujetas a lecturas simples y por eso erróneas.

En ese punto, muy brevemente, se manejan dos ideas de apariencia opuesta. Por un lado, la realidad de la mujer como procreadora y del otro, la inspiración de la virginidad; ambas parte de la creencia católica. La congruencia entre las dos es explicada: la mujer no puede ser vista como una máquina de reproducción y eso lo logra la alta consideración de la virginidad al introducir el elemento espiritual.

Lejos de haber contradicción, es la elevación de la maternidad aún sin la existencia de “generación física.” Es muy explícito el rechazo a la humillación de la mujer como un medio de fructificación física; la mujer es mucho más que eso y es la alta consideración de la virginidad la que arroja luz en este asunto, pues lo que se ve así es otra cualidad mayor, la de darse a otros, la de amar y que está en clara oposición con la noción de creer que la relación entre los sexos es una de pugna fundamental.

Sin embargo, falta aquí la mención expresa del papel masculino que sólo por inferencia puede ser manifestado como el de igualmente darse a otros, es decir, amar como principio fundamental de vida.

C) La tercera de las ideas dice que,

“…el papel insustituible de la mujer en los diversos aspectos de la vida familiar y social que implican las relaciones humanas y el cuidado del otro. Aquí se manifiesta con claridad lo que el Santo Padre ha llamado el genio de la mujer. Ello implica, ante todo, que las mujeres estén activamente presentes, incluso con firmeza, en la familia, sociedad primordial y, en cierto sentido, soberana, pues es particularmente en ella donde se plasma el rostro de un pueblo y sus miembros adquieren las enseñanzas fundamentales. Ellos aprenden a amar en cuanto son amados gratuitamente, aprenden el respeto a las otras personas en cuanto son respetados, aprenden a conocer el rostro de Dios en cuanto reciben su primera revelación de un padre y una madre llenos de atenciones. Cuando faltan estas experiencias fundamentales, es el conjunto de la sociedad el que sufre violencia y se vuelve, a su vez, generador de múltiples violencias. Esto implica, además, que las mujeres estén presentes en el mundo del trabajo y de la organización social, y que tengan acceso a puestos de responsabilidad que les ofrezcan la posibilidad de inspirar las políticas de las naciones y de promover soluciones innovadoras para los problemas económicos y sociales.”

En la cita anterior, se manejan muchas ideas que quizá merezca la pena aislar. Habla de la imposibilidad de sustituir a la mujer y de su genio; de la necesidad de su participación activa y decidida; de la importancia de la familia por ser la comunidad en la que se aprende; de que la familia no puede tenerse sin la mujer; de la importancia de la participación femenina en el resto de las instituciones sociales como contribuyente positiva a los problemas sociales.

Está, pues, muy clara la posición de la carta, que afirma sin duda que la mujer es irreemplazable como parte de la familia y como parte del resto de las organizaciones de la comunidad. Y, desde luego, esta parte de la carta, enfatiza la gran intranquilidad de la iglesia por el cuidado de la familia, esa institución en la que padre y madre forman un todo integrado que cuida a las siguientes generaciones.

D) Otra de las ideas en esta parte de la carta, establece que,

“Sin embargo no se puede olvidar que la combinación de las dos actividades –la familia y el trabajo- asume, en el caso de la mujer, características diferentes que en el del hombre. Se plantea por tanto el problema de armonizar la legislación y la organización del trabajo con las exigencias de la misión de la mujer dentro de la familia. El problema no es solo jurídico, económico u organizativo, sino ante todo de mentalidad, cultura y respeto. Se necesita, en efecto, una justa valoración del trabajo desarrollado por la mujer en la familia. En tal modo, las mujeres que libremente lo deseen podrán dedicar la totalidad de su tiempo al trabajo doméstico, sin ser estigmatizadas socialmente y penalizadas económicamente. Por otra parte, las que deseen desarrollar también otros trabajos, podrán hacerlo con horarios adecuados, sin verse obligadas a elegir entre la alternativa de perjudicar su vida familiar o de padecer una situación habitual de tensión, que no facilita ni el equilibrio personal ni la armonía familiar.”

De nuevo, el párrafo citado maneja diversos elementos que para ser mejor interpretados deben ser separados. Se reconoce la capacidad de la mujer para el trabajo fuera del hogar, lo que es congruente con lo mencionado en la idea anterior; también se reconoce el caso especial de la mujer, responsable posible de dos obligaciones, la familiar y la laboral; ante esto, la carta hace un reclamo para la existencia de soluciones al problema decidir entre el trabajo o la familia; y señaladamente, también hace el reclamo de la valoración del papel femenino en la familia, solicitando su valoración y pidiendo que ese papel deje de ser desacreditado.

No hay aquí tampoco una posición contraria a la igualdad femenina. Lejos de eso, esas palabras hacen reclamos a favor de la mujer y, desde luego, sirven para enfatizar de nuevo las dos ideas centrales del documento estudiado: la relación entre hombre y mujer es una de cooperación y existe una realidad innegable de complementación. Cuando estas ideas son acometidas, se darán serias ramificaciones negativas.

E) Continúa el documento con otra idea en estas palabras,

“… los valores femeninos… son ante todo valores humanos: la condición humana, del hombre y la mujer creados a imagen de Dios, es una e indivisible. Sólo porque las mujeres están más inmediatamente en sintonía con estos valores pueden llamar la atención sobre ellos y ser su signo privilegiado. Pero en última instancia cada ser humano, hombre o mujer, está destinado a ser ‘para el otro’. Así se ve que lo que se llama “femineidad” es más que un simple atributo del sexo femenino. La palabra designa efectivamente la capacidad fundamentalmente humana de vivir para el otro y gracias al otro.”

La índole de la cita anterior es de nuevo la idea de la Creación Divina que debe respetarse. Ambos fueron creados a imagen de Dios y esa creación tiene un fin de plenitud mutua. Si en lo recíproco es donde se encuentra esa totalidad, necesariamente existen particularidades que la logran, diferentes entre sí, pero iguales ante Dios. Si hay femineidad y hay masculinidad, existen por una razón Divina, la de su complemento y entre ellas no pueden existir diferencias.

F) La idea que sigue, dice que

“Toda perspectiva que pretenda proponerse como lucha de sexos sólo puede ser una ilusión y un peligro, destinados a acabar en situaciones de segregación y competición entre hombres y mujeres… estas observaciones quieren corregir la perspectiva que considera a los hombres como enemigos que hay que vencer. La relación hombre-mujer no puede pretender encontrar su justa condición en una especie de contraposición desconfiada y a la defensiva. Es necesario que tal relación sea vivida en la paz y felicidad del amor compartido.”

Se trata de una obstinación abierta sobre una de las ideas centrales del documento. La de que las relaciones entre hombre y mujer deben estar basadas en la cooperación, la colaboración y la armonía, lo que es en extremo congruente con la idea de una unión total entre ambos. Considerarse enemigos es contrario al mandato de Dios y conduce a efectos arriesgados.

G) La última de las ideas mencionadas en este apartado sobre la actualidad de los valores femeninos en la sociedad, dice que

“En un nivel más concreto, las políticas sociales -educativas, familiares, laborales, de acceso a los servicios, de participación cívica- si bien por una parte tienen que combatir cualquier injusta discriminación sexual, por otra deben saber escuchar las aspiraciones e individuar las necesidades de cada cual. La defensa y promoción de la idéntica dignidad y de los valores personales comunes deben armonizarse con el cuidadoso reconocimiento de la diferencia y la reciprocidad, allí donde eso se requiera para la realización del propio ser masculino o femenino.”

Es una idea que enfatiza la paridad de dos maneras. Por un lado, deben evitarse la segregación sexual y por el otro, debe reconocerse la dignidad igual de ambos.

La actualidad de los valores femeninos en la vida de la iglesia

El documento muestra la división del tema femenino en dos campos actuales. El anterior fue el terreno de la mujer y el hombre en el exterior de la Iglesia. Es ahora el turno de hablar del interior de la Iglesia, posiblemente el campo en el que puede haber mayor controversia.

H) La primera de las ideas contiene palabras como,

“Con respecto a la Iglesia, el signo de la mujer es más que nunca central y fecundo. Ello depende de la identidad misma de la Iglesia, que ésta recibe de Dios y acoge en la fe… Ya desde las primeras generaciones cristianas, la Iglesia se consideró una comunidad generada por Cristo y vinculada a Él por una relación de amor, que encontró en la experiencia nupcial su mejor expresión… la figura de María constituye la referencia fundamental de la Iglesia. Se podría decir, metafóricamente, que María ofrece a la Iglesia el espejo en el que es invitada a reconocer su propia identidad así como las disposiciones del corazón, las actitudes y los gestos que Dios espera de ella… También de María aprende la Iglesia a conocer la intimidad de Cristo. María, que ha llevado en sus brazos al pequeño niño de Belén, enseña a conocer la infinita humildad de Dios. Ella, que ha acogido el cuerpo martirizado de Jesús depuesto de la cruz, muestra a la Iglesia cómo recoger todas las vidas desfiguradas en este mundo por la violencia y el pecado. La Iglesia aprende de María el sentido de la potencia del amor… Y también de María los discípulos de Cristo reciben el sentido y el gusto de la alabanza ante las obras de Dios: ‘porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso’. Ellos aprenden que están en el mundo para conservar la memoria de estas ‘maravillas’ y velar en la espera del día del Señor.”

El más despejado elemento de esta parte es el entendimiento de María, una mujer, como la imagen misma de la Iglesia, a la que se ve como la esposa y de la que se derivan enseñanzas y ejemplos para la relación con Dios.

María, una mujer, es quien recibe con humildad la voluntad divina, la persona en la que se hacen maravillas. Esta consideración inicial del documento, es claro, muestra lo incongruente que sería para la Iglesia el ver a la mujer como un ser inferior, cuando es precisamente una mujer el ser humano de mayor rango dentro de ella. Igualmente, esas palabras contienen un extraordinario enaltecimiento de las cualidades femeninas que es prototipo de lo que debería ser la actitud del ser humano ante Dios y sus semejantes.

I) En el segundo apartado de esta sección, se dice,

“Mirar a María e imitarla no significa, sin embargo, empujar a la Iglesia hacia una actitud pasiva inspirada en una concepción superada de la femineidad. Tampoco significa condenarla a una vulnerabilidad peligrosa, en un mundo en el que lo que cuenta es sobre todo el dominio y el poder. En realidad, el camino de Cristo no es… el del dominio… Del Hijo de Dios aprendemos que esta “pasividad” es en realidad el camino del amor, es poder real que derrota toda violencia, es “pasión” que salva al mundo del pecado… Muy lejos de otorgar a la Iglesia una identidad basada en un modelo contingente de femineidad, la referencia a María, con sus disposiciones de escucha, acogida, humildad, fidelidad, alabanza y espera, coloca a la Iglesia en continuidad con la historia espiritual de Israel… Así, las mujeres tienen un papel de la mayor importancia en la vida eclesial, interpelando a los bautizados sobre el cultivo de tales disposiciones, y contribuyendo en modo único a manifestar el verdadero rostro de la Iglesia, esposa de Cristo y madre de los creyentes. En esta perspectiva también se entiende que el hecho de que la ordenación sacerdotal sea exclusivamente reservada a los hombres no impide en absoluto a las mujeres el acceso al corazón de la vida cristiana. Ellas están llamadas a ser modelos y testigos insustituibles para todos los cristianos de cómo la Esposa debe corresponder con amor al amor del Esposo.”

El punto es complejo y quizá explicado confusamente. De él es posible salvar un cierto orden que ayuda a su mejor entendimiento. Es clara la idea de un rechazo a la concepción pasiva de la mujer, una noción superada y que claramente no apoya la carta.

Igualmente se impugna la postura que usa ideas de dominio y combate, con lo que el documento vuelve a una de sus tesis principales, que es el rechazo del feminismo como una lucha por el poder. Y, sin gran claridad, parece entreverse la noción central, que es la de la Iglesia entendida como la esposa frente a Jesús, el esposo, una imagen usada con gran frecuencia por la Iglesia y que enfatiza la noción básica cristiana de una actitud ante Él, que es de “escucha, acogida, humildad, fidelidad, alabanza y espera” y que, desde luego, debe aplicar a todos, hombres y mujeres frente a Dios.

Igualmente previene la carta contra la probable mala interpretación de María como un ser pasivo. Esta aclaración de la carta es primordialmente notable para el caso de México, donde es noción común el afirmar que María ha sido vista como causa de la relegación de la mujer frente al hombre, al verla como un modelo femenino que promueve esa pasividad resignada, un modelo ideal de lo femenino en el país.

La carta afirma sin titubeo que considerar así a María es erróneo; la supuesta pasividad no es tal, sino realmente un amor activo que salva.

Con eso en mente, la carta no trata el asunto de la ordenación sacerdotal reservada a los hombres, a lo que da como hecho y adopta una visión global que expresamente señala que eso, lejos de frenar la entrada de las mujeres a la Iglesia, les asigna otro papel, uno de ser modelos de la Iglesia misma dentro de esa concepción nupcial entre la Iglesia y Cristo.

Sin duda, esto será decepcionante para quienes proponen que en el sacerdocio sean admitidas las mujeres y vean en ese rechazo una muestra de discriminación. Lo que apunta la carta es un plano distinto, más amplio y que es la aseveración de que lejos de tener un impedimento, las mujeres tienen un papel activo y real, dentro de la Iglesia, el de ser muestras y ejemplos, representaciones mismas de la Iglesia.

Es trascendental recordar que la carta está destinada a comunicar a los fieles de la Iglesia lo que ella considera un peligro y que es esas creencias de consecuencias negativas, el creer que la relación entre mujeres y hombres es una de rivalidad institucionalizada y/o que debe ignorarse el aspecto biológico. Obviamente la carta considera el asunto del sacerdocio femenino un asunto arreglado ya con anterioridad y que por eso no debe ser tratado en ella.

Conclusión

La carta, en su parte final, hace alusión directa a la conversión humana. Dice,

“En Jesucristo se han hecho nuevas todas las cosas… La renovación de la gracia… no es posible sin la conversión del corazón. Mirando a Jesús y confesándolo como Señor, se trata de reconocer el camino del amor vencedor del pecado… Así, la relación del hombre con la mujer se transforma, y la triple concupiscencia… cesa su destructiva influencia. Se debe recibir el testimonio de la vida de las mujeres como revelación de valores, sin los cuales la humanidad se cerraría en la autosuficiencia, en los sueños de poder y en el drama de la violencia. También la mujer, por su parte, tiene que dejarse convertir, y reconocer los valores singulares y de gran eficacia de amor por el otro del que su femineidad es portadora. En ambos casos se trata de la conversión de la humanidad a Dios, a fin de que tanto el hombre como la mujer conozcan a Dios como a su ‘ayuda’, como Creador lleno de ternura y como Redentor que “amó tanto al mundo que dio a su Hijo único’.”

Este cierre del documento analizado contiene un llamado a la conversión de todos, de hombres y mujeres, reconociendo a Dios como Creador de ellos y por eso tan lleno de amor por ambos que les dio a su Hijo Único.

Sin mención específica, el texto citado coloca en un plano de igualdad a los dos sexos; iguales ante los ojos de Dios y ambos dignos del sacrificio del Hijo. Ese amor del Padre, parece percibirse en el texto, es el que se espera que una a la mujer y al hombre, siendo puros y sin pecado. Una conversión total de ambos.

La última parte del documento afirma que,

“Una tal conversión no puede verificarse sin la humilde oración para recibir de Dios aquella transparencia de mirada que permite reconocer el propio pecado y al mismo tiempo la gracia que lo sana. De modo particular se debe implorar la intercesión de la Virgen María… para revelar a la humanidad, hombres y mujeres, el camino del amor. Solamente así puede emerger en cada hombre y en cada mujer, según su propia gracia, aquella ‘imagen de Dios’… Ciertamente la Iglesia conoce la fuerza del pecado, que obra en los individuos y en las sociedades, y que a veces llevaría a desesperar de la bondad de la pareja humana. Pero por su fe en Cristo crucificado y resucitado, la Iglesia conoce aún más la fuerza del perdón y del don de sí, a pesar de toda herida e injusticia. La paz y la maravilla que la Iglesia muestra con confianza a los hombres y mujeres de hoy son la misma paz y maravilla del jardín de la resurrección, que ha iluminado nuestro mundo y toda su historia con la revelación de que ‘Dios es amor’.”

Sin duda, las últimas tres palabras de la cita anterior resumen la naturaleza de la carta y que por lógica se opone a las corrientes feministas que se respaldan en la idea de una relación conflictiva entre los sexos. Eso es opuesto radicalmente a la idea del amor, del que emana la idea inversa, la de una relación de amor y ayuda mutua entre personas de diferente sexo.

La concepción de los sexos como rivales por el poder, más aún, conlleva riesgos que afectarán negativamente el plan Divino de la complimentaridad especialmente en la familia que es custodia de valores y de su enseñanza en generaciones siguientes.

La Creación de Dios es real y no puede ella ignorarse sin serias consecuencias, por lo que el olvido de la biología que también es parte de la Creación causará consecuencias indeseables también. La carta tal vez pueda resumirse en una intención de recordar que es el amor lo que debe privar en las vidas de los humanos, todos iguales ante Dios.

Nota final

Los artículos periodísticos, que trataron esta carta católica, a los que tuvo acceso el autor ocuparon extensiones quizá ocho veces menores a la de este análisis y tuvieron alta difusión en algunos medios impresos, lo que coloca en desventaja clara a este análisis en cuanto a su difusión y facilidad de lectura.

No espero que tenga la misma popularidad mi contribución que la de los otros.

Entre esos artículos, la mayoría tuvieron posiciones críticas y destructivas, sostenidas en una lectura sin duda demasiado simple o demasiado sesgada.

He querido corregir esto yendo mucho más a fondo de lo que esos otros hicieron para mostrar que muy lejos de ser un documento que denigra a la mujer, es uno que la exalta, que sostiene una posición lógica y congruente con las enseñanzas católicas y que, sobre todo, se preocupa por algo que eso críticos no vieron, las consecuencias indeseables del olvido de la Creación Divina y del creer que es la rivalidad un principio de vida.

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