Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Emigración y Congreso
Eduardo García Gaspar
18 noviembre 2004
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIEDAD
Catalogado en:


Un reciente análisis de la OECD, aún tentativo, está estudiando la emigración. Obviamente se trata de una cuantificación de las personas que han decidido cambiar de lugar de residencia a otro país.

El fenómeno es muy viejo, tanto como la humanidad misma, pero cobra importancia en la época actual regida aún por un sistema de naciones con fronteras. Naciones que, sin embargo, están metidas de lleno en eso que llamamos globalización y que solemos entender no del todo bien.

Por ejemplo, es sencillo ver tangiblemente a la globalización en la presencia de artículos importados que podemos comprar en algún supermercado. Es algo más complejo verla en cuestiones como el mayor desarrollo de las regiones mexicanas que exportan. Y es incluso más espinoso ver a la globalización en los movimientos de personas.

Ya no son bienes, ni productos, sino gente la que se mueve de una nación a otra, por decisión propia. Lo que motiva esa decisión es digno de analizar, siquiera brevemente.

Sabemos emigrar es una decisión propia y que ella tiene una motivación básica, la de mejorar una situación actual. Si hago algo, lo que sea, lo realizo porque eso implica una mejoría futura y de eso, no hay duda. Si la decisión es ir a vivir a otro sitio, la razón de esa decisión es en el fondo la misma que la de la compra de una cerveza.

Con esto en mente, podemos echar una revisada a los tipos de personas que van de una nación a otra.

Creo que hay dos categorías principales: los de escasa educación y los de alta educación. Ambas categorías se desplazan por esa expectativa de mejorar.

Lo que mueve a un graduado con título de maestría o doctorado, de un país a otro, quizá sea la existencia de mejores laboratorios, más oportunidades de ingreso mayor, lo que usted quiera. Pero resulta sencillo ver que la causa de esa decisión está en las condiciones comparadas de las dos naciones, con una de ellas siendo lo suficientemente superior a la otra como para anular las molestias y contratiempos obvios que tiene un cambio de residencia.

Las cifras de México, según los datos iniciales de ese estudio, nos hacen similares a Nueva Zelanda y Portugal. Tenemos las tres naciones alrededor de un 15 por ciento de los nacidos en ellas viviendo fuera de sus fronteras. La posición opuesta es la de países como Australia, Canadá y Francia con buena cantidad de emigrantes viviendo dentro de esos países, entre 2 y 2.5 millones; y EEUU con más de 15.

Aquí entra una distinción, que es la del tipo de emigrados.

Por ejemplo, los emigrados que salieron de EEUU y de Japón tienen un enorme nivel de educación: más del 50 por ciento de ellos tienen educación de nivel terciario. Esa proporción en los emigrados mexicanos es más de 10 veces menor.

Sean de alta o baja educación, la razón del movimiento de personas es la misma. México, de hecho, tiene el segundo lugar más alto de exportación relativa de personas entre los países estudiados de OCDE.

Lo que es una muestra clara de que una enorme proporción de su población ha comparado a su país y ha preferido otro; no importa cuál. La idea encerrada en estas decisiones de buena cantidad de personas es la de competencia entre naciones.

Competencia por la preferencia de las personas. Estamos acostumbrados a pensar en competencia como ese sistema en el que existen varias opciones de selección. Si no compramos Carta Blanca podemos comprar Corona.

Si no escuchamos una estación de radio oímos otra. La emigración demuestra que si no nos agrada un país, podemos seleccionar otro. La competencia entre países es un hecho que no podemos negar y está aquí para quedarse. Esa competencia entre naciones plausiblemente está basada en condiciones u oportunidades de vida.

Y lo que nos dicen las cifras es que México obtiene en esto una calificación mala. Las condiciones de vida son malas, sin duda, o al menos no tan buenas como las de otras naciones. Eso es preocupante y, creo, es una evaluación del comportamiento de los gobiernos mexicanos, que no salen bien librados. ¿Los culpables de esto?

Sin entrar a consideraciones históricas, en este mismo momento, pueden señalarse varios: los partidos políticos y, dentro de ellos, los miembros de la clase política por sed de poder no gobiernan. Véase concretamente al Congreso mexicano para encontrar una explicación abundante.

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